Los jóvenes en la escena

Los derroteros de la escena cubana son muy diversos. Múltiples tendencias y maneras de hacer coexisten en los escenarios y con ellas muchas visiones de un teatro juvenil

Autor:

José Luis Estrada Betancourt

Con sede en el Teatro Sant-Boi, del capitalino municipio de Marianao, el Estudio Teatral La Chinche, bajo la guía de la directora y maestra de actuación Lizette Silverio Valdés, constituye un núcleo creativo sui géneris en el actual panorama escénico de la Isla. A ello contribuye, sin duda, la propia elección de sus integrantes, quienes han preferido trabajar desde una comunidad periférica, deseosos de potenciar un diálogo activo con los espectadores que asisten al teatro de la populosa calle 114. Un público diverso que encuentra en las puestas en escena de este colectivo no solo un reflejo de su día a día, sino también una reflexión artística que los tiene en cuenta desde múltiples puntos de vista.

Presente en los más variados ámbitos de la comunidad, en las escuelas y en los espacios abiertos, el Estudio Teatral La Chinche ha conformado un repertorio que le ha permitido acercarse a espectadores de todas las edades. Obras como Galápago, a partir del texto original del cubano Salvador Lemis; Jugando el juego de jugar contando, creación colectiva nacida de los cuentos y poemas antologados por Herminio Almendros en su clásico Había una vez; o Maferefún Akeké, surgido de las fábulas recogidas por el poeta y etnólogo Miguel Barnet, han activado un intercambio con los concurrentes más pequeños en torno a aspectos relacionados con el cuidado del medio ambiente, el papel de los juegos tradicionales y la preservación de los valores fundamentales de nuestra cultura.

Más recientemente, la puesta en escena de la obra Especiales, una adaptación del texto original del dramaturgo español Tomás Afán Muñoz, ha posibilitado una aproximación a los conflictos del público adolescente, para lo cual el colectivo teatral ha activado un diálogo con los estudiantes y profesores del preuniversitario Manolito Aguiar.

El acercamiento a problemas reales y cotidianos de los estudiantes y la necesidad de abordar desde otro lugar, sin teque ni falso didactismo, el impostergable tema de la formación en valores, son algunos de los retos que asume esta puesta. La crítica se dirige esta vez a esos patrones culturales hegemónicos que van calando en los más jóvenes y que terminan por modelar e incluso por convertir en moda comportamientos francamente individualistas e irresponsables.

En este sentido, hay que reconocer no solo lo que la puesta logra mostrar desde la escena a través de la actuación de los tres jóvenes intérpretes (Laura Tarrao, María Carla Guevara y Jonathan Reyes), quienes asumen con excelencia diversos personajes, sino también el propio proceso de montaje que permitió, en intercambio con los estudiantes del preuniversitario de Marianao, sintonizar el texto original con nuestro contexto, así como activar un espacio creador y de reflexión que sometió a debate franco muchos de los temas abordados por la pieza.

Fue ese diálogo antropológico el que permitió a los creadores ir más allá de las situaciones planteadas por el autor y afrontar sin ambages no ya el tema de la pérdida de valores, sino la responsabilidad de todos y cada uno en la construcción de una existencia armónica, en la que imperen el respeto y la responsabilidad cívica.

Coincido con las palabras del teatrólogo Jaime Gómez Triana, asesor del grupo, en las notas al programa de Especiales, cuando refiere que la obra trata fundamentalmente acerca de la amistad, la solidaridad, el respeto a la diversidad, la aceptación de aquel que es diferente y la paz. Y lo cierto es que lo hace sin pretensiones, en un lenguaje accesible a todos, en el que se pueden reconocerse los más jóvenes, pero también todos aquellos que aún tienen frescos sus años de formación preuniversitaria.

Al comentar sobre el proceso de trabajo de esa puesta, su directora recuerda los procesos de investigación del teatro cubano de los años 80. «Uno vive en un entorno preciso e interactúa constantemente con múltiples personas que quieren verse reflejadas en la escena.

«Cuando empezamos a trabajar en Marianao descubrimos primero a los niños de la comunidad y luego a los jóvenes de preuniversitario. Me gusta decir que no trabajamos para ellos sino con ellos. Es una manera de hacer, una ética de teatro que aprendí desde muy joven, como espectadora de las obras del Teatro Escambray».

Hoy, los derroteros de la escena cubana son muy diversos. Múltiples tendencias y maneras de hacer coexisten en los escenarios y con ellas muchas visiones que podríamos reconocer como propias de un teatro juvenil. Dentro de esos puntos de vista diferentes e incluso divergentes, el Estudio Teatral La Chinche apuesta por reconstruir una tradición y una metodología que nos es propia y centra su propuesta en el quehacer del actor y en el diálogo creativo con un entorno concreto.

Vistas en el Teatro Sant-Boi, de Marianao, las puestas de este colectivo carecen tal vez de un conjunto de necesidades técnicas; sin embargo, encuentran allí lo que para el grupo es fundamental: el intercambio con un público fiel que se sabe parte de aquello que desde el escenario los actores devuelven.

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