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Muertecitos de risa

El unipersonal de Ernesto González Muertecita de miedo demuestra que pueden abordarse personajes, tipos humanos y hasta figuras públicas sin llegar al irrespeto y el ataque personal

Autor:

Frank Padrón

Antes y después de Aquelarre, un espectáculo humorístico ha centralizado la atención y asistencia de un amplio y diverso público, aunque integrado sobre todo por jóvenes. Me refiero a Muertecita de miedo, unipersonal de Ernesto González, el Flacomímico, que puede verse aún de martes a jueves, a las 8:30 p.m., en la sala Tito Junco del Complejo Cultural Bertolt Brecht.

Dirigido por una veterana en las lides de la comicidad, la actriz Xiomara Palacio demuestra mano firme para las gestiones tras bambalinas, al concebir una puesta coherente, que emplea racionalmente el espacio escénico.

González, por su parte, reafirma sus dotes histriónicas y su capacidad de desdoblamiento en una pieza que ya pisó incluso territorio norteamericano con un éxito que no hacía suponer las especificidades y localismos que lo forman, pero ya sabemos cómo rompe barreras el talento, y esto ocurre con un espectáculo que también aquí atrae a turistas de otros lares, pero especialmente encuentra cálida resonancia en quienes vivimos el día a día cubano.

Muertecita… cuenta con cuatro personajes que centralizan sendos pasajes de la obra: Higinito el emo, Carmita Yolanda, el teniente Gatillo y Jacqueline la Pandemia, que alude al título genérico.

El primero se refiere a ese, uno de los grupos de jóvenes con personalidades muy singulares, a los cuales junto a otros semejantes, ha dedicado notables artículos nuestro diario. El actor revela algunos de sus rasgos desde la cuerda de la sátira, a la vez que flagela la falta de perspectiva de ciertos sectores juveniles, pero sin crueldad ni ensañamientos, por el contrario, humanizando incluso los aspectos más negativos.

La empleada de limpieza que constituye el segundo personaje no carece de rasgos simpáticos, sin embargo, no se aprecia aquí la misma altura en la sustancia humorística: los chistes son menos lozanos, a veces hasta un tanto envejecidos.

Sin embargo, con el teniente Gatillo llegamos a uno de los mejores momentos del espectáculo; no solo el texto revela sutilezas apreciables, una sátira limpia y sentenciosa, sino que el actor evidencia sus mejores dotes, dentro de una caracterización pensada y mejor proyectada.

La tan aplaudida Jacqueline resulta, a la larga, algo irregular; no carece de logrados momentos y, en general, la caracterización de Ernesto es rigurosa y simpática, mas en ocasiones se ve lastrada por excesos; y en otras, la improvisación, siempre enriquecedora del contacto con el público, también debilita la concentración y el redondeo del personaje.

De cualquier manera, el Flacomímico demuestra en Muertecita… su clase como humorista; emite una lección, primero interiorizada por él mismo, de que pueden abordarse personajes, tipos humanos y hasta figuras públicas sin llegar al irrespeto y el ataque personal. Por otra parte, legitima una vez más el transformismo como arte, herencia del bufo y el vernáculo, y expresión viva que conoce entre nosotros una digna tradición que va de Arquímides Pous a Osvaldo Doimeadiós.

Luego, el tino, imprescindible para quienes ejercen su difícil profesión, para tomarle el pulso a la realidad social y volcarla en personajes y situaciones que no solo diviertan, sino que pellizquen la capacidad intelectiva y reflexiva del espectador.

Muertecita de miedo demuestra también que las barreras que separan el humor representado del teatro con todas las de la ley apenas existen. Esta cita, cada vez más popular y masiva con un público diverso en todo sentido, es una reafirmación —parafraseando a Martí— de que en Cuba, en el humor como en todo, podemos seguir haciendo mucho.

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