Para que siempre valga la pena

Dentro del Ballet Nacional de Cuba hay tantas espectaculares intérpretes del doble rol de Odette y Odile de El lago de los cisnes, como primeras bailarinas existen

Autor:

José Luis Estrada Betancourt

Por las más disímiles razones, hacía un tiempo que no conseguía apreciar durante un fin de semana las funciones programadas por el Ballet Nacional de Cuba, en la sala Avellaneda del Teatro Nacional. El gustazo me lo acabo de dar con la segunda ronda de El lago de los cisnes, que la principal compañía del país dirigida por la prima ballerina assoluta Alicia Alonso, ha dedicado al aniversario 120 del estreno de la versión de Marius Petipa y Lev Ivánov, y a los 135 años del natalicio de Piotr Ilich Chaikovski, autor de la partitura.

No obstante, a algunos les ha parecido imperdonable que no haya  asistido a las representaciones anteriores. Dicen los balletómanos que me perdí la oportunidad de comprobar una vez más que dentro de este colectivo danzario hay tantas espectaculares intérpretes del doble rol de Odette y Odile —y, al mismo tiempo, distintas por sus maneras peculiares de asumirlo— como primeras bailarinas existen. Y con placer les di la razón cuando esa gran artista que es Viengsay Valdés se adueñó de los ángeles y demonios que pueblan a estos complejos personajes.

Sin embargo, lo extraño sería que la Valdés no le entregara a su Odette todo el lirismo que exige el primer acto; que su Odile, atractivamente sensual, no convenciera desde el mismo instante en que la negra capa de Von Rothbart la deja al descubierto; lo extraño sería que no nos diera la impresión de que con sus equilibrios se detienen los relojes y de que sus fouettés responden a alguna fuerza sobrenatural, cuando los combina de modo admirable, y nos los regala limpios, rápidos, casi perfectos. Y después esos ojos suyos que hablan, que no se callan ni un segundo...

La verdad es que Víctor Estévez tiene tremendo corazón en el medio del pecho para poder enfrentar el desafío de ser el partner de una Viengsay idolatrada por su público. Pero este bailarín principal ha crecido de una forma notable. Su Príncipe Siegfried, sin perder un ápice de elegancia, es fuerte de espíritu y técnicamente. Impresiona la seguridad con que asume las variaciones, mientras permanece intacta su frescura.

Viendo el magnífico desempeño artístico y técnico de figuras tan jóvenes como Estévez es que uno siente en lo más profundo el orgullo por conocer que un país como el nuestro haya logrado fundar la última escuela de ballet reconocida como tal en el planeta. Y se le hace hasta un nudo en la garganta cuando comienza a vislumbrar la grandeza que escoltará por un largo período a bailarinas como Grettel Morejón y Estheysis Menéndez.

Lo que consiguió la Menéndez el sábado solo se les da a unos pocos elegidos: que la mayoría reconozca que El lago de los cisnes apareció en el mundo del ballet clásico para que sea protagonizado por bailarinas como ella. Es más que evidente que su cuello, su espalda, sus brazos, sus piernas, su hermosa figura, están para brindarle auténtica vida primero a la princesa embrujada y transformada en cisne, y luego a la más subyugante representación del mal.

Sin dudas, la del sábado resultó una función mágica, y no únicamente por aquella inolvidable «vaquita» de Estheysis que nos hizo pensar que traspasaría el escenario, sino porque es un papel que le pertenece, que ya lo tiene en el cuerpo y en la mente (me inclino, por supuesto, ante quien le tomó los ensayos). También porque le tocó bailar con un danseur noble como Dani Hernández, quien destaca por sus movimientos refinados, por ese modo de saltar como si fuera lo más común del mundo, de girar en el aire y caer de manera correcta y haciéndonos creer que sus pies apenas rozan el tabloncillo; por la confianza que le transmite a su pareja en escena.

Sí, el del sábado, y hasta el del domingo, fue un espectáculo pleno de maravillas, que emocionó de principio a fin. Gracias, además, a que fue imposible reconocer sobre las tablas a alguien del cuerpo de baile o solista que no estuviera dispuesto a obsequiarnos un espectáculo de altura. Muy distinto ocurrió el viernes, justo cuando le correspondía el debut a Alfredo Ibáñez como Príncipe Siegfried, acompañando a la magnífica y versátil Grettel Morejón.

Grettel Morejón y Alfredo Ibáñez en El lago de los cisnes. Foto: Nancy Reyes.

Faltaría a la verdad si no dijera que hacía rato que no se aplaudía tanto el pas de trois del I acto, como sucedió en las dos últimas jornadas con estos asumidos con brillantez técnica por Ely Regina, Grabiela Mesa y Alejandro Silva, y por la primera junto a Dayesi Torriente y Luis Valle (impresionantes cada uno sin excepción); si no afirmara que Serafín Sánchez, Julio Blanes y Maykel Hernández son ideales para el Bufón, pero ya uno comienza a preocuparse cuando —como pasó la noche del viernes— hasta la danza de los cuatro cisnes se danzó sin penas ni glorias, a pesar de la garantía de calidad que significa que esa responsabilidad recaiga en las poderosas piernas de Amanda Fuentes, Mercedes Piedra, Massiel Alonso y Adarys Linares.

Cierto que una mala noche la puede tener cualquiera, pero hay que evitar que haya muchas más como la de marras en la que fuimos testigos de todo lo que no debíamos: bailarines hablando y riendo sobre las tablas, y entrando y saliendo de escena como si hubieran dejado sus respectivos personajes en casa; falta de homogeneidad en un cuerpo de baile que siempre ha sido elogiado por su uniformidad y limpieza de movimientos (esta vez hasta le fueron arriba a los «árboles» de la escenografía), instrumentos que sonaban desafinados; personas asomadas por las patas para apreciar el desempeño de los protagonistas, o dejándose ver atravesando justo por el lugar donde los telones (se debería revisar su estado) no quedaron bien ubicados o a medio camino... Sí, casi un desastre, que no lo fue completamente por la entrega de Grettel Morejón y los deseos de demostrar su valía de Alfredo Ibáñez.

Hay que reconocer que ambos enfrentaron con mucho más que corrección tan difíciles roles. Sobre todo Grettel, siempre tan musical, dotando a sus movimientos de la suavidad que distingue a las aves, y otorgándole a su Odette naturalidad y belleza, mientras le concedió a su Odile sinuosa malicia y poderosa fuerza interior. Ibáñez, por su parte, se transformó en un partenaire, romántico, de esos que tratan a sus compañeras con amoroso cuidado.

Exactamente por esas mismas razones merecían mayor complicidad a su alrededor, que no escaseara por momentos, en su Lago de los cisnes, el profesionalismo; porque se pierde la magia, el encanto, y entonces ya no vale la pena.

Comparte esta noticia



Enviar por E-mail

  • Los comentarios deben basarse en el respeto a los criterios.
  • No se admitirán ofensas, frases vulgares, ni palabras obscenas.
  • Nos reservamos el derecho de no publicar los que incumplan con las normas de este sitio.