Las películas de Humberto

El productor de más de 30 largometrajes criollos, quien recibirá el próximo martes 24 de marzo el Premio Nacional de Cine 2015, dialoga acerca de su fructífera carrera

Autor:

Jaisy Izquierdo

Medio siglo de cine cubano ha pasado sobre las espaldas de Humberto Hernández Rodríguez, el productor de más de 30 largometrajes criollos, muchos de ellos hitos de nuestra cinematografía nacional.

A su incansable pasión por preparar locaciones y desenredar los complejos retos de construir una película debemos la fastuosa Cecilia, de Humberto Solás, que nos traslada al siglo XVIII habanero descrito por Villaverde en su novela; La bella del Alhambra, de Enrique Pineda Barnet, que reproduce el interior del popular teatro en el pinareño Milanés; o la terminal de ómnibus de la popular Lista de espera, de Juan Carlos Tabío. Su larga nómina incluye además clásicos como Páginas del diario de José Martí, de Pepe Massip; Hasta cierto punto, de Titón; o Aventuras de Juan Quin Quin, de Julio García Espinosa, considerada la más taquillera del cine nacional.

Humberto me recibió de pie, en la sala de su casa, a pocos días de recibir la noticia de que se le había otorgado el Premio Nacional de Cine 2015, un lauro que ha ensalzado a grandes cineastas y actores nuestros, y que en esta edición, por vez primera, reconoce el silencioso pero imprescindible empeño del productor.

Cuando le pregunto si algún día de sus 82 años imaginó recibir semejante distinción, la asombrada humildad que respiran sus ojos me confirma su negativa:

«Voy a tocar un lugar común al decirte que no me lo esperaba. Pero es la verdad: nunca había pensado en ello. Me doy cuenta de que soy el primer productor que recibe semejante reconocimiento y también que hay otros colegas que igual lo merecen porque han hecho una labor tremenda en el cine cubano. Creo que, sin darme cuenta, he trabajado mucho.

«Permíteme un pequeño alarde, pero ayer recibí unas 60 llamadas, me caí para atrás, como se dice, y aún me duele el golpe. Me percaté de que mucha gente me quería, increíble, me siento de verdad emocionado con este premio porque veo que son muchos años de trabajo reconocidos. Estoy contentísimo».

—¿En estos 50 años dedicados al cine cubano cuáles han sido las películas que más han significado para usted?

—Aquellas que requirieron de mí mayores esfuerzos. En primer lugar te menciono Nosotros, la música, que es un hito. Fue mi primera película solo; antes había trabajado como productor asistente en las cintas En días como estos, de Jorge Fraga, y La decisión, dirigida por José Massip. Lo que me gusta de Nosotros… es que se ha convertido en una leyenda y mantiene su vigencia, uno se siente contento de haber hecho una película que crezca con los años.

«Voy a saltar en el tiempo porque han sido muchas, pero no puedo dejar de mencionar Aventuras de Juan Quin Quin, del realizador Julio García Espinosa, adorable persona y un profesional extraordinario; un filme que si hoy lo ponen los “fiñes” lo ven.

«Hay una película que no tuvo ese contacto con el gran público que logró Juan Quin Quin, pero que resultó políticamente y desde el punto de vista de recursos, trascendental para mí. Fue Mella, de Enriquito Pineda Barnet. El despliegue que hubo que hacer para realizar Mella no tuvo nombre. Y qué hablar de Cecilia, de Humberto Solás, esa fue un monstruo».

—Y levantó una gran polémica precisamente por los recursos destinados para su producción...

—La polémica llegó después, primero vino el trabajo, el esfuerzo para lograr la calidad que luce esta obra. Al final, el tiempo la vindicó, fíjate que en la actualidad Cecilia se mira con otros ojos, los de aquel momento fueron unos ojos muy especiales que no la vieron para bien. Pero independientemente de que no sea la creación de Humberto (Solás) que más conectara con el público, Cecilia resulta una película con unos valores extraordinarios y que nos costó unos recursos descomunales.

«No se me olvida nunca que Julio (García Espinosa) dijo en relación con Cecilia que esta demostró que podíamos hacer una película de esa magnitud día a día, teníamos la capacidad para enfrentarnos a ello.

«Ahí hay secuencias que son de archivo; es un crimen que muchas de ellas no se hayan salvado, como es el caso del ingenio azucarero, que molía caña y todo, el cual concebimos en solo un día. Aquello fue tremendo, y yo lo miro a la altura de los años y me digo: Caballeros, cómo pudimos hacerlo».

—Increíble la magia del cine, capaz de crear todo un ingenio que nunca existió...

—Sí que existió: ¡lo hicimos nosotros! De Humberto también tengo que incluir Un hombre de éxito, una cinta sin grandes alardes de recursos pero que contó con todo lo que hacía falta. Y voy a mencionarte una que me llega de cerca: La bella... Enrique es mi hermano, tenemos una amistad de más de 50 años, y debo decir que La bella... nos exigió un gran esfuerzo, pero sobre todo que nos uniéramos como equipo.

