La ciudad, su horizonte

La muestra más reciente de este artista de la plástica, Pinturas, se vistió de abstracciones que tomaron a la ciudad, como en muchas otras ocasiones, como el centro de sus investigaciones pictóricas

Autor:

Toni Piñera

José Omar Torres (Matanzas, 1953) es un creador figurativo, pero no representativo, y sus composiciones son como vistas en el horizonte, que resultan, a lo largo de todos estos años, la base de sus trabajos. Es lo que marca su brújula artística.

Su muestra más reciente: Pinturas, que hasta este martes estuvo colgada en las paredes de la remodelada galería Collage Habana, del Fondo Cubano de Bienes Culturales (Calle D, No. 10, e/ 1ra. y 3ra., Vedado) —para la clausura se puso a la venta en moneda nacional un conjunto de grabados del artista— se vistió de abstracciones que constituyen «simulaciones», apuntes líricos, ensoñaciones, metáforas, bocetos, transparentando, al final, la ciudad, que ha sido y es el centro de sus investigaciones pictóricas.

Poco a poco, su pincel se ha ido apoderando, con más vehemencia, de la ciudad (la casa común de todo el que la habita). Hombres y edificaciones la componen, pero él apuesta por las segundas, porque son creadas por los primeros. Es un espejo del interior humano. Por eso habla, entre formas y colores, de la memoria, a partir de un entramado que resulta al mismo tiempo constatación física de sus variadas reflexiones acerca de la vida, el arte y otras íntimas vinculaciones que entre ellos existen. Involucrando imágenes en una sutil escenografía se repite una ciudad con costas, y aunque pudiéramos pensar en un símbolo universal, estas son bien cubanas: pudiera ser La Habana, Matanzas… porque lo que las diferencia de otras por el mundo es el constante juego con el horizonte desde el mar, la luz…

El artista, graduado de la ENA (1973) y del ISA (1989), alcanza una armonía entre la figuración/abstracción, y los espacios que las contienen son como sueños plenos de formas perfectas y color, misteriosos «actores» dentro de límites donde plano y fondo, perspectiva y composición, se encuentran en constante tensión.

En un paisaje muy personal nos sumerge el pintor, grabador y dibujante, e involucra vista/sentido en una serie de tejidos pictóricos de ágil ritmo, en el que las manchas, signos, símbolos se entremezclan en una sutil «coreografía» que seduce y nos hace pensar/soñar desde las primeras miradas. Pues, un determinado universo ha quedado visualizado y fijado en estos fragmentos en que las formas arquitectónicas liberan una energía mística que multiplica la acción contemplativa: misterios en los trazos (hay un juego con el dibujo que es la textura) y la atmósfera, que se tensan sobre un fondo ingrávido, donde hay un espacio en el que se muestran imprecisos realidad-ficción, lo material y lo espiritual. Son arquitecturas visuales más que táctiles —semejan encajes, por momentos—, pues al creador le atrae la exploración, el desafío técnico. Y esa vocación le sirve para recrear la calidad y la riqueza que cada objeto tiene en su superficie.

La gama de tonalidades utilizada es variada, quizá más brillante que en las anteriores muestras. Las piezas del artista (acrílicos sobre tela) crean una tensión y contrastes entre los tonos claroscuros de las pinturas y las formas simples y directas de los dibujos. Esta tensión generada en el observador invita a descubrir y gozar de los profundos paisajes urbanos, el mar y otros secretos pictóricos que José Omar Torres genera para demostrarnos lo simple y lo complicado, lo efímero y lo eterno de las significaciones y representaciones humanas. No caben dudas de que en el color encuentra un elemento definidor de su pintura presente, configurando espacios, creando el clima preciso que envuelve sus creaciones.

En sus obras, en las que resplandece la ciudad, el artista establece marcas lineales que seccionan el espacio como si quisiera señalar la proporción áurea de los antiguos maestros. Esa evocación no es manierista y responde más bien a un criterio actual de segmentación y fragmentación. No se trata de un recurso superficial sino de una visión profunda. Y el sentido volumétrico de su dibujo le da una característica escultórica, como si invadiese la tridimensionalidad mediante relieves virtuales de intensidad espacial que no dejan de asociarlo con el espíritu inquieto y febril del barroco.

El espacio en la obra de Torres es rico en materia (está aquí su referencia como enorme grabador que es) no solo en la búsqueda de un volumen especial que salga de la cotidianidad de lo bidimensional, sino en el misterio de lo creado, y también en color, en matices y en una fragmentación que incide, a veces, en la irregularidad del plano. El color es sobrepuesto, complementario, gestual. Los planos son cerrados y múltiples, y en contadas ocasiones se abren y permanecen en su propia valoración. Entonces constituyen puntos focales, no importa donde estén ubicados. Sin embargo, el trazo de alguna línea roja o detalles de colores fuertes que nos alejan de los tiempos estáticos producen movilidad, apareciendo así el tiempo discontinuo que enriquece y subraya lo que él nos quiere decir en este diálogo silencioso con el arte.

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