Soy un escritor de extremos

Todavía quedan muchas cosas que decir a los niños, adolescentes y jóvenes para convertirse en un desertor de la literatura infanto-juvenil, asegura el reconocido escritor Eldys Baratute Benavides, quien se desempeña, además, como presidente de la AHS en Guantánamo

Autor:

José Luis Estrada Betancourt

Eldys Baratute Benavides supo desde siempre que iba a ser escritor, tal vez porque se hallaba entre esos niños que no se relacionaban mucho con sus coetáneos, casi nunca jugaban en la calle y tenían pocos amigos. Así se refugió en la lectura, donde encontraba lo que no podía afuera. Después le llegó la necesidad de escribir. «Todavía me veo en la Primaria, reproduciendo en una libreta los textos de cualquiera de las novelas que daban en la TV, mientras la maestra de turno daba clases», cuenta este joven que ahora conduce los pasos de la Asociación Hermanos Saíz (AHS) en Guantánamo.

Y de pronto nació Cuentos para dormir a María Cristina, libro que concibió entre el preuniversitario y el servicio militar, pero que publicó cuando ingresaba en la Universidad de Ciencias Médicas, «lejano a todos los pronósticos que indicaban que sería periodista o abogado», admite.

—¿Empecinado con la literatura infantil? ¿Qué pasa con los otros géneros? ¿Se te resisten?

—Soy un lector bastante diverso. Leo mucho la literatura que se escribe solo para adultos, mucha poesía, menos teatro y ensayo, pero en materia de escritura es como si todo lo demás no existiera, no sé si se me resisten otros géneros porque ni siquiera lo he intentado y no me interesa hacerlo. En serio, es algo que no me pasa por la cabeza, además todavía quedan muchas cosas que decir a los niños, adolescentes y jóvenes para convertirme en un desertor del género.

«Hoy en día, cuando pareciera que casi nadie quiere ser el principal responsable de la formación de los niños como seres humanos (la familia piensa que debe ser la escuela y viceversa), y en medio de todas las problemáticas sociales que definitivamente inciden en esa formación, los escritores tenemos una responsabilidad mayúscula; alguien debe decirles (a los niños y a los adultos que no se han enterado) que al otro se debe respetar, que la felicidad existe, que el dinero y el poder no lo son todo. Y de eso, aunque suene cursi, me siento responsable».

—¿Por qué esa pasión en ti por los personajes infantiles incomprendidos?

—Creo que los personajes incomprendidos tienen más matices, historias más interesantes y más reales. Me gusta que en lo que escribo se transpire verosimilitud, que la gente (y que conste que cuando digo la gente, no me refiero solo a los niños) se encuentre en lo que escribo. Y todos hemos sido en algún momento incomprendidos.

«El mundo perfecto, rosadito claro, generalmente es aburrido y triste. Además, lamentablemente, los niños son a quienes menos se tiene en cuenta a la hora de tomar decisiones en el hogar. Los adultos, bajo cualquier excusa, anulamos su personalidad y resolvemos qué ropa deben ponerse, cómo celebrar sus fiestas de cumpleaños, cuáles son los amigos que deben tener, qué libros deben leerse, en fin, cómo deben vivir. Con mis historias trato de que los “mayores” se percaten de que los niños también merecen ser respetados».

—¿Existe algún libro inapropiado para niños? Se habló de Marité y la hormiga loca, y luego Cucarachas al borde de un ataque de nervios algunos lo catalogaron de ¿inmoral?

—Soy un escritor de extremos. Muy querido por unos y muy odiado por otros. Lo que me hace sentir orgulloso, porque evidentemente quedo en la mente de los lectores.

«Casi todos mis libros han despertado algún tipo de ojeriza en algún que otro lector. Y creo que sí, sí existe un libro inapropiado para los niños: aquel que no se escribe desde la sensibilidad, desde la verdad, ese que subestima a los niños y piensa que son seres sin cerebro, ese que no se escribe con belleza y respeto, ese es un libro inapropiado e impublicable.

«Lo de inmoral es tan relativo como el propio concepto. La palabra tiene su origen en el término latino mores, cuyo significado es costumbre, o sea, todo lo que influye en el desarrollo del hombre como ser social: sus lecturas, su educación familiar o el medio en que se desarrolle, determina qué es lo correcto y qué no lo es. Y para algunas personas los temas que trato en algunos de mis libros no son correctos, sin embargo (por aquello de las subjetividades, las lecturas, el medio, etc.) para otros sí lo son.

«Me han pasado cosas muy simpáticas, desde abuelas que regresan a la librería a devolver el ejemplar comprado, otros que van a direcciones municipales de Cultura (de cualquier provincia) a quejarse por tal o más cual tema. Todo eso lo respeto y lo acepto, hay otros miles (sobre todo niños) que se divierten, razonan y se emocionan con lo que les propongo. Bajo esa premisa escribo.

«De lo que sí estoy seguro es de que lo que hago invita a la reflexión y que los adultos llegan a esa segunda lectura, la misma a la que, dentro de años, llegarán los niños que por ahora lo que hacen es divertirse con las ocurrencias de cucarachas locas, o una hormiga que no se quiere ir de un hospital psiquiátrico porque piensa que los verdaderos locos están afuera».

