La muerte imposible de un hombre infinito

El pequeño pueblo de Aracataca, en Colombia, tuvo la suerte de poseer entre sus hijos a una de las figuras más emblemáticas de las letras hispanas y universales del siglo XX

Autor:

Lourdes M. Benítez Cereijo

Fue un golpe seco, duro, pausado… de esos que estrujan alguna esquina del alma. Tristeza. Un azote gris empozado en el centro de la vida misma, que abre «grietas de lágrimas en el corazón». La certeza de la partida sacudió por todos lados. Murió Gabo. Silencio.

Gabriel García Márquez tenía 87 años al fallecer este jueves, en Ciudad de México. Tuvo la suerte el pequeño pueblo de Aracataca, en Colombia, de poseer entre sus hijos a una de las figuras más emblemáticas de las letras hispanas y universales del siglo XX.

Cien años de soledad, El coronel no tiene quien le escriba, El otoño del patriarca, Crónica de una muerte anunciada y El amor en los tiempos del cólera son algunas de sus obras más reconocidas.

Gabo, premio Nobel de Literatura en 1982, gran amigo de Cuba y del líder histórico de la Revolución, Fidel Castro, fue escritor, periodista, editor, guionista, voz inmensa del realismo mágico y excelente cantante de vallenato —al decir de sus amigos.

Nunca podré decirle que fueron sus manos las que me abrieron las puertas de la literatura. Nunca podré agradecerle por haberme mostrado el camino que quería seguir. Tú nos diste a muchos, Gabo, una segunda oportunidad.

Alguna vez escribiste que «lo único que me duele de morir, es que no sea de amor». Que no haya, pues, dolor en tu muerte. Que el amor te escolte hasta ese sitio adonde van a vivir los hombres infinitos.

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