Ninguna como Tula

El epistolario amoroso de Gertrudis Gómez de Avellaneda revela a la apasionada e indómita mujer, la nostálgica cubana y su hábil pluma de escritora

Autor:

Jaisy Izquierdo

Me acerqué a las cartas amorosas escritas por Gertrudis Gómez de Avellaneda con la curiosidad exacerbada. Cierta inquietud por conocer las brechas posibles que 200 años de distancia pudieran socavar, junto a la impaciencia que siempre provoca adentrarse en los enredos epistolares trazados por la pasión.

Solo que el epistolario de la Avellaneda dirigido al joven español Ignacio de Cepeda es singular: las primeras letras para el amado esbozan una sucinta autobiografía, una especie de actualización de toda su vida pasada, enfatizando a pesar de la agilidad de su pluma en su origen noble, su belleza y talento admirados en cada ciudad que pisaran sus pies, y los amores correspondidos o no que inflamaran su corazón. No es vanidad, acaso coquetería, pero con certeza la autora de Amor y orgullo quiso abrirle sus días como un libro abierto, y lo entregó con confianza y en una atmósfera de cálida intimidad a merced de aquel ser a quien amaba.

Entonces queda contenido por algunas páginas ese laberinto que supone toda correspondencia publicada, donde resta en este caso al lector desentrañar las letras ocultas de las cartas de Cepeda y las acciones que provocaron ya el reproche de la escritora, ya su más apasionada confesión.

No obstante, desde este preludio de su amor ferviente, en sus páginas autobiográficas, y luego a través de su recorrido epistolar, que cubre desde su estancia en Sevilla en 1839 hasta el año 1854, cuando se encuentra en Madrid y es ya una consagrada escritora, podemos encontrarnos sencillamente con Tula, tal cual se definía, con su espíritu fervoroso, su acertada pluma y su orgullo de mujer ingeniosa, que la llevaron a convertirse a la postre en la gran poetisa romántica hispanoamericana, y sobre todo cubana.

Recuerda con nostalgia su infancia en Cuba, en la ciudad de Puerto Príncipe, junto a la madre criolla y al padre español, que murió cuando ella tenía solo nueve años. Allí donde tuvo acceso, a pesar de su sexo, a una refinada educación no exenta de los últimos libros llegados de Europa, con las firmas de los grandes románticos como Chateaubriand, Víctor Hugo, Sir Walter Scott y, a su vez, la obra de su admirado compatriota José María Heredia.

A este último, a quien llamara «el cantor de la patria» y a quien también dedicaría luego sus versos A la muerte del célebre poeta cubano don José María Heredia, cita junto a una frase de Lord Byron para describir su partida de la Isla. El 9 de abril de 1836 se embarcó junto a su madre «para Burdeos en una fragata francesa, y sentidas y lloradas, abandonamos ingratas aquel país querido, que acaso no volveremos a ver jamás. ¡Perdone usted!; mis lágrimas manchan este papel; no puedo recordar sin emoción aquella noche memorable en que vi por última vez la tierra de Cuba», recuerda.

Y casi se siente el sentimiento lírico que motivó a la autora de Al partir a exclamar: «¡Perla del mar! ¡Estrella de occidente!/ ¡Hermosa Cuba! Tu brillante cielo/ la noche cubre con su opaco velo,/ como cubre el dolor mi triste frente»; los mismos versos que luego encabezarían su primer libro, Poesías, publicado en España en 1941.

Su preferencia por el estudio, y en especial las letras, se despierta en ella desde edades tempranas, en ese ambiente principeño en el que abundan las tertulias y las representaciones. Cuenta la misma Avellaneda que la lectura de novelas, poesías y comedias llegó a ser la pasión dominante entre sus juegos infantiles junto a sus amigas, y su «mayor placer era estar encerradas en el cuarto de los libros, leyendo nuestras novelas favoritas y llorando las desgracias de aquellos héroes imaginarios, a quienes tanto queríamos».

Solo que su talento no era en su época bienvenido a su femenina figura, y cuando dejó de ser un juego infantil y escribir fue tomando tintes de vocación, o lo que fue peor, de oficio, le trajo no pocos infortunios.

Apenas llegada a la Península encontró que los poemas que antes le celebraron los santiagueros a su paso fugaz por la ciudad oriental, no hallaron igual acogida en su enamorado gallego, para quien resultaba «un delito que hiciese versos». En tanto, las parientas de su padrastro la tildaban de «atea, y la prueba que daban era que leía obras de Rousseau». De igual manera la menospreciaban porque «no sabía planchar, ni cocinar, ni calcetar; porque no lavaba los cristales, ni hacía las camas, ni barría mi cuarto. Según ellas, yo necesitaba 20 criadas y me daba el tono de una princesa. Ridiculizaban también mi afición al estudio y me llamaban la Doctora», recuerda.

Acaso no imaginaría que las puertas del reconocimiento a sus capacidades le estarían cerradas incluso en el año 1853, tan solo por tocar a ellas con manos de mujer. Aunque en tal fecha ya gozaba de prestigio como narradora, periodista, dramaturga y poeta, y aun cuando fue nominada por el mismísimo José Zorrilla a la Real Academia Española, fue excluida de la misma por su sexo y su sillón fue ocupado por un hombre.

