Chile en blanco y negro

Somos Guanabacoa, un homenaje a seres que habitan con nosotros la vida cotidiana llega a Juventud Rebelde mediante veinte imágenes tomadas por el destacado realizador Roberto Chile

Autor:

Julieta García Ríos

No hubo trucaje ni efectos especiales. Son todas fotos naturales donde la única luz existente es la solar. Asegura que son puras fotografías: «así como salieron del corazón» y que lo único que hizo en la computadora fue el acabado de las imágenes.

Prefirió el blanco y negro por ser más expresivo para tratar el tema de los afrodescendientes. Y Guanabacoa es el único escenario donde fueron tomadas estas instantáneas. Siglos atrás era este uno de los sitios adonde se trasladaba a los esclavos que arribaban a La Habana antes de ser llevados a los mercados negreros.

La muestra tiene por título Somos Guanabacoa y es una selección de veinte obras que formaron parte de la exposición Afrodescendientes, Guanabacoa-Cuba, del prestigioso fotógrafo, camarógrafo, realizador y documentalista, Roberto Chile.

Su encuentro con Juventud Rebelde tiene una especial significación. Desde el 2005 lo habíamos invitado con motivo de nuestro aniversario 40 pero, por razones de trabajo, debimos posponer su visita hasta este 14 de septiembre en que inauguramos su exposición Somos Guanabacoa, con la cual comenzó el programa de actividades por el aniversario 47 de la fundación del periódico.

En la Galería Pancho Vázquez cuelgan las imágenes; frente a estas una siente que recorre la Villa de Pepe Antonio, del Bola y Rita Montaner con la naturalidad de quien tiene ante sus ojos un paisaje común en el que ha vivido muchos años.

Y es que el artista, conocido por registrar la vida del líder histórico de la Revolución por más de dos décadas, reconoce que allí no fue en busca del folclor, «sino a retratar a hombres y mujeres en su entorno: ya sea un individuo en medio de una calle, con sus patines puestos y su novia a su lado, o una madre nganga con sus atributos y sus encantos, o a los muchachos del Conservatorio de Música de Guanabacoa, o igualmente al obrero metalúrgico o de la construcción. También el partido de dominó o el hombre que se fuma un tabaco, es decir, la gente, la vida».

Es este su homenaje a seres que existen y que están con nosotros en la vida cotidiana.

La Unesco declaró el 2011 como el Año Internacional de los Afrodescendientes. Y justo en el primer cuatrimestre de ese año fueron tomadas, con cámara digital, la mayoría de las instantáneas que han sido mostradas en Madrid, Buenos Aires, Nueva York, Washington, Guanabacoa y ahora Juventud Rebelde, también en La Habana.

Sin embargo, como asegura su autor, esta no fue una exposición hecha a partir de una coyuntura, «sino para, con sinceridad y pasión verdaderas, rendir homenaje a partir de mis ojos —que están conectados con hilos muy sensibles a mi corazón— a los afrodescendientes y a Guanabacoa».

Por eso muchas de las personas fotografiadas están muy ligadas a La Hata, o a Enriquito Hernández Armenteros, uno de los grandes sacerdotes de las religiones cubanas de origen africano, a quien Chile le dedico un documental: Soy Tata Nganga. Desde el 2006 trabajó en este proyecto del que nació esta exposición fotográfica.

Con el propósito de conocer detalles sobre el proceso de realización de Afrodescendientes, Guanabacoa-Cuba conversé hace un tiempo con Roberto Chile. Confieso que es un hombre de fácil acceso, que al hablar de Guanabacoa y su gente lo hace con pasión.

—¿Dónde nació y cómo fue su infancia?

—Nací en Centro Habana. Aunque me han dicho que viví algunos meses en el reparto La Cumbre, cerca del Caballo Blanco. Mis mejores recuerdos de la infancia se remiten a las calles de Concordia y Lagunas, y sus alrededores: los portales de Belascoaín, el Parque Maceo, el Malecón habanero, la antigua Beneficencia, en fin, el barrio de San Leopoldo. Mi infancia fue feliz. Mi padre Juan Ramón y mi madre Adolfina me cuidaron con dedicación y esmero. Tengo un hermano tres años y medio mayor que yo, Ramón, quien puso las primeras luces en mi camino… y también, las canciones de Los Beatles, el amor al mar, el compromiso con una sociedad en pleno apogeo revolucionario.

