Misterios del tinajón - Cultura

Misterios del tinajón

A 501 años de fundada la villa principeña, actual ciudad de Camagüey, JR revela secretos del antiquísimo arte de crear tinajones, poco conocidos por lugareños y cubanos

Autor:

Yahily Hernández Porto

CAMAGÜEY.— Una vasija distintiva, el tinajón camagüeyano, glorificó a esta ciudad legendaria. Su huella prendió como ninguna otra en la región, pues en 1900 la comarca llegó a albergar 16 483 ejemplares, con una población de tan solo 30 000 habitantes. Tales datos constan en el censo realizado en ese año por el departamento de Sanidad del Ejército interventor norteamericano.

La producción ceramista en este terruño no es casual. Su enraizamiento, sustentado por la existencia de materia prima de buena calidad y suelos arcillosos que rodeaban la gran sabana, revela misterios y secretos latentes en  Camagüey.

La investigación Tinajones de Puerto Príncipe, de los estudiosos Jorge Calvera Rosés y Omelio Caballero Agüero, publicada en el libro Visiones pretéritas. Encuentro arqueológico I, compilación del arqueólogo Iosvany Hernández Mora, muestra cómo la cultura alfarera se afianzó aquí desde los orígenes de la localidad.

Cuenta la historia que los dos ríos: Tínima y Hatibonico, limítrofes de la comarca en sus inicios, se reducían a arroyuelos durante las sequías, lo que llevó a guardar agua y pensar en su suministro a los 55 buscadores de oro que habitaron en el reducto fundacional.

Esta necesidad se unió al hecho de que entre el primer contingente de 66 colonos que arribaron a la zona —en el carabelón Osado y la carabela Ave María, en mayo de 1516— había un alfarero, quien estrenó probablemente la construcción de tinajones, tejas, ladrillos...

Del sur de España llegó la tradición, pues algunos estudios confirman que de Andalucía provenía el grupo inicial de colonizadores que, asentados en el norte camagüeyano, legaron las técnicas de fabricación.

El antecedente primario de los tinajones se ubica en las clásicas vasijas andaluzas, más pequeñas en tamaño, pero similares en forma. La tradición alfarera hispánica, unida a las autóctonas, dio origen a una indetenible actividad en la época colonial que, adaptada a las necesidades locales, trascendió como una tradición que se legitimó en el distintivo tinajón camagüeyano, como en ningún otro de sus parientes en toda la región.

En el siglo XVI, según información del investigador Jorge Juárez Cano en el tomo I de Apuntes de Camagüey, «la villa tenía un tejar de buena apariencia». Crónicas de la época describieron el auge de la construcción de viviendas de ladrillos y techos de tejas a partir de 1616.

Aunque estudios arqueológicos modernos lo refutan, Juárez patentizó el inicio de este arte en unos de sus textos.

Aseguró, además, que en 1751 en la urbe existía un apogeo en la fabricación de grandes tinajones, y el tejar de Cascorro los producía en grandes cantidades.

Algo de cierto había en sus afirmaciones, pues no pocas fuentes aseveran que desde Puerto Príncipe se envió cerámica, tejas y ladrillos para la reparación de las bóvedas del Castillo del Morro de Santiago de Cuba, afectado por el terremoto de 1766.

Vaivenes de la alfarería principeña

Una discusión constante ha sido para los investigadores agramontinos la antigüedad de estas vasijas lugareñas. Estudios recientes documentan cómo los tinajones en Camagüey no aparecen fechados en el siglo XVII, lo que significa que existieron entonces en muy pocas cantidades, según se asevera en la obra Visiones pretéritas.

Sin embargo, en la comarca de pastores y sombreros, como nombró a su tierra natal el poeta nacional Nicolás Guillén, el desarrollo de la producción tinajonera durante la primera mitad del siglo XIX no tiene comparación. Cerca de un centenar de alfareros y otros 20 tejares —representados en el Plano de la ciudad de 1899— permitieron el auge de la práctica artesanal.

En el año 1844 se inició una sequía grande que originó un alza en la fabricación de estas piezas de barro. La Guerra de los Diez Años interrumpió totalmente la industria alfarera de la región.

