Estoy llena de juventud

Afirma la maestra Esther Montes de Oca, la madre de Luis y Sergio, los escritores y artistas cubanos más nuevos, que fueron asesinados vilmente por la tiranía batistiana, aquel sanguinario 13 de agosto de 1957

Autor:

José Luis Estrada Betancourt

SAN JUAN Y MARTÍNEZ, Pinar del Río. — Cuando el silencio se apropia totalmente de la casa de amplio portal, marcada con el número 41 de la calle Martí, no es difícil escuchar los pasos de los pequeños Luis y Sergio correteando, y las sonrisas mientras juegan y saltan en sus camas, aprovechando que su dulce madre Esther no los tiene a vista.

Lejano está ya en el tiempo aquel sanguinario 13 de agosto de 1957, que quedó fijado para siempre en la memoria de Cuba como el día en que fueron asesinados vilmente, por la tiranía batistiana, los hijos queridos de Esther y de San Juan y Martínez, por querer defender un único sueño: que se hiciera por fin la luz en su amada patria. Han transcurrido 56 años y, sin embargo, en la Casa Museo Hermanos Saíz Montes de Oca serán eternas sus presencias.

En la siempre concurrida morada de la maestra Esther todo habla de unas vidas cegadas cuando apenas comenzaban a florecer. Allí, en las múltiples fotos asombra la belleza de Esther escoltada por sus hijos que miran fijo a la cámara, y ellos, a los cuatro meses, al año, a los 14, a los 15; festejando el Día de Reyes, o en el Instituto de Segunda Enseñanza de Pinar del Río; y Luis impresionando con su afinado violín, y con sus diplomas con las menciones por sus cuentos El extraño de azul y Mi amante, la Tierra, que ya anunciaban el gran escritor que sería; Luis disfrazado de hindú y de charro mexicano; y Sergio con su prima Teresita, o con Sonia, su compañera de estudio... Y las botas listas para la lucha en la montaña, después de tantas acciones como integrantes del Movimiento 26 de Julio y del Directorio Revolucionario...

Ahí están sus amigos que dan fe de ello: Juan Manuel Rivero, Juan «Mambito» Arencibia, Elio Villate, Irene Collazo, Raúl Arencibia..., recordando los días de la clandestinidad, de sus claras convicciones de por qué se luchaba, los necesarios sabotajes, los encuentros con Fidel; sus compañeros siempre dándole una vuelta a quien perdiera con dolor a sus dos heroicos vástagos para ganar como hijos a los numerosos miembros de la Asociación Hermanos Saíz (AHS), organización que no podía dejar de visitarla este viernes, antes de que llegara la jornada en que todos los amores, las flores, los poemas, las canciones, son para las madres.

Sí, en San Juan y Martínez estaban este viernes muchos de sus hijos, y una ocasión así merecía que Esther recitara sus poemas preferidos: Y al despertar de tan hermoso sueño/ sentí en mi corazón plácida calma;/ y me dijiste: es verdad... ¡eternamente!/ ¿cómo puede jamás estar ausente/ la que vive inmortal dentro del alma?... Esther alegre, porque sabe que, como en el 2001, estará, aunque solo por un rato, en el venidero Congreso de la AHS.

Y se adjudica el derecho que le pertenece de dar consejos a los más nuevos: «Deberán estudiar y analizar profundamente los problemas, para luego poder escoger lo que resulte más importante para el bienestar de nuestro país. No hagan nada a lo loco, hay que centrarse en lo que sea útil no solo a Cuba, sino a toda la humanidad».

Resulta que, dice, «uno no se puede apartar de lo que fue toda su vida». De hecho, si no fuera por esos 103 abriles que lleva con orgullo, estuviera todavía en las aulas. «Ojalá pudiera, pero se necesita una vitalidad que ya no tengo. Pero han pasado los años y apenas me he dado cuenta... De cualquier manera, no estoy apurada por morirme. Y quizá cuando la muerte llegue le diga: ¿por qué no te das una vueltecita?», y sonríe con viveza similar como la que tuvo cuando preparó aquellos «cubos de chocolates» para brindar a los alzados.

«Venían muertos de hambre, y yo los acostaba atravesados en las camitas de los muchachos para que, en lugar de dos, cupieran cuatro, mientras yo les hacía un chocolate bien calentito». Las mismas camas donde reposa ahora el ramo que le obsequiara la AHS, cuando nos despidió con un beso. «¡Qué lindas flores! ¡Qué belleza! Se las dedico a mis hijos. Ponlas en las camas de los muchachos».

Es Esther, la madre de Luis y Sergio, la madre de los escritores y artistas cubanos más nuevos. «Con lo jóvenes que son ustedes, le dan juventud a mi vejez, y aguanto así hasta que vienen otros a darme vida, cuando se acercan para que les cuente de mis hijos. Por eso estoy llena de vida, de juventud».

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