Divertirme y divertir, aunque casi sea un suicidio artístico

El artista de la plástica Joel Jover dialoga con JR, entre otros temas, sobre su más reciente exposición, Retorno a la inocencia

Autor:

José Luis Estrada Betancourt

Con la sinceridad que distingue a los verdaderamente grandes, el artista de la plástica Joel Jover admite en público, para los lectores de Juventud Rebelde, que «ya estaba un poco cansado de hacer una pintura “inteligente”, para decirlo de algún modo». Y para quienes no lo entiendan se explica: «es ese tipo de arte que pulula entre nosotros, donde los artistas quieren demostrar, cada vez con mayor frecuencia, lo que han aprendido en la academia y, además, evidenciar a toda costa su enorme sapiencia».

De hecho, confiesa, hacía tiempo me sentía incómodo «con este alarde de conocimiento e ideas “complejas”». Tal vez por ello lo tomaron «desprevenido» los dibujos de su nieta Andrea, de cuatro años de edad. «Casi sin quererlo empezaron a robarme toda la atención. Enseguida me di cuenta del valor plástico y expresivo de estos dibujos, que nada tenían que ver con la típica casita, el caminito y el sol con ojitos y sonriente. Lo que ella dejaba plasmado en aquellas hojas que llenaba de formas y colores era otra cosa. Y esa otra cosa era lo que yo, por años, andaba buscando».

Joel Jover, uno de los dibujos de su nieta Andrea y su propuesta para Retorno a la inocencia.

El resultado de tamaño «encontronazo» fue la exposición Retorno a la inocencia, que todavía acoge el Museo Provincial Ignacio Agramonte, de Camagüey, y se inauguró con motivo del Día de los Niños, el pasado 19 de julio, porque, claro, la bella y siempre artística Andrea María Jover Zaldúa también es protagonista del notable acontecimiento.

Inspirados por su genialidad infantil nacieron «estos cuadros muy cromados, en los que se desprecia todo lo que tiene que ver con la técnica y en los que pude dar riendas sueltas a la imaginación, ayudado por sus magníficos dibujos que podría enmarcar en una especie de expresionismo ingenuo —esto lo digo para informar a quienes necesitan etiquetarlo todo», afirma Jover y sonríe con cierta ironía.

«En el plano más conceptual, la exposición se apoya en tres frases que guían al espectador para que comprenda mejor el sentido de la misma: la martiana: “espantado de todo me refugio en ti”, la de Antonio Machado: “de esta segunda inocencia que da en no creer en nada”, y la del existencialista alemán Friedrich Nietzsche: “…la madurez del hombre es haber vuelto a encontrar la seriedad con que jugaba cuando era niño…”».

—Entonces en Retorno... rompes con todo lo anterior...

—Evidentemente estoy algo cansado de la pintura que he hecho hasta ahora, y deseaba liberarme de las ataduras de un arte serio que ya me resulta aburrido y pedante. Tenía ganas de divertirme y divertir a la gente. Sé que esta nueva exposición es casi un suicidio artístico, porque es irme al extremo, es decir, transitar de una pintura casi monocromática, reflexiva y aleccionadora a este arte fresco, tan cercano al universo del niño. Por eso su título: Retorno a la inocencia, que reúne 16 obras (130 x 160 cm) a todo color, surgidas a partir de los dibujos de Andrea, que también se exponen junto con mis cuadros.

—¿Y qué sucederá en lo adelante con tu obra?

—Lo próximo será defender esta manera de hacer arte porque en ella he encontrado una tranquilidad de espíritu y una reconciliación conmigo mismo que me eran desconocidas, y que necesito llegado a los 60.

«Yo empecé haciendo un arte feo, al estilo del bad painting, porque quise ir contra el buen dibujo, contra las cosas bien hechas. Ahora, con mi edad, he querido acercarme más a la gente, tal vez porque uno ya contempla la vida no con tanta severidad como cuando es joven, y dices que en realidad no es tan mala, y te reconcilias con las personas, brindándoles obras que sean más agradables a la vista. Aunque a estas alturas no me he podido curar del hecho de que cuando concibo algo demasiado complaciente, me veo impulsado a introducir un elemento disociador, que de algún modo “afee” el cuadro, para que no me quede tan lindo, porque entonces se apodera de mí la incertidumbre de si lo he pintado yo, de si es auténtico. Cuando me percato de que pudo haberlo pintado cualquier otra persona, que no se parece a mí, entonces tengo que rehacerlo, ponerle mi sello...».

—De cualquier manera, imagino que no podrás apartarte de todo aquello que hasta ahora identificó tu creación…

—Quizá tengas razón. Tal vez sea difícil apartarse de esa manera en la que yo pintaba, que convertía el acto de la creación en un laboratorio. Reconozco que antes era casi imposible pintar si no había detrás una investigación, si al terminar un cuadro no enfrentaba al espectador ante muchos por qué.

«Supongo que todo eso era consecuencia de mi conexión con la literatura, de mis muchas lecturas. Desde que empecé me propuse realizar un tipo de pintura aleccionadora, que le hablara al individuo; deseaba introducir elementos que no fueran demasiado oscuros para que la gente me entendiera de alguna manera, pero eso, claro, tenía un problema: podía caer en cierto facilismo, en cierto populismo, a lo que yo le huía.

