Resistir con dignidad no tiene precio - Cultura

Resistir con dignidad no tiene precio

Con el espectáculo Hojas de papel volando vuelve el Estudio Teatral de Santa Clara al Festival Nacional de Teatro de Camagüey, oportunidad que aprovecha JR para dialogar con su directora, Roxana Pineda

Autor:

José Luis Estrada Betancourt

Cuando Roxana Pineda anunció a su familia que estudiaría Teatrología, su madre no supo de qué estaba hablando. «Sin embargo, mi abuela paterna, casi analfabeta, tenía una curiosidad infinita acumulada de sus años de miseria. Con ella aprendí a querer saber, y la curiosidad es el primer eslabón del pensamiento, es lo que te empuja a conocer. A mi abuela le debo ese impulso; y a mi padre, que también padecía ese gusto por saber, por ejercitar la mente haciéndose preguntas difíciles».

Las apasionadas e inteligentes respuestas de una de las fundadoras del Estudio Teatral de Santa Clara, enviadas a través del correo electrónico, me atraparon de inmediato. La próxima presencia del reconocido colectivo en el 14 Festival Nacional de Teatro de Camagüey, con Hojas de papel volando, motivaron el largo cuestionario que Roxana Pineda contestó con prontitud, a pesar de que este jueves estrena en la sede habitual del colectivo (Independencia entre Maceo y Unión), su más reciente espectáculo: Cuba y la noche.

Mas ello no impidió que ahondara aún más en sus orígenes: «Mi bisabuelo paterno, también muy pobre, fue músico natural, tocaba muchos instrumentos de cuerda, y cantaba y componía poemas. Fue famoso en Jovellanos por mujeriego y por animador de fiestas. Dejó algunas composiciones que se fueron con la muerte de mi abuela. De ellos me llegó esa vocación musical y esa inquietud que nunca me abandona.

«Esa es la semilla que hizo que la casualidad me empujara a la actuación, porque el teatro es para mí otra realidad donde puedo inventar mi mundo, hacerme preguntas y repensar la vida, con mucha intensidad. Por un amigo supe que se podía estudiar Teatrología y ahí, en la Facultad de Artes Escénicas que dirigió Graziella Pogolotti en los años 80 del pasado siglo, todo ese arsenal se organizó y ya no pude evitar vivir en el teatro y concebirme como una actriz de pensamiento».

—¿Qué le llevó a escribir Hojas de papel volando? ¿Qué le inspiró? ¿Cómo fue el proceso creativo?

—Es una pregunta demasiado grande para poder contestarla completamente. Hojas… es un espectáculo que nace de mi compromiso espiritual con Patricia Ariza, actriz fundadora del Teatro La Candelaria de Colombia, poeta, directora, revolucionaria cabal, una de las animadoras culturales más voraces que yo haya conocido. Mi amistad con Patricia es ya larga, y obviamente pasa por la admiración que Joel Sáez, director del Estudio y yo, guardamos desde muy jóvenes por el trabajo de ese grupo mítico del teatro latinoamericano. Somos privilegiados de poder compartir una amistad y lazos entrañables de trabajo con todos ellos.

«Yo quería hacer un nuevo espectáculo y tener un nuevo estímulo. Y en Bogotá, en casa de Patricia, ella me regaló el libro de poesía que recientemente había sido premiado en un concurso. El libro se llama así: Hojas de papel volando, e inmediatamente me propuse: voy a trabajar con esto, y se lo dije, pero no sé si ella me creyó.

«Leer la poesía de Patricia fue para mí una experiencia reveladora porque el libro es como un muestrario de su vida que yo conozco bastante bien. Y su manera particular de escribir me atrajo de inmediato. Y allí comenzó esa aventura. También está mi compromiso con ese país tan sufrido y complejo. Colombia es para mí un escenario familiar que me duele y al mismo tiempo constituye un reto.

«El proceso de trabajo resultó complejo porque tenía que darle cuerpo a la palabra sin hacer un recital de poesía. De modo que pasé mucho tiempo creando materiales que luego deseché. Tampoco quería que la actriz que soy ahogara las palabras de Patricia, y en esa contradicción me empeñé mucho. Lo más difícil fue decidir el lenguaje del espectáculo y crear un contexto para esas palabras. Crear una dramaturgia a partir de una selección rigurosa de lo que iba a decir. Porque no se trata solo de las palabras, sino de un mundo que emerge a través de ellas y va dibujando la imagen que yo quiero subrayar.

«Existe mucha información escondida que sustenta el comportamiento, las acciones, los sonidos, los temas musicales, y hay también un fuerte compromiso espiritual que fue guiando esa estructura subterránea. Trabajando fui decidiendo cómo ordenar el material poético y asociando el mundo contextual que ese material proponía. Y hay dos referencias muy fuertes que impuse para tener límites precisos: Colombia y Patricia. Al final me sorprendí del resultado, porque descubro ahora que Hojas... habla también de mí, pero nunca supe eso, nunca pretendía que el espectáculo se anclara en mi universo personal, pero fui tan lejos que al parecer me agarré de los resortes más recónditos de mi alma y, claro, una vez que al ancla se eleva, el barco fluye sobre las aguas. No he dicho mucho, pero para una entrevista creo que puedes llevarte una idea».

—¿Bajo qué circunstancias surge Estudio Teatral de Santa Clara?

