En el Jardín animado de Dulce María Loynaz

Bárbara, la doncella que la gran escritora cubana confinara para siempre tras la verja lírica de su novela Jardín, vuelve ahora en el corto animado La luna en el jardín, de los realizadores Yemelí Cruz y Adanoe Lima

Autor:

Jaisy Izquierdo

El pasado 5 de octubre, la luna se desprendió de la noche. Fue un temblor de cielo perceptible: unos ojos de agua honda vieron caer despedazada a la reina de la noche, y unas manos leves, blanquísimas, la guardaron para siempre en el jardín. Los ojos y las manos son de letras, plastilina y celuloide.

Bárbara, la doncella que la gran escritora cubana Dulce María Loynaz confinara para siempre tras la verja lírica de su novela Jardín, vuelve a sumergirse en su vergel; dueña toda del misterio vegetal que la circunda, y que ahora se levanta de entre las páginas para ser visible a través de un corto animado, La luna en el jardín, realizado por los jóvenes Yemelí Cruz y Adanoe Lima.

La luna en el jardín resulta una agradable sorpresa en el panorama del animado cubano. En apenas 12 minutos sus autores reproducen la historia que da inicio a la novela, y que constituye una parábola y síntesis a la vez de los descubrimientos celestiales, terrenos o subyacentes que la protagonista ha de desentrañar, en ese camino mucho más largo que es Jardín.

Pero Adanoe y Yemelí aciertan no solo al escoger el pasaje clave de una obra cumbre de las letras cubanas, fragmento que da inicio y cierre a la novela de la Loynaz, sino que logran al unísono impregnar el escaso cuarto de hora con el hálito de la obra toda, ese sucumbir sin prisa a un mundo interior que no responde ni al tiempo ni al espacio común. Más aún: la muñeca de medio metro modelada a la imagen de sus deseos para ser la actriz de esta historia, no solo es la Bárbara de talla esbelta, pelo oscuro y rasgos afinados. ¿Será acaso la misma Loynaz acallada entre el mutismo de sus rosas y la sofocada fragancia que, no obstante, delata siempre el jardín de su poesía?

Con Adanoe y Yemelí conversó JR. Ambos nacieron en 1980, provienen de las artes plásticas, y desde que en el año 2004 asistieron al Taller Cuba-Dinamarca, en el ICRT, han trabajado juntos en la realización de animados como el cortometraje Horizontes (Premio de Animación en Cine Plaza 2004, y en la IV Muestra Nacional de Nuevos Realizadores), y el videoclip Lo feo (Premio Lucas 2010 al Mejor Videoclip Infantil).

Desde hacía algún tiempo querían llevar a cabo un corto sobre una mujer y la luna. Eran ideas que discutían y entrelazaban a cuatro manos. Un día a Yemelí se le encendió la chispa, buscó Jardín y se lo extendió a su compañero. En aquellas páginas primeras estaba escrita una pequeña historia, que se adecuaba perfectamente a las inquietudes artísticas que querían de alguna manera expresar.

«La obra por sí misma nos daba las imágenes, no tuvimos que indagar demasiado porque todo lo que necesitábamos estaba sintetizado en esas palabras. No solo nos proponía las características de la protagonista y las acciones que esta desarrolla en la trama, sino también nos sugería movimientos de cámara, e incluso colores. Todo estaba en el libro, únicamente cerramos los ojos e imaginamos el mundo allí descrito, con gran profundidad y belleza», explica la joven graduada de San Alejandro.

Fue durante sus años de estudiante que Yemelí se tropezó con la obra de la Premio Cervantes de Literatura en 1992: «Me regalaron un libro, precisamente Jardín, en una edición española que tenía en su portada una mujer con un árbol delante de sí. Aquella imagen captó mi atención, tanto que me provocó a la lectura, pues quería comprobar si el texto era tan bello como aquella pintura.

«Recuerdo que me tropecé con las primeras palabras de Dulce María que aclaraba al lector que dicha novela era la historia monótona e incoherente de una mujer y un jardín. Aquella sinceridad tan grande me sorprendió y fue el gancho que me motivó a leerla hasta el final. Alucinaba con cada página que vencía pues me maravillaba su poder para expresar cosas significativas, y entonces con un poco de trabajo, pues no es fácil encontrar la obra de Dulce María, comencé a buscar sus libros de poemas».

Adanoe confiesa que a los 16 años, cuando Yemelí le comentó sobre el nuevo libro que había descubierto y lo impulsó a leerlo, la lectura fue un camino cuesta arriba, trabajoso. «Pero a pesar de que fue difícil para mí digerirlo no podía negar que se trataba de un texto muy bonito. Sin embargo, cuando nos decidimos por contar esta historia, terminé leyéndome nuevamente la novela completa».

Buscando a Bárbara

La fisonomía de Bárbara es como la melancolía, inaprensible. Quiso Dulce María hacerla «un ser de poca carne y poco hueso», «irreal», «con frescura de mata e intangible». Por eso encontrarle rostro no resultó tarea sencilla.

