Esquina limpia, sombría y nuestra

La otra esquina ha demostrado la posibilidad de construir imágenes conectadas con nuestra cotidianidad. Estamos frente a un pasatiempo redactado con suficiente energía dramatúrgica, como para inventariar, desde el punto de vista sociológico y psicológico, temas habaneros en la segunda década del siglo XXI

Autor:

Joel del Río

El dramatizado cubano de horario estelar no puede consagrarse solo al entretenimiento y la evasión, aunque los incluya, y La otra esquina ha demostrado la posibilidad de construir imágenes conectadas con nuestra cotidianidad. Porque estamos frente a un pasatiempo redactado con dignidad profesional y suficiente energía dramatúrgica, narrativa, como para inventariar, desde el punto de vista sociológico y psicológico, algunos de los temas prominentemente habaneros en la segunda década del siglo XXI: población envejecida, negocios privados, misiones internacionalistas, alcoholismo, alquileres, reconfiguraciones de la migración y sus consecuencias, problemas de vivienda, violencia doméstica, diferencias de estatus económico…

A pesar de la extrema fragmentación proveniente de la frecuencia de tres veces a la semana, y la discontinuidad emotiva que originan los cortísimos capítulos de media hora, la teleserie consiguió asumir la tradición realista de tantas teleseries cubanas clásicas, y desde su mismo título, el guión de Yamila Suárez y la dirección de Ernesto Fiallo se apropiaron de ese regusto por el testimonio verificable y auténtico que también transmite el collage de imágenes de la presentación y la despedida, o el sonido muy actual y las letras entre poéticas y noticiosas, de las oportunas canciones concebidas por Raúl Paz a manera de complemento y apoyatura.

Y con todo y la plausibilidad de este retrato, el espectador en busca de algo más que entretenimiento desconectante se queda sabiendo lamentablemente poco sobre la delicada conjunción entre lo personal y lo colectivo que pudo aparecer en contextos como el bufete y la universidad, las diversas empresas, el taller de mecánica, el policlínico, el hospital, el laboratorio, y otros lugares donde los personajes crecen, o decrecen, humanamente hablando, y se realizan, o no, profesionalmente. Es como si algunos de ellos vivieran, a la manera de ciertos filmes de Hollywood o Bollywood, flotando en un limbo de emociones y conflictos personales intocados por la vida socialmente útil.

A pesar de tales insuficiencias, poco a poco la trama y los personajes fueron ganando en intensidad, dentro de una progresión dramática que en un principio resultó bastante lenta, pues se recreó más de lo necesario en la etapa de presentación de los personajes, divididos estos en cinco núcleos familiares y, al parecer, concentrados en un barrio cuya personalidad y vigor también muchas veces se diluyó en lo impersonal. Porque a pesar del perceptible intento de la fotografía (Ana María González Díaz) y por supuesto del guión, por incluir las palpitaciones reales de la vecindad, este empeño resultó a veces entorpecido por la insistencia en interiores poco auténticos, rígidos, y además infortunadamente ambientados e iluminados. Y todo ello lastima la mirada documental, objetiva, que en muy pocos capítulos consiguió integrar en un todo único, complejo y conflictivo, al barrio, la calle, el centro de trabajo y los espacios sociales, en natural alternancia con la sala, el cuarto, el espacio privado.

Aunque faltó en varios capítulos esa credibilidad a la hora de apropiarse y transfigurar la realidad, y convertirla en una imagen plausible de lo que somos, la naturalidad del trabajo actoral muchas veces consiguió llenar los vacíos. El amplio elenco se conformó a partir de nombres consagrados en todos los medios que confirmaron su valía, otros de evidentes y remarcados manierismos teatrales o radiales, y un tercer grupo de apariciones breves, sorprendentes y refrescantes, de algunas personalidades de la cultura, no-actores, que aportaron chistes intertextuales de agradable resonancia.

Y hablando de la labor histriónica, nunca había visto tan desorientados, e incluso fuera de situación, a varios intérpretes de talento demostradísimo. Aunque a fuerza de inteligencia y sensibilidad Blanca Rosa Blanco, Fernando Hechevarría y Amarilys Núñez consiguieron atrapar los rebordes externos de sus personajes, en varias escenas parecían desconcentrados y ausentes, como si les incomodara representar a Silvia, Miki y Julia. Mientras que Alexis Díaz de Villegas, Cristina Obín y Julio César Ramírez fallaron por defecto, o por exceso, en la proyección y claridad de sus diálogos, y se les vio imposibilitados de trascender el estereotipo.

Fue una suerte que esta vez fueran llamados Ulyk Anello y Miriam Socarrás, quienes dotaron a sus respectivos personajes de gestos y maneras de hablar dirigidos a redondear la credibilidad de la ficción, al igual que Paula Alí y Enrique Molina, quienes hacen en apariencia, solo en apariencia, siempre lo mismo, pero alcanzan el milagro de la absoluta comunicación con tanta pericia y dominio escénico que todo el tiempo convencen. Tamara Castellanos y Diana Rosa Suárez han coronado sus respectivas carreras con un verismo y entrega que las enaltece. Pero el premio a la gracia bajo presión se lo llevan, sin dudas, Yerlín Pérez y Dainelys Fuentes, quienes devinieron dueñas y señoras de cada una de las escenas en que participaron, con un despliegue de sinceridad a toda prueba, y compromiso emotivo, mediante esos recursos mínimos y eternamente válidos que solo manejan las grandes actrices.

Hubo otros desajustes o estridencias, pero por lo regular, el decoro profesional y el dominio del medio se impusieron, habida cuenta de que la selección de los actores, y la capacidad de los  mismos para confundirse en sus personajes, debe ser uno de los factores decisivos para alcanzar coherencia y credibilidad en una teleserie de cualquier género o intención. Y así, La otra esquina subsanaba ciertos errores sembrados por su predecesora Playa Leonora, cuyos desaciertos histriónicos, desde la errática selección de muchos intérpretes hasta la memorización deficiente de los diálogos, hacían temer seriamente por el futuro de la dirección de actores en la televisión.

Tal vez el lector se extrañe de la importancia que le confiero, a estas alturas de 2015, al descubrimiento televisual de cubanos y cubanas con vida propia, y dinámicas del lenguaje audiovisual empleadas desde los años 60 por grandes filmes del Icaic, pero en la época de las transmisiones por cable, globales y satelitales, y con una televisión apartada del comercialismo y consagrada al servicio público, sigue resultando estimulante cuando uno encuentra un producto nacional que reconoce al mínimo las posibilidades visuales del medio, y consigue relacionar los rostros y la construcción de los personajes con una geografía social determinada.

Por suerte, el director y la guionista, y sus numerosos colaboradores, tuvieron muy en cuenta la fuerza y presencia de un factor artesanal, se adecuaron a la historia y tradiciones de nuestra mejor televisión, para conjeturar sobre diversas y personales visiones de la vida, en sintonía con una cierta poesía de suburbio afianzada a través de muy concretos detalles. La teleserie que nos ocupa supo representar una esquina de ayer y hoy, con el latón desbordado y las aceras rotas, y otra esquina, la de mañana, donde crece un hermoso árbol, hay una verja pintada, un banco para sentarse, los niños juegan y cantan canciones adecuadas para su edad, y venden pizzas a cinco pesos con excelente queso y muchísima salsa de tomate. Que soñar no cuesta nada, pero transformar las esquinas del dramatizado televisivo suele tener un costo muy elevado.

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