«Recuerdo que vi desde el balcón del edificio donde vivíamos, en Lagunas, la efervescencia popular de los primeros días de enero de 1959, cuando los Rebeldes hacían su entrada en La Habana. No recuerdo haber visto la caravana triunfante atravesando el Malecón, pero si sentí la algarabía popular, y hasta creo haber visto alguna vez a Camilo».

—¿Es Chile mulato?

—Como dice el refranero popular: «En Cuba el que no tiene de congo tiene de carabalí». Soy cubano, parte del ajiaco que refirió Fernando Ortiz. Por mis venas corre sangre cubana, española y africana.

—¿Cómo describe esas jornadas de trabajo donde fueron tomadas las fotos?

—Fueron jornadas de intensa labor, llenas de emoción y humanismo, y mucho calor, porque al calor del sol se sumó el de la gente. Gracias a esta aventura visual, pude conocer más de cerca a Guanabacoa y a su gente, y eso hizo crecer mi amor, no solo por Guanabacoa, sino también por Cuba, por mi pueblo, por nuestras raíces. Surgieron entonces nuevos amigos. Además de Enriquito y su familia, que más que mi amigo es mi ángel protector, ahora tengo a Josefina, quien me hechizó con su imán desde el mismo instante en que la vi; a Rafael Valdivia, el trovador, y su media naranja Greter; a Rogelio, vecino de La Hata, devenido icono; Aspirina, el rumbero, pieza museable del paisaje humano de Guanabacoa; en fin, son muchos, porque hasta algunos niños de La Hata cuando nos ven llegar salen a nuestro encuentro. Algunos gritan: «Llegaron los fotógrafos!». Es emocionante, han sido instantes llenos de ternura y pasión humanas.

«En mi expedición por Guanabacoa, jamás estuve solo, me acompañaron siempre mi entrañable amigo Salvador Combarro, que viene a ser mi mano derecha, y el imprescindible Marcos Alfonso, gran conocedor del tema, y en momentos cruciales también estuvieron Panchón y Javier, a quienes también les agradezco por haberme acompañado en esta travesía».

—¿Por qué dedicarle una imagen en especial a Tina Modotti?

—Tina Modotti tomó una foto similar hace varias décadas. Mientras visitaba el Museo de Guanabacoa vi a un obrero con una pala en las manos que se tomaba unos minutos de descanso. Como un rayo vino aquella imagen a mi mente y, en homenaje a Tina, quien no solo fue excelente fotógrafa, sino, además, mujer inmensa, tomé esa instantánea, y para que quedara claro que está inspirada en ella, se la dediqué.

—¿Qué condiciones técnicas o ambientales empleó para lograr las fotos?

—Trabajé todo el tiempo con una cámara de fotografía digital marca Nikon modelo D-300, tres lentes, esencialmente un 17–70 mm, y mucha pasión. Quisiera destacar que todas las imágenes fueron tomadas con luz natural. No encendimos una sola lámpara ni usamos un solo accesorio de iluminación para manipular la luz. Como quien sigue el camino de los grandes maestros de la fotografía cubana, algunos como Alberto Korda, de talla universal. Ellos son mi inspiración, mi fuente.

—¿A cuáles imágenes le tiene más cariño?

—A todas. Son mis criaturas, como si fueran mis hijas. Si tuviera que quedarme con una sola, me moriría de vergüenza y de pena.

—¿Cómo reaccionó la gente de Guanabacoa al verlo trabajar? ¿Alguien se negó a ser fotografiado?

—La gente de Guanabacoa es cordial, como son los cubanos. Mientras más humildes, más afectuosos. Siempre hubo alguno que no accedió, y lo respeté. La mayoría accedió gustosamente, creo que la sonrisa, la altitud, la gallardía presente en la mayoría de las imágenes, lo dicen todo. Nadie fue engañado ni retratado a escondidas. Aunque hubo fotos tomadas por sorpresa, no hice trampa. Todos los retratados supieron que estaban al alcance de una mirada curiosa. Y se dejaron cazar para ahora y para siempre.

—Del proyecto con los artistas plásticos han nacido grandes amigos, ¿sucedió igual con Afrodescendientes?

—El que siembra amor, recoge amor. Hay una canción de Los Beatles, The End, que dice así: And in the end, the love you take, is equal to the love you make, que quiere decir, Al final, el amor que tomas es igual al amor que das, o algo así. Y eso es lo que ocurrió con los artistas y también ahora en Guanabacoa. Uno entrega amor, y a cambio, recibe amor. Como diría Martí: «No son inútiles la verdad y la ternura».

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