Como mismo se destaca el aumento sostenido de la producción durante los años 50 del siglo XIX, es significativa su vertiginosa decadencia 30 años después. Solo se fabricaron nueve ejemplares a partir de 1880, hasta que desapareció su producción total posteriormente.

En los años de la República neocolonial la reducción en Puerto Príncipe de los «grandulones», como también se les llama, fue notable. El surgimiento de nuevos repartos propició su traslado desde su núcleo más importante —actual centro agramontino— hacia las barriadas recientes y fincas del territorio. Las áreas del centro de la ciudad y La Caridad se beneficiaron con su presencia.

Curiosidades del «barrigón»

Destinado principalmente para almacenar agua potable, como ha sucedido hasta nuestros días, el tinajón no solo se fabricó en esta legendaria ciudad. El arte ceramista se introdujo también en Trinidad y Sancti Spíritus, regiones vecinas al Puerto Príncipe de entonces.

Como dato curioso resalta en el Diccionario geográfico, estadístico e histórico de la Isla de Cuba, de Jacobo de la Pezuela, impreso en Madrid, que entre los años 1863 y 1866 Camagüey no fue el único lugar donde se fabricaron tinajones, pues en Sancti Spíritus existían 33 tejares y 78 alfareros por aquel entonces, y en Santiago de Cuba pernoctaban 18 ceramistas, aunque no había ningún centro productivo similar al principeño.

Los capitalinos tampoco escaparon al atrayente y necesario arte de construir tinajones. En Visiones pretéritas consta que alfareros consagrados de Puerto Príncipe procedían de Calabazar.

Tinajones lugareños han llegado a sitios insospechados de la geografía cubana. Las marcas agramontinas de Pedro Areus, Carrasco, Vicente Morel, Tejar la Caridad JMM y José Tomás Rodríguez aparecen entre algunas de las piezas encontradas en el reparto Miramar, en La Habana, y hasta a Guane, Pinar del Río, ha llegado uno de ellos, aseveraron Calvera y Caballero en su investigación.

Fuera de la Isla, específicamente en América del Sur y el Caribe se han registrado también piezas muy semejantes.

En Perú, por ejemplo, se construyeron tinajas muy parecidas a la vasija de barro cubana, pero este pariente era más largo y fino. En el área sudamericana la industria vinatera chilena también favoreció la aparición de similares «barrigones». Incluso, en algunas residencias coloniales del país austral se hallaron estos depósitos en patios y jardines, también para almacenar agua de lluvia.

Desde el rojizo de su barro

En la decoración de estos objetos se han empleado disímiles técnicas, con el objetivo de concebirlos de manera singular.

Las incisiones e improntas —únicas modalidades empleadas por los fabricantes para el decorado del tinajón, ya que en en ellos jamás se usaron pintura, engobe o vitrificación— se hacían trabajando el barro con un punzón o cualquier otro objeto puntiagudo, hendiendo el barro antes de cocerlo, o utilizando la técnica del moldurado, que consistía en ejecutar adornos mediante la aplicación de moldes sobre la vasija sin cocinar.

Algo similar ocurrió con las inscripciones de las regordetas vasijas de barro. Casi siempre estas se concebían con la técnica de impresión, y muy raramente con la impronta. Ambas aparecieron tempranamente, junto al arte de crear los auténticos recipientes.

Entre los alfareros que más acentuaron su quehacer artístico-profesional brillan José Tomás Ramírez, Areus, Gabriel Morel o Morel, Rafael Medina o Medrano, JMM, José de la Luz Areus, Juan Hidalgo; todos con una labor intensa, durante el siglo XIX.

La evolución morfológica no fue cosa de juego, pues durante 150 años estos barrigones, estimados en gran parte del planeta, evolucionaron como cualquier elemento cultural.

Lo que nos llegó como una tradición que actualmente los camagüeyanos aún conservan con orgullo —en menor cuantía, pero con igual amor— posee un peso precioso en la vida lugareña, porque es muy difícil conservar la identidad cultural del centro histórico agramontino, declarado Monumento Nacional en 1980 y Patrimonio Cultural de la Humanidad en 2008, sin contar con la determinante fuerza que posee este antiquísimo arte en esta zona del paisaje cubano.

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