Una voz se adueña del oriente

Desconocida para algunos, admirada por quien la escucha, la santiaguera Eva Griñán sigue cantándole a la vida y a su ciudad natal

Autor:

Yelanys Hernández Fusté

No le teme a la palabra «diva», solo la respeta. Se considera una cantante con coraje y la retan las composiciones difíciles. Tiene una gran voz y muchas veces pasa inadvertida para la industria musical.

Sin embargo, Eva Griñán, acercándose a las siete décadas de vida, es capaz de adueñarse del espacio donde pone sus notas. Le piden Santa Cecilia de Manuel Corona, y solo dice: «Es un tema duro, pero vamos allá». Y es entonces cuando el maestro Gabino Jardines, su fiel guitarrista acompañante, le pone el tono para que la Griñán se apropie y deje su huella.

Rodeada de fotografías de viejos trovadores santiagueros y luego de una sublime descarga de canciones, Eva accede a revelar su historia a Juventud Rebelde, la de la intérprete que presenta un repertorio imprescindible en el patrimonio sonoro de la nación.

«Te va a sorprender lo que te diré, pero es así desde pequeña. Mi familia es de músicos, mi papá y mis dos hermanos», rompe el hielo la artista y lo hace destacando el porqué de una de sus grandes pasiones.

«Soy la única que sacó las cualidades vocales de mi padre, José Griñán, algo que es un honor para mí. Siempre en casa ponía mi voz a las canciones que él componía y me llevaba a su centro de trabajo, donde era pintor rotulista, para que declamara poemas y cantara delante de sus compañeros».

Relata que fue después de la Campaña de Alfabetización, en 1961, que tomó en serio lo del arte. Soñó e hizo realidad el deseo de estudiar en la Escuela Nacional de Arte (ENA), aunque no se graduó. No obstante, asegura, «esa base me sirvió para luego terminar mi nivel medio musical, que es lo que poseo en la actualidad».

La ENA le dio el «barniz» que los intérpretes necesitan para subirse a la escena. Porque siempre insiste en que «el cantante nace, no se hace, solo se le barniza con la técnica».

Bajo la tutela del maestro Electo Silva, Eva Griñán se integró al Orfeón Santiago, que fue una gran escuela para ella. Por su gusto por el trabajo vocal, fundó el cuarteto Proposición 4, con el que se presentó en el Cabaret Tropicana Santiago.

Pero Eva se dio cuenta de que tenía una vieja deuda con las canciones de su padre, José Griñán, y en 1999 emprende su mayor desafío: cantar, acompañada solamente de la guitarra, ese singular repertorio de la trova tradicional.

Su decisión no fue bien vista por algunos. «Tengo que decirlo, la entrada aquí, a la Casa de la Trova, no me fue fácil. Se decía que yo no cabía», confiesa y una tenue cortina de agua aparece en sus ojos.

«Pero eso ya es pasado», asegura, y enseguida devela cómo conoció a Gabino Jardines. «Alguien me sugirió que me sentara en el público de la Casa de la Trova y escogiera un guitarrista. Gabino hacía más de dos décadas que no tocaba en serio, pero lo escogí esa vez que lo vi y hasta el sol de hoy. No lo cambio por ninguno, aunque reconozco la valía de los instrumentistas santiagueros. Es mi amigo en lo personal», relata.

Uno de los detalles que más sorprende del carácter de la cantante, es la empatía que crea a su alrededor. De ahí que esa mañana en que la vi actuar, luego de casi dos horas de canciones, Eva quiso marcar los momentos climáticos de esta entrevista con uno de sus rasgos más sobresalientes: su cordialidad.

«¿Qué edad crees que tengo?, pregunta. Y una empieza a hacer estimados que nunca se acercan a la realidad. «Tengo 66 años», espeta.

—¿Y cómo mantiene su voz? ¿No le teme al tiempo?

—La voz hay que cuidarla. Hay que pulirla como el oro. A muchas cantantes les ha sucedido que, con los años, van perdiendo facultades. Para cantar esta mañana, por ejemplo, tuve que vocalizar en la calle. Lo hice como me enseñó mi profesora rumana Ana Talmaciano, quien fuera mezzosoprano en la Ópera de Bucarest. Lo mejor que hay para hacer esto es mantener la boca cerrada, como si estuvieras masticando el sonido—, explica la vocalista, mientras hace movimientos con los músculos del rostro.

Cuando se le inquiere sobre qué género musical ha preferido en su carrera, siempre responde que los canta todos, «desde la canción hasta los boleros de los años 50. Porque participo en los Festivales Boleros de Oro de La Habana, lo que pasa es que ahora, por un problema presupuestario, no se puede. Si no, estuviera allá, para que mucha gente me conociera. Puedo cantar bien o no, pero mucha gente no me conoce. ¡Pero esa misma fuerza, ese mismo amor con que trabajo, lo verán hasta que Dios quiera!

«Con esta misma energía estoy desde que me levanto y aunque no tengo hijos, pero sí una sobrina a quien crié, y hago las cosas de casa y después me voy a cantar».

