Ética y política culta en los nuevos caminos del socialismo

La Uneac no solo ha logrado cohesionar al talento artístico y literario del país, sino que ha encauzado sus más nobles empeños hacia la inserción de la creación en el tejido vivo de un país en Revolución

Autor:

Armando Hart Dávalos

El esperado VIII Congreso de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba (Uneac) tiene lugar cuando han transcurrido 53 años desde aquel 22 de agosto de 1961, fecha en que fue fundada nuestra querida y respetada organización, en los días posteriores al memorable encuentro de Fidel con los intelectuales cubanos en la Biblioteca Nacional, momento en el que se estableció la piedra angular de la Política Cultural de la Revolución, bajo la certera dirección del Poeta Nacional, Nicolás Guillén, nuestro presidente fundador de la Uneac.

Con su enorme prestigio, extraordinaria altura literaria y fiel militancia política, ese ilustre intelectual constituyó el eslabón clave para el despegue y consolidación de la organización social de la vanguardia artística e intelectual de los creadores cubanos.

El surgimiento y desarrollo de la Uneac hasta este momento nos ayuda a comprender mucho mejor la esencia y singularidad de nuestro devenir histórico, porque en Cuba se produjo una vinculación muy estrecha entre el movimiento intelectual, artístico y literario y el movimiento social y político. Esta es una de las grandes enseñanzas, válida para los que crean arte, educación y cultura, y también para los que hacen política. Olvidar una de estas dos dimensiones, o ponerlas en antagonismo y no relacionarlas, nos hace daño a todos.

En una fecha como la de este VIII Congreso deseo también, porque es justo y necesario, hacer un loable reconocimiento a la entrega y consagración de los distintos equipos de dirección con los que ha contado la organización después de Nicolás hasta hoy, los cuales han jugado un papel de vanguardia a lo largo de todos estos años. Porque los resultados hablan por sí mismos: ahí están los éxitos de cada uno de los congresos anteriores, la efectiva materialización de sus acuerdos y, sobre todo, la conquista de un legítimo protagonismo de los miembros de la Uneac en la vida cultural del país sobre la base de una plena identificación con la Política de la Revolución.

Esos son logros que deben ser resaltados, porque hasta el presente —por difícil que hayan sido los tiempos— la Uneac ha sabido representar los intereses de los escritores y artistas del país, viabilizar esas inquietudes en correspondencia con un clima cultural inédito en nuestra historia anterior, promover el reconocimiento de los valores patrimoniales y tradicionales de nuestra cultura, y alentar las nuevas formas de expresión.

Asimismo, las celebraciones de cada una de las asambleas provinciales, que ya han tenido lugar en todo el país previo a este VIII Congreso, nos llenan de legítimo orgullo, por cuanto simbolizan la proyección social de una institución que no solo ha logrado cohesionar al talento artístico y literario del país, sino que ha encauzado sus más nobles empeños hacia la inserción de la creación en el tejido vivo de un país en Revolución.

Recordemos, como ya he expresado en trabajos anteriores, que los miembros de la Uneac se hallan a la vanguardia de un movimiento intelectual que se caracteriza por el compromiso con la defensa y el desarrollo de nuestra identidad cultural y con la promoción de valores éticos y estéticos consustanciales a nuestro proyecto revolucionario socialista. Por eso, si algo debo resaltar de estos años transcurridos desde aquel feliz nacimiento, es que la Uneac contribuyó decisivamente a revelar la profunda y radical identificación entre Fidel y la intelectualidad artística y literaria del país.

Recuerdo que en el II Congreso de la organización, efectuado en 1977, concluí mi intervención con aquel conocido pensamiento de Martí: «¡La justicia primero, y el arte después!»; y entonces agregué: «Ha triunfado la justicia, adelante el arte». Hoy, en medio de esta celebración y jubileo del VIII Congreso, debo reiterar que ha triunfado el arte, adelante la Cultura General Integral a que nos ha llamado Fidel, y cuya primera categoría es la justicia, porque como bien dice el eslogan principal de este VIII Congreso: «La cultura es lo primero que hay que salvar», tal y como ha dicho el líder histórico de la Revolución.

Al apoderarse de esta idea como su bandera, los escritores y artistas de Cuba le están brindando un servicio extraordinario no solo a nuestro pueblo, sino a toda la humanidad, porque este mundo globalizado también ha globalizado sus problemas. Por eso, no se trata ya de salvar a una comunidad aislada, sino a la humanidad toda; y las armas con las que tenemos que luchar para lograrlo son las de la cultura y la educación, frente al materialismo vulgar acompañado por el desorden jurídico, las diferencias de desarrollo económico, social y cultural, el racismo, el hegemonismo y la «fascinación» por el modelo consumista a ultranza que se impone en el lenguaje subliminal y empobrecedor de los medios de comunicación más poderosos.

La cultura no es accesoria a la vida del hombre, está comprometida con el destino de la humanidad y situada en el sistema nervioso central de las civilizaciones. En la cultura confluyen los elementos necesarios para la acción, el funcionamiento y la generación de la vida social, de forma cada vez más amplia. En la médula de la cultura encontramos no solo el factor humano, sino también una compleja trama de relaciones, creencias y valores. La cultura siempre ocupó un lugar destacado en los procesos productivos y en la economía. Una cultura así siempre será escudo y alma de la nación.

En la ética y en la política culta está la clave para encontrar los nuevos caminos hacia el socialismo. Esta es la enseñanza que nos brindan Martí y Fidel. Fue a partir de la universalidad del Maestro que me hice marxista, a mediados del siglo XX. En él y en Fidel hay una visión humanista de la política que se fundamenta en la defensa radical de la libertad y la dignidad humanas, y al mismo tiempo, en la búsqueda de fórmulas armoniosas que logren sumar al mayor número posible de personas a la consecución de los objetivos que se persiguen, porque hay que ser radicales y armoniosos a la vez; esa es la raíz de la política martiana y fidelista. He ahí donde veo la clave para hacer política en este siglo XXI y, desde luego, que es en esta magna cita de los artistas e intelectuales cubanos donde serán ratificadas estas ideas.

Saludo desde estas páginas el VIII Congreso de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba, porque ese será un espacio decisivo de reflexión y pensamiento para fortalecer la Política Cultural del país en el nuevo contexto histórico que tiene lugar en nuestra Patria. De seguro el Congreso impulsará y contribuirá al desarrollo de nuestra cultura nacional en el marco de las necesarias transformaciones socioeconómicas por las que pasa la sociedad cubana actual, las cuales deben ir acompañadas de una estrategia cultural coherente, que preserve definitivamente nuestras conquistas. Nuestros artistas y creadores salvarán la cultura, que significa, desde luego, salvar la Patria.

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