Pinceladas de la cotidianidad

Las creaciones del pintor cubano Roberto González son una continua exploración de la evolución y supervivencia de la humanidad por encontrar fuerzas en sueños,esperanzas y aspiraciones, pero también de la dura realidad en dondequiera que esté

Autor:

Toni Piñera

La trayectoria biográfica del artista Roberto González está surcada de pinceladas que han consolidado en él una formación con un particularísimo tinte. En otras palabras, si tan cierto es que todos y cada uno de nosotros somos nuestra biografía porque cada experiencia se decanta hacia nuestro ser, no es menos cierto que el creador ha pasado con furor por la vida y ha extraído de ella una riqueza que se traslada —con una sencillez de gran peso— a sus obras.

Roberto González, graduado de Diseño Gráfico (La Habana, 1993), ha sabido construir un puente entre lo psicológico y lo físico. Sus creaciones son pues una continua exploración de la evolución y supervivencia de la humanidad por encontrar fuerzas en sueños, esperanzas y aspiraciones, pero también de la dura realidad en dondequiera que esté. Un trabajo personal que muestra, en composiciones muy elaboradas, el núcleo de la emoción humana, expresando triunfos por sobre los obstáculos superados.

El hombre y su problemática enfoca, como eje central, en sus más recientes producciones pictóricas que constituyen un fértil terreno donde reutiliza muchos objetos de la cotidianidad ¡para humanizar a las personas! Esas que cada vez, con mayor fuerza, se alejan de lo esencial de la vida, perdiendo la brújula que marca la felicidad… Parte de esta serie la expuso bajo el título de Hombre al agua, en la Galería Enlace Arte Contemporáneo (Lima, Perú), con curaduría de Sergio López, hace ya algún tiempo, y que alcanzó un rotundo éxito de crítica y público. El diario de mayor importancia en Perú, El Comercio, reseñaba en un artículo titulado La belleza de lo cotidiano, a todo color en una página: «El pintor cubano Roberto González llegó con la muestra Hombre al agua, con la que reclama detener ese barco de modernidad galopante y rescatar al ser humano». Por muchas otras revistas, periódicos y medios digitales se difundió allí su quehacer pictórico. Porque su temática  muestra al hombre en sus más disímiles formas. Indudablemente, que este conjunto es parte intrínseca en su fecunda obra que ya ha logrado, a esta altura, una consolidación en la simplificación de las formas, y, sobre todo, del contenido.

Observando sus trabajos (acrílicos sobre lienzo), que desbordan las miradas en su pequeño y agradable estudio-galería de Aguiar 19 (La Habana Vieja), en el conocido Callejón de los Peluqueros, reconocemos que es un hombre de muchas paradojas: minimalista en los recursos, conceptual, surrealista, con una técnica excelente en el campo de la línea y del color…, una mezcla de ingredientes que resulta en un artista original. Pero sondeemos el contexto de su quehacer pictórico. Subyace en la condición humana el espíritu animista que domina en el niño, en el hombre primitivo y en quienes, liberados de la conciencia, consiguen dar rienda suelta al automatismo creador de mundos mágicos. Podría ser el caso también de este pintor (Ciudad de La Habana, 1972) cuando integra en sus trabajos una figuración que tiene puntos de contactos con la realidad, organizada a la manera de los sueños.

Sus actuales obras —firmadas a partir del 2011 hasta hoy— constituyen una suma de sus dos anteriores series: Islas e Historias cotidianas. En la primera, el creador asociaba una figura solitaria, que casi siempre (era él) con el vasto paisaje marino. Un único nadador flotando en el agua creaba una sensación de aislamiento en tanto que parecía no tener límites, posiblemente un anhelo idealizado por el artista de liberar su propio cuerpo. Mientras que en Historias…, sus raíces se afianzaban un poco más en la vigilia, pues del mundo real, del día a día, extraía y exponía, con cierta dosis de humor en las imágenes, los problemas sociales universales del hombre sobre la tierra.