«Sin embargo, no pintaba un cuadro verde, le ponía una mancha roja en el centro y lo titulaba: Amanecer en París. No, no, yo trataba de darle pistas al espectador para que el crucigrama que es un cuadro lo completara hasta donde le fuera posible. Mas me enfrentaba al desafío de que la gente, tan preocupada por la vida cotidiana, se negara a contemplar un cuadro que le planteaba enigmas, problemas, preocupaciones, que incluso criticaba su accionar, lo zarandeaba un poco como individuo...».

—Aún se habla de tu pasada expo, Los viajes del simulador, con que se celebró el aniversario 500 de la Villa de Santa María del Puerto del Príncipe, y donde te estrenaste con el paisaje...

—Quería probarme en el paisaje urbano, a partir de pintar espacios de ciudades de países que había visitado como Italia, Bélgica, Francia, Rusia, España... Estaba convencido de que el paisaje por el paisaje no aportaría mucho, y que solo agregarle a un personaje que ha estado muy presente en mi obra como el simulador, lo podía transformar en mi paisaje, darle cierta distinción.

«Aunque no aparezco en los cuadros sí estaba en ellos mi representación. Cuando incluyo al simulador digo: yo también formo parte de la sociedad, de esas personas, porque no soy un santo. También tengo ese vicio, inherente a la condición humana, debido a que nos pasamos el tiempo actuando a partir del rol que se nos ha asignado: dirigente, maestro, vendedor, proxeneta..., y como tales debemos actuar, con lo cual, en ocasiones, nos transformamos en lo que la sociedad exige. Si vas contra esa norma te vuelves un rebelde, un conflictivo».

—¿Fue difícil «descubrir» esta «nueva» disciplina?

—Soy un artista que en estos más de 40 años de creación me la he pasado sentado en un pupitre de un aula de una escuela de arte, con el único problema de que el profesor no se ha presentado, de modo que he ido aprendiendo solo, por el camino. Hasta ese momento, el paisaje era una incógnita, mas no quería o no podía —eso está por definir—, enfrentarlo del mismo modo que el resto de mis colegas. Decidí quitarle el color, en mi opinión uno de sus principales problemas: ese colorismo exorbitante que lo vuelve tan bonito. Los hice al carbón, son dibujos prácticamente.

—¿Tienes algún problema con la belleza?

—¿Qué me ocurre con lo bonito, que no con la belleza? Cuando comencé a pintar en 1970, la pintura que señoreaba era, sobre todo, muy colorida, y por eso mis primeros cuadros fueron en blanco, negro y gris. Por esa misma razón me alejé también de lo bien hecho en el dibujo: tomé obras del Renacimiento y las «desguacé». En el fondo se trataba de una especie de rebeldía contra esos clichés que, en mi opinión, dañaban al arte. Es evidente que de alguna manera siempre he asociado lo serio, lo más reflexivo, lo que transmite un mensaje más complejo con aquello que se distancia de la belleza, con lo imperfecto, con lo no acabado, aunque, por supuesto, no tiene por qué ser exactamente así.

«Soy un fanático de Picasso y recuerdo algo suyo que leí: si en un cuadro una mano te queda perfecta, pero el resto nada tiene que ver con ella, debes borrar la mano. Fíjate cuál era su filosofía: en lugar de llevar el cuadro a la perfección de la mano, lo que hay que hacer es llevar la mano a la imperfección del cuadro. Es una idea muy interesante».

—Hace poco conocí una faceta creativa tuya poco divulgada: la de diseñador, pero en verdad has sido un artista muy inquieto.

—Bueno, ya sabes que en 1970 me gradué de instructor de arte y hasta 1994 trabajé como tal en todos los municipios de la provincia —en los últimos años impartí clases en la Escuela Elemental de Arte. Y esa inquietud de estar siempre buscando me llevó al ballet. Así fue como diseñé el vestuario y la escenografía de Fidelio, de José Antonio Chávez, para el Ballet de Camagüey. También he diseñado para el teatro, portadas de libros y de discos al estilo de Leyendas camagüeyanas, de Gerardo Alfonso... He entrado en la escultura, pero no me siento cómodo.

«Asimismo, escribí un guión para un corto a partir de Un día perfecto para el pez plátano, de J. D. Salinger, y hasta preparé el casting con los actores, mas cuando estaba a punto de filmarlo me llamé a capítulo, pues me veía haciendo el ridículo. No obstante, escribo cuentos y tengo dos libros de poemas publicados, y por mucho tiempo me dediqué a la crítica de arte en el periódico Adelante».

—Volviendo a la pintura, ¿en qué piensas a la hora de pintar: en el cuadro o en el espectador que lo valorará?

—Pienso más en la satisfacción que me proporciona pintar, intentar hallar la obra de arte, que no es la pintura. La gente confunde la obra de arte con el cuadro o la escultura terminados, pero va más allá de lo cotidiano que hace el artista, simplemente sale. El quid está en que el cuadro logre una especie de halo, que cuando sea observado emocione, te conmueva, te sacuda.

«Por otro lado, pienso también en la complacencia que me ofrece crear una serie distinta, buscar nuevos elementos y temas, más que en la relación que se pueda establecer entre un cuadro mío y los espectadores. Eso puede parecer una paradoja, pues obviamente si pinto y expongo es porque quiero llegar a él rápidamente, pero en mi caso necesito primero entablar un vínculo espiritual, afectivo, con la pieza. La reacción del público son otros 20 pesos. Para poder crear necesito estar en paz conmigo mismo. Eso es vital, lo otro viene solo».

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