Atormentadas pasiones

De ninguna manera fue una mujer convencional, y como tal se revela en sus cartas a Cepeda, quien resultó ser tibio galán y escurridizo durante los 15 años que con altibajos cubriera su correspondencia. La misma se interrumpe definitivamente en 1854 al casarse él con María de Córdoba, a quien se deberá ya viuda la publicación de este epistolario amoroso.

A Cepeda confiesa la cubana que con apenas 12 años rompió un compromiso matrimonial que le costó su fortuna, y entre uno y otro pliego de papel se presenta ante él orgullosa de sí misma, ufana de lisonjas, exaltada hasta los celos, demasiado altiva para pedir ser amada, radical a la hora de exigir ser el único objeto de sus deseos, consciente según le escribe, de que no piensa como el común de las mujeres y que su modo de obrar y de sentir le pertenece exclusivamente.

«Yo quiero tu corazón, tu corazón sin compromisos de ninguna especie. Soy libre y lo eres tú; libres debemos ser ambos siempre, y el hombre que adquiere un derecho para humillar a una mujer, el hombre que abusa de su poder, arranca a la mujer esa preciosa libertad; porque no es ya libre quien reconoce un dueño», le dice y retumba con franqueza una voz feminista clara que contrasta con su entorno ortodoxo y tradicional.

Con los colores de la pasión se tiñen las páginas para que él sepa que «además de un poco loca soy loca por completo, acabo diciéndote que te amo y que te he mentido siempre que lo contrario haya dicho». En tanto el gris de la incertidumbre hace mella cuando con el temor de no ser correspondida desvaría: «¿Es amor esto? No, hay algo más, no es amor solamente. Es el infierno que se ha venido a mi corazón». La bandera blanca se extiende para asegurarle definitivamente que «no quiero ni tu amor ni tu amistad si no puedes darme uno u otra tan grande y tan noble como yo los necesito». Y ante lo que pudiera parecer un desagravio, le añade con rojo intenso: «Yo no escrupulizaré de amar».

No escapan de sus cartas los colores del cielo, puesto que tampoco faltaron a la vida de Gertrudis. En los asuntos celestes encontró refugio su alma atormentada: angustiada por la azarosa relación con el poeta García Tessara, vio morir a la hija de ambos a pocos meses de nacida sin que su padre deseara conocerla, y un año después, en 1846, enterraría a su esposo Sabater tres meses más tarde de su matrimonio, a causa de una afección pulmonar. Entonces no duda en retirarse por un tiempo en un convento.

Años antes le había definido a Cepeda su amor divino con igual vehemencia que le había expresado su amor terreno: «Yo no temo jamás el ridículo; es un traje que no le viene a mi talla; tengo orgullo en profesar las creencias en que fui educada y que he adoptado libre y meditadamente después de muchos años de examen profundo».

Al leer su Autobiografía y cartas de amor, mi curiosidad satisfecha acaso atisbó a la mujer indómita que en un mundo dominado por hombres supo ser leal a sí misma, a su manera de amar contra convencionalismos sociales, la misma que en su novela Sab propusiera que un esclavo tuviera el corazón tan libre como para atreverse a amar a su dueña. Encontré al alma enamorada de poetisa que no le permite al ímpetu de la pasión descuidar los atuendos de su lira, a aquella que en la lejanía de la patria paterna sabía «por experiencia que la atmósfera de un país extranjero encona más las llagas del corazón», y una y otra vez expresa el anhelo por cruzar nuevamente el Atlántico. Sueño suyo que viera cumplido en 1859, al regresar casada con el político español Domingo Verdugo y fuera coronada con afectos en La Habana como poetisa nacional.

La Peregrina aparece también en estas páginas con esas contradicciones que ha llevado a cuestas a lo largo de exactamente 200 años, cumplidos el pasado 23 de marzo. Dividida entre Cuba y España, entre pasiones carnales y misticismo religioso, beldad para muchos, demasiado varonil en su espíritu para otros. Para unos  modesta en sus dotes literarias, para otros la excelsa escritora romántica y hasta precursora del modernismo.

Tal vez estas palabras suyas dirigidas a Cepeda sirven por extensión a todos esos matices, para expresar la originalidad de su sello personal, de la cual siempre estuvo convencida: «Mis defectos tienen la talla de mis cualidades, y tal cual soy me he presentado a ti. ¿Me amaste tú como soy?... No lo sé; pero sí sé que, tal cual soy, no hallarás otra en el mundo. Serán peores o mejores, pero no serán como Tula».

Para leer a la Avellaneda

En el año de su bicentenario se han preparado diversos volúmenes para acercarnos a la obra de Gertrudis Gómez de Avellaneda. Tres novelas, de Letras Cubanas, nos aproxima a su obra narrativa al reunir a Sab, donde denuncia la discriminación de la mujer y del esclavo en el siglo XIX; Dos mujeres, en el cual critica los convencionalismos sociales, en especial el matrimonio, y El artista barquero, en el que revela visos autobiográficos. De su Camagüey natal se suma la Editorial Ácana, que reedita las apasionadas cartas que esta envió al estudiante de Leyes Ignacio de Cepeda, recogidas en Autobiografía y cartas de amor. A su vez, los acercamientos críticos a su obra llegarán preparados por la compilación de ensayos La Avellaneda en su bicentenario, a cargo de los intelectuales lugareños Luis Álvarez Álvarez y Olga García Yero. En cambio, el sello Unión demuestra, con cerca de 15 ensayos escritos después de la década de los 90, que la Avellaneda continúa hoy incentivando nuevas Lecturas, sin fronteras entre los críticos de todo el mundo.

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