A veces lírica, otra misteriosa, es la atmósfera creada en sus composiciones —inmersas en una escenografía de fondos neutros, que coquetean con la abstracción muchas veces—. Con admirable oficio, integra elementos del hoy mezclados con la tradición del arte occidental y, por supuesto, el nuestro. Pueden ser un llamado de alarma o alerta al ser humano actual por la voracidad con que se vive en Hombre al agua; el simulacro de un «vuelo» cuando alguien siembra una pluma en la tierra como símbolo de espiritualidad en Cultivadores de vuelo; ese mueble-edificio de azul, que simboliza la tierra, y cuyas gavetas se transforman en balcones con gentes en Convivencia, o aquel colador de café repleto de personas tratando de «extraer» la esencia de cada uno, más allá de las razas, culturas, sexo… en Esencia …

Roberto González descubre al mundo el surrealismo del tiempo que vive. Un movimiento iniciado en 1923, con un segundo manifiesto hacia 1930, para cantar el desencanto de una humanidad que se encaminaba al desarrollo de la tecnología con creciente incertidumbre. En esta evolución de ideas, imágenes y filosofías del siglo XX, pero renovadas y matizadas con tintes de la realidad y la conciencia, podría insertarse la pintura de Roberto González. Razones e interrogantes se conjugan en un arte que busca la continuidad histórica, siguiendo el hilo invisible que da sentido a la tradición. Su creatividad despliega sobre el soporte elegido —y es muy variado-original, en sus actuales trabajos— las imágenes libres que corresponden a las historias que están delineadas desde su propio mundo interior.

A comienzos del pasado siglo, el surrealismo entregó una dosis de espiritualidad, una magia, que atenuaban las aristas del cubismo y apagaban los brillos deslumbrantes del futurismo. El énfasis estaba puesto en el automatismo, para reproducir, libre y espontáneamente durante la vigilia, aquellas imágenes soñadas, todavía subyacentes en el inconsciente. Un rescate similar al del niño que conversa con las piedras o las nubes, al del hombre primitivo que anima la naturaleza con espíritus del bien o del mal. En este rescate se puede ubicar el trabajo de Roberto González, cuando pinta sin dibujo previo, siguiendo el dictado de su interioridad, imaginando al compás de sus gestos, mientras capa sobre capa el pincel opera el milagro de una pintura tersa, mágica, inteligente, como un salto al vacío a las preguntas del alma… En las respuestas del creador, están las referencias a los maestros del pasado. Así las miradas pueden remontar al espectador a las extravagancias de Dalí, los vuelos imaginativos de Chagall, la metafísica de De Chirico, y hasta la fijación del instante que consiguió Magritte. Pero hay más, siempre está un concepto esbozado, entre las formas y tonalidades.

De esta manera, Roberto González entra conscientemente en esta corriente dinámica que es la evolución de las artes plásticas, al ritmo de las ideas de cada tiempo. La excelencia de su dibujo le permite estructurar un universo que el artista va develando a partir de una tela pintada, en la que bruñe y saca luces, dando por resultado una pintura tonal, de paleta baja e impecable oficio. Este sistema se adapta a su preocupación por la luz, mientras desarrolla el collage de situaciones e imágenes que se mueven hacia esa zona de contrastes donde él las dirige sabiamente, buscando enfocar el nudo central, aquello que le interesa. Son composiciones, en muchos casos para reflexionar, que generan quietud, cierta reflexión y un delicado balance de formas, enfatizando una armoniosa acción recíproca. No hay dudas: su estética y estilo son inconfundibles.

Recorrido artístico

Roberto González tiene a su haber decenas de exposiciones colectivas en Cuba, Estados Unidos, América Latina, Asia y Europa, y más de diez personales (Cuba, México, Estados Unidos, Perú, Puerto Rico, Alemania y Holanda). Ha participado en importantes subastas de arte como Sotheby’s, Arte Latinoamericano (Nueva York, Estados Unidos), Christie’s, Art d’Amerique Latine (París, Francia), Subasta extraordinaria de la Sala Retiro (Madrid, España), entre muchas otras. Obras suyas se encuentran en disímiles colecciones por el mundo.

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