—Te iniciaste como investigador con la antología Vuelve a cantar la cigarra. Cuentos en homenaje a Onelio Jorge Cardoso, pero al parecer le cogiste el gusto, pues recientemente publicaste Retoños de almendro...

—Esos libros, junto a La dimensión de lo trascendente. Acercamiento a la obra de Nersys Felipe, una selección de textos que hice junto a José Raúl Fraguela sobre esta autora, y que saliera publicado por Ediciones Loynaz, tienen que ver con mi vocación de promotor y de reverenciar a figuras que son imprescindibles en el panorama literario cubano.

«Vuelve a cantar la cigarra… es un homenaje a Onelio Jorge Cardoso. Una selección en la que se descubre la influencia de su obra en los escritores cubanos. Aparecen autoras como Nersys o Ivette Vian, que incluso llegaron a conocerlo, al lado de otros más jóvenes como Yunier Riquenes o Eduard Encina. Por supuesto que me llevó muchas horas de trabajo porque tuve que leerme todo lo de Onelio, lo que se había escrito sobre él y lo de muchos autores, para encontrar influencias de El Cuentero en sus obras. También lo hice para obligarnos a nosotros mismos (autores) a leer los mejores libros de literatura infanto-juvenil de las décadas de los 60, 70 y 80 publicados en Cuba y que marcaron el camino que seguimos ahora.

«La dimensión de lo trascendente… lo concebí porque creo que Nersys merecía el libro y nadie se lo había hecho, así que ni corto ni perezoso me dispuse, junto a José Raúl. Eso incluyó horas de cotejos, de investigación, pero al final salió para promocionar la obra de una autora que respeto y amo, porque con su escritura me enseñó que nada de lo que yo pueda escribir va a superar lo que ella y otros hicieron en momentos tan difíciles como la década de los 70.

«Y por último, Retoños…, el libro más lindo del mundo (y ahora comienzan muchos autores a decir que soy un arrogante). Una selección que me pidió Luis Yuseff, amigo, poeta y editor de Ediciones La Luz, y que recoge la obra de 35 jóvenes escritores para niños de todo el país y de 19 jóvenes ilustradores. Todos nacidos después de 1970 y que pujan porque su obra se visualice, sea tenida en cuenta. Decía que era el más lindo y fue porque se unieron muchas buenas voluntades para que quedara así: a color, con buen papel y una tirada de 6 000 ejemplares. Debo agradecer a los autores, ilustradores; al diseñador, mi amigo Yordis Monteserín; a José Raúl que metió la mano en todo, a Nersys por la carta de presentación, a Yuseff y la editorial, a la AHS, el Instituto Cubano del Libro, el Poligráfico y todos los demás que propiciaron que el libro quedara hermoso. No te miento si te dijera que me complacen más esos proyectos que mis propios libros».

—¿Cómo poder colegiar la literatura y tus responsabilidades dentro de la AHS? ¿Qué le debes a esa organización? ¿Qué habría que exigirle todavía?

—La AHS es el lugar en el que me retroalimento. Un sitio lleno de jóvenes, mucho más jóvenes que yo, con locuras, deseos de hacer, pero también con distintas realidades que merecen ser reconocidas. En medio de todo eso me siento feliz y trato, desde mi trabajo de promotor del arte joven, de impulsarlos. Esos mismos bailarines, actores o músicos más tarde se convierten en mis personajes, no como creadores, sino como personas de carne y hueso que en esencia es lo que somos.

«¿Qué le debo? Mucho de lo que soy hoy como creador y como persona. En las máquinas de la Casa del Joven Creador (CJC) pasé mis primeros libros, después del Premio Calendario y la beca La Noche los lectores comenzaron a interesarse por mis libros. Cuando dejé mi anterior trabajo y me encerré en mi casa, la AHS me apoyó monetariamente durante un año con una beca de creación; y la organización me ofreció una plaza en la CJC.

«En esos años descubrí la importancia de tener un buen líder, con sensibilidad, al frente de las instituciones culturales. Por eso trato de hacer lo mismo con los jóvenes que se acercan a mí y tienen talento. Las instituciones no son nada si las personas que están ahí dentro, tomando determinaciones, son inadecuadas. Otra cosa para mí muy importante es que en el carácter que he ido forjando en estos años, en mi forma de ver la vida, ha influido la relación con otros artistas jóvenes, trabajadores de servicio y dirigentes de otras instituciones. Mi personalidad se ha moldeado dentro de las paredes de la CJC de Guantánamo.

«¿Qué nos falta? Mucho, muchísimo. Y cada día nos faltará más, teniendo en cuenta que cada generación de jóvenes es distinta a la otra, y no podemos seguir perdiendo terreno frente a la banalidad, el facilismo y la acefalia. Tenemos que ser brujos, inventar varitas mágicas, diseñar sombreros con conejos, todo lo que haga falta para subvertir (la palabra de orden en la AHS de Guantánamo de este año) los patrones seudoculturales en los jóvenes, y para eso tenemos/debemos estar más cerca de los que se hallan lejos de los círculos de artistas y no vienen a nuestras instituciones, estamos obligados a salir a las calles y traerlos».

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