«Varios meses nos tomó definir el diseño final de Bárbara. Aunque contábamos con la descripción en el libro de que era alta y muy afinada, queríamos concebir un personaje capaz de transmitir los sentimientos de forma mesurada; con muchas pasiones, pero contenidas», indica Yemelí.

Adanoe agrega que al hacer su propia representación de Bárbara se auxiliaron de fotos de la época, para ser fieles a las modas, peinados y estéticas del pasado en el cual está enmarcada. Además advierte que, aunque no se trata de un retrato realista de Dulce María Loynaz, «sí quisimos que esa espiritualidad que transmitía en la mirada quedara reflejada, pues para muchos Bárbara es en el libro un personaje un poco autobiográfico».

«Hay tanto de Dulce María en ese corto que uno llega a notar su presencia aun cuando sus autores no copiaron una foto suya para crear a la protagonista», asegura María del Carmen Herrera, heredera del patrimonio literario de la autora de Poemas sin nombre, quien no deja de reconocer que se asustó cuando le informaron que dos jóvenes querían hacer un animado, nada más y nada menos que con una obra tan compleja como Jardín.

María del Carmen me cuenta de su admiración al ver el resultado, y cómo en él hay escondidos grandes detalles que evocan en su memoria a la Dulce María con la cual compartió bien de cerca sus cuatro años de vida finales.

«El gesto del chal morado que lleva Bárbara es precioso, pues fue copiado ex profeso del mismo que usara Dulce María hasta sus últimos días, y que aún yo conservo sin lavar, tal cual ella lo dejó... Sus manos guardan gran similitud con esas que yo tuve entre las mías tantas veces: las de Dulce María eran más pequeñas, pero la forma que le dieron a las muñecas y a los dedos sí la evocan de un modo singular.

«Aunque esos son los ojos de Bárbara, hay una tristeza en su mirada, y una capacidad de transmitir que detrás de ella hay un pensamiento más profundo, que me resulta cercano. Es increíble que esta muñeca lo logre expresar».

Adanoe y Yemelí agradecen la ayuda infinita prestada por el Centro Dulce María Loynaz y por María del Carmen, los cuales facilitaron mucha información útil para la investigación preliminar. «María del Carmen nos permitió  acercarnos a la Dulce María real, vimos sus objetos personales, el chal, las peinetas, el plumón, el abanico, sus espejuelos. Uno tiene la impresión de que si ves y tocas sus cosas, esa esencia te llega», admite Yemelí.

Secretos de animador

«A la hora de confeccionar un personaje, una marioneta en stop motion, hay que respetar ciertos requisitos técnicos, cuidar su peso, dimensiones y proporciones, y tener bien planificados los agarres que tendrá a la hora de la filmación. En base a ello se diseña una estructura metálica que será el sustento, el esqueleto del muñeco», explica Adanoe, realizador cinematográfico de los Estudios de Animación del ICAIC.

Aclara Adanoe que «era indispensable que esta armadura fuera lo mejor posible, porque el corto requería que se pudieran lograr movimientos sutiles, muy lentos. Luego recubrimos la armadura y modelamos las manos, la cabeza, el pelo y, por último, le añadimos el vestuario. Todo un proceso largo que nos tomó alrededor de cuatro meses para tener en nuestras manos a la Bárbara definitiva».

Cree Yemelí que la técnica del stop motion se aviene de maravilla con el espíritu de la historia: «Ese hálito del libro de tomarse tiempo para las cosas está presente hasta en la misma realización de la película. Precisamente animar en stop motion requiere que se le dedique muchas horas al trabajo, no es algo que se pueda lograr apresuradamente. Para que salga bien es imprescindible el arte del detalle, el amor y el gusto con que uno hace las cosas».

La luna en el jardín no precisa de diálogos ni de un narrador que nos lea el texto. La gracia consiste en que el espectador encuentre en las imágenes cada palabra de Dulce María, transcrita por los directores en lenguaje cinematográfico, y subrayada por una música que insinúa, cual sutil cronista, el mundo interior que borbotea tras el silencio de Bárbara.

Zenaida Romeu, quien con su Camerata interpretó Adagio, de Alejandro Caturla, expresó que tales notas parecieran haber sido escritas especialmente para esta obra pues «acentúa la atmósfera de la nostalgia, la distancia, la noche, los sueños perdidos, la desesperanza y también las preguntas que buscan respuestas. El dolor de la música insertada, junto a ella, se empasta y abraza en magnífica fusión al discurso poético».

Por ello, estimado lector, si por estos días te tropiezas en los cines de estreno con esta obra de apenas 12 minutos, sabrás que seguramente una hoja de almendro rozará tu mejilla, y un extraño frescor de rosas sentirás junto al viento. Mas no te asombres. Como intuyó la Loynaz: «Es el jardín de Bárbara que viene sobre ti también».

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