Respetable teatro latino en Estados Unidos

Aprovechando la nutrida delegación cubana que participó en el reciente Congreso LASA,  el grupo Aguijón Theater tuvo la cortesía de ofrecer varias funciones en honor de los visitantes

Autor:

Frank Padrón

CHICAGO, Estados Unidos.— El número 2707 de Laramie Ave. aquí es un rincón donde muchos de los numerosos hispanohablantes que habitan o visitan esta inmensa y hermosa ciudad norteña encuentran una cita con su idioma y su cultura. Y si se trata de la local, o simplemente detenta sello universal, siempre está enfocada desde la perspectiva latina, porque ahí tiene su sede el grupo Aguijón Theater, cuya directora (la actriz Rosario Vargas, de Colombia) y la mayoría de sus actores y técnicos son latinos o tienen una relación familiar, afectiva, con estos.

Incluso, un coterráneo nuestro se desempeña activamente en este colectivo, el actor Sándor Menéndez, quien también lidera una versión de ese clásico que es La puta respetuosa (1946), del célebre dramaturgo y narrador francés Jean-Paul Sartre.

Los lectores de esta página y los amantes del teatro saben a qué me refiero, por cuanto hemos comentado puestas que sobre esa pieza han estrenado grupos como El Público, dirigido por Carlos Díaz, y más recientemente la de Argos Teatro guiada por Carlos Celdrán, titulada Fíchenla, si pueden.

Aprovechando la nutrida delegación cubana que participó en el reciente Congreso LASA, los de Aguijón Theater tuvieron la cortesía de ofrecer varias funciones en honor de los visitantes, aunque también asistieron otros espectadores de diversos países, sobre todo integrantes de comunidades latinas en Chicago.

De cualquier manera, Aguijón Theater —que además anda celebrando sus 25 años de trabajo— no limita sus horizontes, por ello generalmente coloca una pantalla donde aparecen supertítulos en inglés para cualquier norteamericano que se dé una vuelta por su pequeña y acogedora sala-teatro.

Bajo el título de La fulana respetuosa, al que agregan el lexema: «Concierto teatral», Menéndez viaja de nuevo a ese texto imprescindible de la escena internacional, donde al decir de Abel González Melo en el programa de mano, «dos grandes temas vuelven a ver la luz: la discriminación sexual y la corrupción política».

Chicago es una ciudad violenta, y aunque en el down town y en los repartos residenciales esto parezca solo una mala publicidad para la preciosa villa, los sitios periféricos registran actividades de ese tipo, y aunque uno vea mucho afrodescendiente trabajando en tiendas y establecimientos gastronómicos, sobre todo, no hay que dejarse engañar: el racismo late en no pocos sectores aquí.

Como si esto no fuera suficiente para que una pieza como esta encontrara perfecta adecuación a la ciudad de los vientos y lagos —amén de su perfecta universalidad—, el director y actor ha adaptado varios diálogos al contexto.

Un notable aprovechamiento del espacio escénico permite que los actores se muevan cómodos desarrollando sus cadenas de acción; Augusto Yanacopulos (también jefe de escena) ha logrado que la escenografía y las luces se adecuen a los requerimientos del relato e incidan favorablemente en su evolución; el vestuario, a cargo de Rosario Vargas, responde a la época: esos turbios años 40 que también lo fueron en la ciudad que ahora presenta el texto sartreano.

Quizá el recital de La Cantante (la actriz argentina Alba Guerra, de notables condiciones vocales e interpretativas) que introduce la obra, resulta un tanto alargado; y aunque los teatreros han colocado este prólogo como estrategia dramática —muchas veces el público no llega puntual— ello resiente un tanto el equilibrio general del espectáculo.

Sin embargo, la dignidad y la sobriedad son atributos que detenta sin discusión el mismo, como otros montajes que, si hemos de creer a respetables opinantes, han corrido semejante fortuna, tales como Las penas saben nadar, de Abelardo Estorino; Adentro, de González Melo, o los siempre desafiantes títulos lorquianos La casa de Bernarda Alba, Yerma y Bodas de sangre, entre otros muchos.

En ello desempeña un decisivo papel el trabajo actoral; fogueado en escenarios cubanos (formó parte durante toda una década del prestigioso Teatro Buendía, con el que incluso se reencontró en Chicago actuando en Pedro Páramo), Sándor Menéndez no solo dirige La fulana… sino que se ha reservado nada menos que el significativo rol de Fred (el cual conoce perfectamente por haberlo encarnado en la puesta de El Público): toda la bajeza y flaqueza disfrazada de poder que ostenta el personaje es proyectada por Sandor Menéndez con visceral energía.

A su lado, la colombiano-norteamericana Marcela Muñoz, como Lizzie MacKay, se mueve con gracia, donaire y sensibilidad; la fragilidad y la entereza que conviven en su peculiar «ramera» nos llegan a plenitud. El peruano Elio Leturia (Clarke) une a momentos convincentes otros de menor fuerza, algo que debe valorar para futuras puestas, lo cual vale también para Oliver Aldape (el policía). Ramón Smith, nacido en Chicago pero criado en Puerto Rico, saca de manera bastante airosa su acorralado Negro.

Aguijón Theater, que además mantiene excelentes vínculos con muchos colegas en la Isla, demuestra, entre otras cosas, la vitalidad y pujanza del talento latino en Estados Unidos. A la felicitación por su vigoroso cuarto de siglo en plenitud creativa, se une el deseo de nuevos y sostenidos éxitos.

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