Es la Ciudad Heroína su hábitat seguro. Absorbe de la urbe oriental esa savia que le permite vivir. «Camino y veo a la gente que me quiere, admira y respeta, lo mismo niños que personas mayores. Cada vez que alguien me saluda es como si me pusieran un suero de vida, que se llama Santiago de Cuba».

Eva también es una mujer de fe. «Soy católica, apostólica y romana. Y creo mucho en el más allá. No se puede negar a Yemayá, Ochún, Elegguá...», asegura.

¿Qué hace falta para que se conozca a Eva Griñán?, la trato de sorprender con mi pregunta. La artista sabe que esa es una interrogante obligada y se prepara. «Para contestarte hay que irse un poco más atrás», afirma.

«Las pocas veces en que he salido del país, quienes me han visto, entre ellos personalidades, lo han reconocido. Hubiera querido también estar muchas veces en La Habana, pero qué sucede: estaban mis padres vivos y tenía que cuidarlos, porque me dieron la vida.

«Siento que cuando me escuchan hay una cierta exclamación: “Pero esta mujer, con esa edad que tiene, y esa fortaleza, esa vida….” Lo que más tengo es energía positiva porque, como decía Nicolás Guillén, “tengo lo que tenía que tener”.

«Con mi edad aspiro a mantener esta voz por mucho tiempo, porque la vida me guarda muchas sorpresitas todavía. Tengo fuerza para hacerlo».

—¿Cuáles aspiraciones piensa que vendrán?

—Llegar a ser como Compay Segundo. Morirme a su edad y llevar la música por todo el planeta. En algún momento llegará. Hay que pensar positivo. Pero una sigue haciendo su trabajo. Tengo un repertorio amplísimo de la trova y admiro a compositores como Miguel Matamoros, Sindo Garay y Alberto Villalón, que tanto hicieron por la música santiaguera. Y si vamos para Occidente, Manuel Corona e Isolina Carrillo, de la que no solo canto Dos gardenias, sino  Sombra que besa, que es una obra inmortal».

Al hablar de su discografía, la Griñán explica que su primer y único disco fue grabado en 2006, aunque ha colaborado en otros proyectos fonográficos recientes como el CD Veneración (Bis Music, 2010).

«Digo con orgullo que tengo 45 años de trabajo y un solo disco grabado en solitario. No importa. El álbum se llama Pensando en ti (EGREM) y toma ese título por una de las obras de mi padre que interpreto allí», dice.

—¿Qué tiene que tener una canción para que usted la interprete?

—Me gustan las letras profundas. Me fascinan las cosas de Pablo, Silvio… Trato de escoger siempre las piezas más difíciles de los autores. Y no quiero que se tome como una autosuficiencia mía, pero me gustan las obras así.

«Prefiero los intervalos con dificultad, porque soy una mezzosoprano y también tengo los “graves” de contralto. Me gustan las obras que me reten, como Mis 22 años, de Pablo.

«Si revisas mi repertorio, verás que no tengo canciones que otros comúnmente hacen, excepto Longina, que sí la canto. Santa Cecilia casi nadie se atreve a cantarla. Aunque sí lo hace muy bien Beatriz Marqués, a quien quiero con la vida.

«Me sucede también que muchas veces vienen compositores y me da pena decirles que no. No me gusta que vean en mí a un ser superior. Siempre sencilla. Les digo a los autores que me proponen sus canciones: “Fíjense, no me comprometo”. Me llevo la canción para la casa y la estudio. Detallo en todos los requerimientos interpretativos y si le encuentro algunos percances, entonces me digo: “¡Ay, mi madre, mañana tendré una cara triste en la Casa de la Trova…!”».

—¿Nunca se ha aventurado a escribir un tema?

—Una vez lo hice. Estudiaba en la ENA. Estaba enamorada de un flautista, que nunca me quiso. Me enamoré y le escribí una canción, que se acompaña con piano. Aún la conservo. La titulé Más allá, pero no la tengo en el repertorio porque me hace llorar y me recuerda a esa Eva que no tenía canas.

—¿Dónde se le puede ver actuar en su ciudad?

—Siempre me presento en la Casa de la Trova. Los terceros sábados de cada mes, la sede de la Uneac en la ciudad ha tenido la gentileza de invitarme a sus Noches del Bolero. Allí me siento realizada. Canto los boleros de los años 50 que el público aplaude y aclama.

Eva evoca como uno de sus proyectos más ambiciosos ese que en 2010 la llevó a Oslo, Noruega. «Con la orquesta de cuerdas de Oslo hice los temas del disco Pensando en ti. Aquello quedó casi perfecto y se grabó para un DVD, que pronto saldrá», apunta.

Justo en la despedida quise saber si Eva Griñán se consideraba una diva. Su respuesta tuvo la potencia que le imprime a sus canciones. «Sabes que no me gusta esa palabra. Está manida, usada. A todo el mundo le dicen «diva» y eso tiene una significación en la ópera italiana, que fue donde primero se utilizó. Por eso encierra mucho. Me considero una cantante con fuerza, valor, dignidad y sin miedo a enfrentar a nadie que cante igual que yo».

Alejada de la industria musical y de las campañas promocionales, desde su sencillo escenario de la Casa de la Trova santiaguera, Eva Griñán es, no obstante, una diva que estremece con su arte.

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