Una jaula entre hermanos

Esta edición no mostró esa película que lo dejara a uno sin aire, que se comenta de sala en sala o a la entrada de la próxima proyección. Sin embargo, hay dos que si no magistrales, van por ese camino: Paseando con Moliére y La batalla de Solferino

Autor:

Frank Padrón

Criterio usual entre francófonos y adictos al Festival de cine francés: esta edición no mostró esa película que lo dejara a uno sin aire, que se comenta de sala en sala o a la entrada de la próxima proyección. Es cierto: el nivel se siente menos en este, uno de los eventos cinematográficos favoritos del público, pero sería faltar a la verdad negar la existencia de títulos estimables.

Ese no es el caso, a propósito, del elegido para la premier: Como hermanos (2012) resultó una verdadera decepción, sobre todo porque siempre se espera para tal «arrancada» una obra con mayores quilates.

El realizador Hugo Gélin comete errores típicos de debutante; esta, su ópera prima en torno a tres hombres unidos por el amor de una amiga que muere de una enfermedad terminal, carece de la gracia y la fuerza esperable en cualquier road movie (filme de carretera); aunque algunas situaciones son ingeniosas. Sin bien cuenta con desempeños saludables (Pierre Niney fue nominado como actor revelación en los premios César; François-Xavier Demaison, Nicolas Duvachelle…) esta comedia agridulce peca de reiterativa, no se acaba cuando y donde debe, es larga por gusto y por tanto no llena las expectativas que prometió en sus minutos iniciales.

Todo lo contrario ocurre, afortunadamente, con La jaula dorada (2013), dirigida por Ruben Alves. Cinta sobre inmigrantes, el mundo de una familia portuguesa en Francia —como los padres del joven cineasta— nos sitúa ante el consabido desarraigo de quienes permanecen en la disyuntiva de lo que dejaron y lo que han construido, pero también es un discurso que, aun empleando las amables herramientas de la comedia, se antoja felizmente corrosivo en torno a oportunismos, gente utilitaria y falsamente compasiva; a colisiones culturales, generacionales y por encima de todo, muy humanas.

Sí, porque esta comedia —chispeante, dinámicamente narrada, fluida— trasciende las peculiaridades de la anécdota para adquirir un alcance universal; mérito indudable de Alves, quien para ello se auxilia de competentes profesionales, como el fotógrafo André Szankowski, el editor Nassin Gordjill, el músico Rodrigo Leao —una gloria de la cultura portuguesa—, y sobre todo, un equipo de excelentes actores, tanto los de Portugal (Rita Blanco, el célebre Joaquim de Almeida, Jacqueline Corado…) como los franceses (Roland Giraud, Chantal Lauby, Lannick Gautry…).

Hablaba al principio de ausencia de obras verdaderamente contundentes, sin embargo, hay dos que si no magistrales, van por ese camino, como Paseando con Moliére (2012), de Philippe Le Guay. Dos actores de diferente formación y gustos se ponen de acuerdo para montar una versión de El misántropo, del prestigioso dramaturgo galo: uno, decepcionado del mundo escénico y retirado en una isla; el otro, un exitoso histrión de series televisivas.

Los choques que van desde los personajes a asumir hasta los métodos de trabajo, ponen sobre el tapete tanto cosmovisiones y conceptos estéticos como rencillas, celos, desencuentros… y más de una vez los diálogos de la obra parecen aludir oblicuamente a la situación vivida por los colegas.

Este paseo por las líneas clásicas de Moliére desde la contemporaneidad, recordándonos, ante todo, que sus grandes conflictos siguen siendo los mismos, con apenas variaciones, no logra salir airoso ciento por ciento: personajes secundarios que no se integran bien a la línea principal del relato, dilaciones innecesarias y un giro final que —si bien consecuente con los rumbos de trama y protagonistas— no deja de antojarse algo efectista.

Pero, quién lo discute: Paseando… es cine del bueno, ese que, homenajeando el teatro, enaltece la escena en general y ese otro escenario más inclusivo, donde se alternan las pasiones humanas de todo tipo. Las actuaciones son otra virtud indudable, principalmente la de ese gigante de la escena francesa (Fabrice Luchini, nominado a los César por su desempeño aquí, y quien ya había estado cerca del   dramaturgo también cinematográficamente, además de haberlo abordado más de una vez en teatro, cuando participó en Moliére (2007).

El otro filme muy sugestivo es La batalla de Solferino (2013), otra primera obra esta vez de una fémina: Justine Triet. Mientras se decide el presidente del país, en mayo de 2012, en la céntrica calle que da título al filme, la reportera de TV Leticia se enfrenta a un dilema: cubrir el importante acontecimiento o tratar de mantener a sus dos hijas pequeñas alejadas del insistente ex marido, Vincent, recluido antes por violento, lo cual le restringe la visita a las chicas…

Admirable el modo en que, ayudada por un montajista sin dudas muy capaz (Damien Maestraggi), la realizadora logra insertar el caso individual entre el colectivo; las angustias del matrimonio y los cuidadores entre aquel mar de pueblo que se agrupó realmente la víspera de las elecciones que llevaron al poder al candidato socialista François Hollande.

Muy conseguido también el diseño de personajes en medio del griterío y la euforia popular, ambiente que no es mero telón de fondo, sino una manera de enfocar cuánto de problema individual, de pareja, puede esconderse entre una gran celebración cívica.

Tanto narrativa como conceptualmente, La batalla… resulta una victoria para un cine ajeno a las complacencias banales. Triet logra enfocar los puntos de vista de los personajes —cada cual con sus razones— sin juzgarlos apriorísticamente, como tampoco desea emitir juicios políticos sobre los partidos postulados, más bien persigue enfocar el trabajo de la joven protagonista como otro lado de sus conflictos.

El cambio brusco de registro en las escenas finales —aparentemente conciliatorias— no contradice el tempo mantenido hasta entonces; ese ritmo, esa fibra difíciles de seguir pero que en definitiva nos envuelve en tanto espectadores, exigiéndonos complicidad.

Los actores, quienes no gratuitamente prestan sus nombres a los personajes que interpretan, llevan buena parte de la responsabilidad, y salen muy airosos, no solo Vincent Macaigne, como el marido (justamente laureado en Mar del Plata), sino Laetitia Dosch y el resto del elenco; sobre todo, teniendo en cuenta que las escenas más encrespadas dramáticamente —como la del enfrentamiento final de la ex pareja junto al abogado de él— se aprecian fruto de una afortunada improvisación.

El Festival de cine francés, que incluyó el interior del país, concluye mañana 25 de mayo. Seguro estoy que todavía habrá tiempo para ver algún que otro título, que acarreará semejante (o aun mayor) entusiasmo.

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