Un son cubano para García Lorca

Este año se cumplen 85 años de la visita de García Lorca a Cuba y, especialmente, a Cienfuegos

Autor:

Glenda Boza Ibarra

CIENFUEGOS.— Pareciera verlo llegar al todavía inconcluso malecón. Vestido de traje, impecable, pasando inadvertido por la gente común, que no le conoce.

Va acompañado de intelectuales amigos que aún no pueden creerlo en estas tierras, y eso que aún no escribe Yerma, Bodas de Sangre o la Casa de Bernarda Alba.

Pareciera verlo llegar y asomarse a la bahía de Jagua, justo cuando el sol se esconde, y como quien suspira por tanta belleza y tranquilidad, pensar en voz alta: «Qué tarde tan bella, qué desgracia llamarse Federico».

Y a esa hora, pudo ser perfectamente la ciudad de Cienfuegos, una de sus musas cubanas, de donde recibió además su primera invitación para venir a Cuba.

En 1929 su amigo personal Francisco Campos Aravaca, cónsul de España en Cienfuegos, le propuso visitar Cuba e impartir una conferencia en esta ciudad, prometiéndole organizar algo que resultara «famoso».

Pero a pesar de nunca haber estado aquí, no era la Isla caribeña desconocida para Lorca. Familiar era el olor a tabaco, esos que su padre recibía cuando niño, y que guardaba en vistosas cajas; contagiosos eran los ritmos de la música de acá, esa que escuchaba en los viejos discos de pizarra que había en su casa; interesantes eran los relatos de sus amigos intelectuales cubanos.

Pero también en esta Isla se le conocía, y hasta se publicaban sus versos. Así le aseguró el escritor y periodista Francisco Ichaso: «Te invito a que vengas, pues como te decía en una postal (...) en tus dominios poéticos no se pone el sol, y eres aquí tan conocido como en la Puerta Real, y desde luego tan admirado».

La fecha definitiva sería el 7 de marzo de 1930, cuando arribó a La Habana en el vapor Cuba, procedente de Tampa.

Invitado por la Asociación Hispano Cubana de Cultura que dirigía Fernando Ortiz —y a quien conoció meses antes en Nueva York—, llega para impartir una serie de charlas en la capital, no pudo rechazar la propuesta de visitar otras ciudades como Caibarién, Sagua la Grande y Cienfuegos.

Atraídos de su gracia y simpatía, recibe el cariño no solo de los intelectuales, sino además del pueblo, esos que sin saberlo le abrían las puertas de su vida, aquellas noches y días que se escapa a los barrios marginales de La Habana, o las ciudades al interior del país.

«Esta Isla es un paraíso», describiría a sus padres en una carta. «Ya os mandaré los periódicos, pero solo el recortar las cosas que se han escrito y se están escribiendo tardaría tres o cuatro horas. Algunas cosas muy bien y todas demasiado cariñosas».

Importantes publicaciones artísticas y literarias dieron cobertura a sus conferencias e incluyeron sus poemas en sus páginas durante su estancia en el país.

El Comercio y La Correspondencia de Cienfuegos, también reseñaron su estancia en la ciudad y difundieron en detalles las dos visitas que realizara el dramaturgo andaluz, quien fue calificado como poeta eximio, excelso y a la moderna extrema.

Pero también  fue atacado abiertamente por el cronista Saturnino Tejera, poeta canario conocido como Tinerfe, a quien le replica el periodista y dibujante Rafael Pérez Morales, uno de los intelectuales que mejor comprendió al lírico andaluz durante su estancia entre nosotros.

Aunque estuvo además en otros lugares como Matanzas (El valle de Yumurí y Varadero), Pinar del Río (Valle de Viñales) y Santiago de Cuba, fue la Perla del Sur la única ciudad que visitó dos veces: en abril y junio de 1930.

En principio iba a disertar sobre La mecánica de la poesía, en el Casino Español, pero el poeta pronunció La imagen poética de don Luis de Góngora. Fue un 8 de abril y lo presentó su viejo amigo Francisco Campos Aravaca, que ejercía el papel de cónsul de España en esta localidad. Lorca volvería a Cienfuegos el 5 de junio para pronunciar, esta vez sí, La mecánica de la poesía, y celebrar de paso su cumpleaños.

Unos tres meses estuvo Federico en la Cuba, en un viaje que se prolongó mucho más de lo que imaginó, pero extrañaba sobremanera su natal Granada, a la cual recordaba en cada sitio cubano.

Lo acompañaron siempre sus amigos, los hermanos Loynaz del Castillo: Flor, Carlos, Enrique y Dulce María; José María Chacón y Calvo, Emilio Roig de Leuchsenring y los poetas Cardosa y Aragón, guatemaltecos, y Porfirio Barba Jacob, colombiano.

Su estancia en Cuba constituyó uno de sus viajes inolvidables, de esos que más le marcaron en la vida. Un homenaje a su gente se hizo en sus versos Son de los negros en Cuba.

«Cuando llegue la luna llena iré a Santiago de Cuba/ iré a Santiago/ en un coche de agua negra/ Iré a Santiago/ Cantarán los techos de palmera/ Iré a Santiago/ Cuando la palma quiere ser cigüeña/ Iré a Santiago/ (…)¡Oh Cuba!/ ¡Oh curva de suspiro y barro!/ Iré a Santiago».

Bibliografía:

García Lorca y Cuba: historia de una pasión, de Luis Morillo Vilches

Miradas cubanas sobre García Lorca, de Miguel Iturria Savón

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