—¿Y es verdad que fue hecha con pocos recursos?

—Para el nivel que requería, sí. Te pongo un ejemplo. Para recrear el teatro del Alhambra tuvimos que buscar no solo telones, también teloncillos y cortinas, todo a la usanza de la época. Si tú ves al director, al fotógrafo, al escenógrafo y al productor cargando esas telas enormes en lo que era el almacén de la ópera. Así se hizo. Al mismo tiempo fue una película muy especial porque ensayábamos en la prefilmación y teníamos que filmar los números musicales inmediatamente al terminar los ensayos, para que todo quedara perfecto. Eso nos daba un pie forzado, pero tampoco fue un «corre corre», después de un largo día de trabajo podías ver a Beti (Beatriz Valdés) en el hotel todavía preparándose para la próxima jornada.

«Y para cerrar el ciclo tengo que hacer referencia a Me dicen Cuba, el último trabajo en que participé, un documental de Pablo Massip que tuvo la peculiaridad de realizarse con tecnología digital. Estas son los trabajos que me han marcado más. Pero a todas mis películas las quiero por igual, de todas guardo un recuerdo especial, una imagen cariñosa, y uno se da cuenta de que esa enorme obra ha sido posible, sobre todo, gracias al trabajo de equipo».

—Usted que ha sido testigo activo en la historia del cine cubano: trabajó en las primeras producciones del Icaic y luego participó en varias coproducciones. ¿Cómo ve las producciones independientes asumidas por los jóvenes en los últimos tiempos?

—Son nuevas etapas con nuevos recursos que permiten que, con un poco de habilidad, se pueda editar hasta en la casa. Hoy se filma con una camarita así… Eso posibilita que más gente haga cine, y es algo muy bueno. En ocasiones también causa que se trabaje descuidadamente. Pero al final yo pienso que lo importante es la oportunidad de que más personas realicen sus películas y mientras más se sumen, mejor cine vamos a hacer. Yo no le tengo miedo a eso, mi época de grandes recursos pasó y tiene que entrar otra generación dispuesta a trabajar según las condiciones diversas que estamos viviendo.

«Una de las facetas más duras a la hora de hacer un filme es buscar el financiamiento. Poco a poco se va haciendo más cine porque aparecen nuevas brechas para   acceder a fondos que te ayudan a terminar la película. Si por alguna casualidad se suaviza un poco el bloqueo férreo que tenemos podríamos hacer más películas. Pero lo esencial es que, a pesar de las difíciles circunstancias, al final, se han estado haciendo muy buenas películas. Ahí tenemos la de Ernesto Daranas, Conducta, muy reciente, con un montón de premios».

—Como el maestro que es, ¿qué le aconsejaría a esa nueva generación?

—Yo di clases durante muchos años en la Escuela Internacional de Cine y Televisión de San Antonio de los Baños (EICTV) y también en la Facultad de los Medios de Comunicación Audiovisual (Famca) del Instituto Superior de Arte (ISA). Cuando veo una película de un alumno mío me emociono como si la hubiera hecho yo. A ellos les pediría honestidad, persistencia, amor al trabajo y dar el máximo en cada proyecto que enfrenten. ¡Y sobre todo cultura! Un requisito indispensable que no se refiere al saber fatuo de estar siempre con la frase snob o rebuscada, sino a esa cultura en letras mayúsculas que debemos elevar.En la foto superior, fotograma de Aventuras de Juan Quin Quin.

Con firma autorizada

En días como estos (Jorge Fraga, 1963, asistente)

La decisión (José Massip, 1963, asistente)

Nosotros, la música (Rogelio París, 1964)

Desarraigo (Fausto Canel, 1964)

Aventuras de Juan Quin Quin (Julio García Espinosa, 1966)

Páginas del diario de José Martí (José Massip, 1971)

Un día de noviembre (Humberto Solás, 1972)

Mella (Enrique Pineda Barnet, 1975)

La tierra y el cielo (Manuel Octavio Gómez, 1977)

Aquella larga noche (Enrique Pineda Barnet, 1979)

Cecilia (Humberto Solás, 1981)

Hasta cierto punto (Tomás Gutiérrez Alea, 1983)

Los refugiados de la Cueva del Muerto (Santiago Álvarez, 1983)

En tres y dos (Rolando Díaz, 1985)

Un hombre de éxito (Humberto Solás, 1986)

Hoy como ayer (Constante Rapi Diego y Sergio Véjar, 1987)

La bella del Alhambra (Enrique Pineda Barnet, 1989)

La vida en rosa (Rolando Díaz, 1989)

Alicia en el pueblo de Maravillas (Daniel Díaz Torres, 1990)

Mascaró, el cazador americano (Constante Rapi Diego, 1991)

Lista de espera (Juan Carlos Tabío, 2000)

Roble de olor (Rigoberto López, 2003)

El viajero inmóvil (Tomás Piard, 2008)

Sumbe (Eduardo Moya, 2011)

Irremediablemente juntos (Jorge Luis Sánchez, 2012)

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