—Joel Sáez, director del grupo; Nandy Sáez y yo, somos los fundadores del Estudio, en octubre de 1989. Es una fecha importante para el teatro en Cuba, se estaba dilucidando un diálogo subterráneo porque muchas de las agrupaciones míticas del teatro cubano acusaban una erosión lógica, y nuevas miradas intentaban construir un universo creativo otro, acorde con las preguntas que esa generación se hacía. Hablo de una generación (o varias) que egresaba del Instituto Superior de Arte (ISA) y heredaba, en el mejor de los casos, una actitud cultural que nos hacía sentir la responsabilidad por el oficio del teatro. Pero necesitábamos encontrar nuestras propias preguntas y nuestras propias respuestas. No se trataba de una revolución contestataria a toda costa, sino de una necesidad real: crear espacios de resistencia cultural entendiendo el teatro como una forma de vida, como un espacio de consagración casi utópica.

«Por eso pusimos tanta pasión en ese empeño de crear, de inventar nuestro teatro. Era una época de ilusiones, donde los sueños podían avizorarse allá a lo lejos y uno se sentía feliz de luchar por ellos. Nosotros éramos hijos de esa época y los estudios en el ISA fueron decisivos en ese sentido, porque recibimos allí un impulso y un magisterio que nos colocó en esa diatriba, la posibilidad de luchar para hacer algo que fuera más allá de un buen personaje o un guiño al espectador. Y por eso nos volcamos casi con furia hacia el interior del oficio, tratando de inventar herramientas, remodelar metodologías, trastocar los lenguajes habituales, colocarnos en una situación diferente para obligarnos a buscar de verdad otros resortes de comunicación.

«Mil novecientos ochenta y nueve es una fecha compleja para el país, entrábamos en la recesión económica y en la era del derrumbe de tantas certezas e ilusiones. Ese período tan duro fue el período de nacimiento y crecimiento de nuestro proyecto, que por decisión consciente ubicamos en la provincia de Villa Clara, alejados de las bondades de la capital. Ninguno de nosotros era actor o director, éramos graduados de Teatrología y tuvimos que partir de esa experiencia concreta para inventarnos el oficio, la capacidad de ser artesanos. Pero esa experiencia intelectual era nuestro gran patrimonio, y la vocación que heredábamos de nuestros años en el ISA, esa vocación de curiosidad e intransigencia ante el sinsentido y el marasmo, una vocación de arte y compromiso y dignidad que nunca nos ha abandonado».

—¿Qué satisfacciones e insatisfacciones acompañan a Roxana en estos más de 20 años de vida artística?

—La satisfacción más grande es haber tenido la entereza de defender un proyecto artístico profundo a contrapelo de una realidad que muchas veces te desprecia o te ignora. Al principio era una experiencia dolorosa, pero con la madurez dejó de importarme y comprendí que la felicidad puede estar en momentos pequeños, en esos espacios que tú eres capaz de crear por ti mismo sin pedir permiso; espacios donde eres libre para elegir tu lenguaje, para escoger las palabras y las acciones que quieres experimentar. Resistir en el tiempo es la mayor satisfacción, resistir con dignidad no tiene precio, y eso es mi grupo, ese es su legado: haber encontrado la fuerza para construir su espacio y defenderlo, para creer en lo que construimos y, a pesar de las dificultades, permanecer.

«Tengo el privilegio de haber conocido, gracias a mi trabajo, a maestros y personas extraordinarias, acumulo muchas experiencias de trabajo inolvidables, he conocido otras geografías y he palpitado junto a las preocupaciones de mucha gente humanamente especial. Esa es también una gran satisfacción.

«Insatisfacciones tengo no pocas. Hay muchas cosas que ya no podré hacer seguramente, porque el tiempo es finito. A veces me duele no haber sido capaz de ir más lejos en el camino que escogí, a veces me pregunto por qué los tiempos se vuelven tan odiosamente banales, a veces la soledad aterra, a veces no entiendo por qué cuesta tanto el compromiso espiritual y por qué resulta tan fácil para muchos tontos hacerse una buena vida. Pero son oscuridades que tienen que permanecer para que otros sigamos luchando contra molinos de viento y el hombre no pierda esa capacidad de estar inconforme, porque de los inconformes es de donde nacen las verdaderas transformaciones».

—No es la primera vez que participan en el Festival Nacional de Teatro (en 1994 conquistaron con Antígona los premios de Puesta en Escena y Actuación Femenina). ¿Qué importancia le concede a un encuentro como este?

—Siempre son un espacio interesante si están organizados para un encuentro real. La competencia es algo que no tiene sentido en el arte, por eso me siento muy bien de que este Festival haya decidido suprimir su carácter competitivo, es una muestra de madurez. Es un encuentro especial porque cada dos años puede tenerse una idea de las corrientes creativas más interesantes y vitales del país. Es la posibilidad de encontrarse y mirarse en los otros, de compartir preocupaciones y preguntas, de asombrarse ante el trabajo desconocido de un colega, o de recibir miradas diferentes sobre el trabajo propio.

«Si eso se produce en un clima de real confrontación donde nadie es dueño de la verdad y nadie es juez de nada, si se trata del diálogo entre artistas que comparten sus dudas y sus angustias, entonces un encuentro así siempre se agradece. Pero si la suspicacia o la vanidad se apoltronan en las butacas y los espacios solo sirven para justificar jerarquías, entonces no sirve para nada.

«Sin embargo, sé que la voluntad de los organizadores es crear espacios de encuentro útiles para todos, y por eso me gusta participar y colaborar para que ese gesto no se frustre. Para el Estudio es importante, porque se ve el trabajo, estar es ya una forma de reconocimiento y porque nos gusta reconocernos como parte del teatro de este país al que nos hemos consagrado».

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