Eduardo Galeano: Escribo para conversar con otros

El escritor y periodista uruguayo Eduardo Galeano falleció este lunes a los 74 años de edad

Autor:

José Luis Estrada Betancourt

Estuvo en Cuba en el 2012, cuando vino para presentar Espejos. Una historia casi universal, en su Casa de las Américas (el miércoles 22, a las 3:00 p.m., tendrá lugar allí el homenaje que le tributará América Latina y el Caribe), pero entonces no imaginamos que lo veíamos por última vez, ni que inconscientemente se despedía de un pueblo que lo admira de veras. Pero así es la muerte: no perdona ni a quienes con su obra se han ganado un lugar en la eternidad. Y pasó: en tres brevísimos años se llevó al inmenso escritor Eduardo Galeano, uno de los orgullos del continente.

Cierto, vivió rehuyéndole a Los miedos, porque... El miedo amenaza./ Si usted ama, tendrá sida./ Si fuma, tendrá cancer./ Si respira, tendrá contaminación./ Si bebe, tendrá accidentes./ Si come, tendrá colesterol./ Si habla, tendrá desempleo./ Si camina, tendrá violencia./ Si piensa, tendrá angustia./ Si duda, tendrá locura./ Si siente, tendrá soledad... Valiente quien primero fuera librero, dibujante, pintor, cajero de banco; y después el autor de textos imprescindibles como Las venas abiertas de América Latina, Memorias del fuego, El libro de los abrazos..., pero un cáncer de pulmón castigó su natural rebeldía y lo obligó a dejar de respirar a los 74 años.

Vivió intensamente este uruguayo universal que se convirtió en paradigma para la intelectualidad del mundo, y no solo por sus notables textos, muchos de ellos auténticas radiografías de nuestros pueblos de América, sino también por su coherente comportamiento como ser humano. «No tengo nada que ver con una estatua. Por suerte no me confundí nunca con el bronce, ni con el mármol y esas solemnidades, porque me parecen, además, muy vanas», dijo aquella vez a sus jóvenes colegas de la Isla cuando se reunieron en el Centro de Formación Literaria Onelio J. Cardoso para intercambiar con él.

«No, yo escribo para comunicarme, para conversar con otros. Y lo que más recibo son palabras que las entrego, escritas o dichas a mi modo, y así se van enhebrando redes de comunicación, de amor y de amistad, que me devuelven siempre la certeza de que a la globalización del dinero que manda en el mundo de hoy se le puede oponer un internacionalismo al viejo estilo.

«La literatura me ha dado la inmensa alegría de reconocerme en otros y percibir que hay otros que se reconocen en lo que escribo. Nunca me separo como persona de las palabras que escribo. Y no me creo los cuentos de la fama. Pero el hecho de ser más conocido sí implica una responsabilidad mayor», aseguraba Galeano, quien poseía el don de lograr que sus lectores se identificaran con lo que escribía.

Quizá porque sus libros nacían de experiencias que lo marcaban profundamente, como cuando viajó a Guatemala en el tiempo que se convirtió en el laboratorio de las guerras sucias. «Había ido justo en ese período, al principio con la idea de hacer un artículo o algo así, pero pasaban las semanas y los meses... Explotaban bombas y tiros todo el tiempo, y los grupos estos puestos por los militares a servicio ya se sabe de quién —luego Clinton pidió perdón pero no resucitó ni un solo de los 200 000 muertos de Guatemala—, marcaban con cruces de alquitrán las puertas de los condenados, de aquellos que no verían el amanecer. Y yo sobrevivía, lo cual me parecía milagroso... De modo que decidí escribir un libro», contaba quien se empeñó en «recuperar la realidad como una unidad indivisible».

Y es que, argumentaba, «estamos sometidos a un sistema de poder fundado en una cultura del desvínculo, especializada en divorciarlo todo, en separarlo todo; en separar el pasado del presente, el alma del cuerpo; en separar el corazón de la razón, o sea, al mundo de las emociones del mundo del pensamiento, de las ideas. Todo lo que toca lo rompe el sistema de poder. Lo rompe, lo separa. A mí lo que me gusta es recuperar la unidad perdida. O al menos, ayudar un poquito a recuperarla.

«Nunca me creí ese cuento de que la política era un asunto exclusivo de los partidos, de los sindicatos, de lo que se supone es la vida política de un país. Para mí la política impregna todo, porque dentro de cada uno, dentro de cada persona, se libra una guerra a veces secreta entre la libertad y el miedo, que tiene que ver con nuestras opciones personales, con nuestro modo de vivir o de desvivir, y eso también es política, porque se proyecta en el plano colectivo. ¿Qué es la política, sino una lucha entre la libertad y el miedo?

«A la dictadura del miedo le interesa que este se multiplique. Y que estemos más limitados, prisioneros por el miedo, que es el principal enemigo de la libertad. Y es el que nos impide recordar, ser, vivir, cambiar. El miedo te ata, el miedo es una prisión».

Se sentía ciudadano del mundo, pero América Latina era la tierra que más amaba, la que más le dolía. Y cuando le preguntaban qué tenía que ver un haitiano con un argentino, respondía: «¿No será que nuestra principal virtud es la diversidad? ¿No será que lo mejor que el mundo tiene es la cantidad de mundos que el mundo contiene? ¿No será que lo mejor que nos ocurre es que somos diferentes? ¿No será que nos negamos a aceptar esta imposición disfrazada de destino, la voz del amor que nos dice: Elija quién quiere morir de hambre y quién quiere morir de aburrimiento? No vamos a morirnos de hambre, ni de aburrimiento tampoco».

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