Mirta Hermida, inolvidable manera de vivir - Cultura

Mirta Hermida, inolvidable manera de vivir

La supermaestra de la Escuela Nacional de Ballet acaba de morir. Su muerte repentina ha sido un cruel atentado contra el alma del plantel que tanta gloria ha dado a la danza

Autor:

José Luis Estrada Betancourt

La noticia me arrastró hacia la tristeza. Mirta Hermida, la supermaestra de la Escuela Nacional de Ballet, acaba de morir. Me lo comunicaron y enseguida vino la certeza: su repentina muerte ha sido como un cruel atentado contra el alma del plantel que tanta gloria ha dado a la danza, a la cultura cubana.

Amargamente, así sucede con las personas especiales, dueñas de un corazón inmenso. Ocurre que a veces la vida priva de hijos a personas con un extraño don para dar amor, y al mismo tiempo, encaminar; para enseñar no solo el significado del arte verdadero, sino también cómo llegar hasta la entrega y la bondad, cómo convertirse en seres sensibles, de bien. Una de ellas era Mirta Hermida, quien, estoy convencido, será por siempre recordada.

Su obra perdurará en el tiempo a través de los éxitos interminables de Carlos Acosta, José Manuel Carreño, Viengsay Valdés... Tantos... Cada vez que se abra el telón para que la Escuela Cubana de Ballet brille por el mundo, allí estará siempre sonriente, corrigiendo pasos, buscando la excelencia, diciendo una palabra de aliento, abrazando con brazos y espíritu.

Avanzaba el año 1966 cuando Fernando Alonso personalmente se le acercó para hacerle la propuesta. «Todavía era integrante del Ballet Nacional de Cuba —me contó Mirta en una entrevista para Juventud Rebelde—, cuando, por allá por 1966, empecé a impartir clases en Cubanacán, durante nuestro horario de almuerzo. Nos esperaban y nos regresaban para seguir los ensayos por la tarde.

«Dos años después, el Maestro me dijo: Mira, Mirta, están entrando muchachas de la primera promoción: Amparo, Caridad Martínez..., y yo necesito una maestra en la escuela. ¿Pero yo maestra de escuela?, le pregunté asombrada. Sí, maestra de escuela, ¿por qué no?, me contestó. Y gracias a él estoy aquí».

Sabía el maestro Fernando que Mirta era la idónea. Nadie como ella para perseguir hasta el cansancio la calidad, la perfección; para hacerles entender a sus alumnos que «cuando se está en escena no solo aparece el bailarín, sino la Escuela Cubana, y esa es una gran responsabilidad. Quizá algunos sigan nuestro ejemplo, y otros digan: ¡Bah, esta mujer está loca! Pero en esta carrera tiene que ser de ese modo», explicaba esta mujer cubanísima hasta el tuétano.

¿Y en qué lugar queda su familia?, le interrogué hace tres años, a lo cual me respondió: «A estas alturas a ninguna de nosotras nos pueden reprochar nada los esposos, los padres, los hijos..., porque esta ha sido nuestra vida, y saben que esta es nuestra manera de vivir, de respirar».

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