El gesto que ahuyenta el miedo

A Geovannys Manso, ganador del Premio Hispanoamericano de Poesía Juan Ramón Jiménez, le place vivir en un sitio donde florecen los poetas

Autor:

Nelson García Santos

SANTA CLARA, Villa Clara.— Las palabras del joven Geovannys Manso Cendán (Vueltas, 1974), narrador, poeta y ensayista, cobran su mayor extensión e intensidad cuando escribe sobre la cuartilla, que para él significa la satisfacción plena.

Desde temprano sintió una atracción irresistible por las letras y ese encanto germinal lo despertó su profesora de Español-Literatura, Lucía Antón, quien «me hizo despertar al mundo fabulado, al reino de la metáfora», confiesa.

Manso Cendán acaba de ganar el Premio Juan Ramón Jiménez, uno de los más prestigiosos de Hispanoamérica, correspondiente al pasado año, con el poemario Los leves sobresaltos, el cual fue seleccionado entre 409 libros de autores de 26 países.

El texto, según las valoraciones del jurado difundidas desde la diputación de Huelva, España, tiene «oficio, pasión, exigencia estética e ideológica que sacuden asuntos cotidianos, sociales, íntimos y filosóficos».

Cuando le pregunto si realmente crea pensando en los premios como una manera más expedita para publicar, sin titubeos argumenta: «Jamás escribo pensando en ellos. Sería otorgarle a la poesía un carácter demasiado circunstancial. La calidad, el rigor de un libro, es otra cosa, otra dimensión...».

—¿Cómo reflejas la cubanía en Los leves sobresaltos?

—José Lezama Lima nos advertía que «lo cubano es un tema hecho en lo invisible». Allí está, soterrada, escondida en un varentierra, en la barranca de un río o encima de una mata de chirimoya, la cubanía en mi obra. Cada signo, cada verso, cada cita, cada idea, cada recuerdo, nombra y define lo que ha sido, lo que es y lo que será Cuba para mí.

«Los lectores podrán hallar al hombre, al padre, al hijo, al muchacho emocionado y vital, gritando en Playitas de Cajobabo, junto a Martí:“Dicha grande”; o el que escuchó, callado y expectante, los versos de Cintio Vitier, de Fina García Marruz, de Roberto Fernández Retamar; o al que entró en silencio a Trocadero 162, buscando aún el humo de un tabaco, el extraño eco de María Zambrano, de Julián Orbón, de Eliseo Diego, de Gastón Baquero.

—¿De qué trata el poemario?

—Los leves… contiene poemas de un intimismo explícito, imágenes que han perdurado en mí a lo largo del tiempo; otros donde me acerco a distintas experiencias de la década de los 90.

—¿Por qué dejaste de ejercer la Medicina?

—Me gradué de médico en Santa Clara, en el año 2000. Si no pude seguir siendo médico es porque sentía que lo más humano de mí, lo más sólido, estaba entre los libros, y todo hombre debe aprender a buscar, y a encontrar, el sitio desde donde proyectará su luz más clara y vital.

—Entre la literatura infantil y la poesía, ¿cuál le ha dado mayor satisfacción?

—A mí me satisface la escritura. No los géneros. Me satisfacen los signos, las oraciones, los giros del lenguaje.

«La satisfacción plena yace en la escritura; en ese gesto indeciso de la mano que ahuyenta el miedo y te permite crear un personaje, un verso, analizar un libro o un largometraje y te acerca a eso que humanamente te hace feliz: ser escritor».

—Según su criterio, ¿por qué abundan tanto los poetas en Villa Clara?

—Dos posibilidades: o en esta provincia somos muy inteligentes, muy atentos a las vibraciones de lo sensible, o somos muy ilusos (risas). No, esto es una broma. Sí creo que hay una tradición muy cubana desde la poesía, una fundación en la poesía. El encanto de la tierra, de lo constelativo, de lo insular, de la luz. Y Villa Clara es parte de esa fascinación, de esa abertura, desde los días iniciales de José Zurí, toda la tradición del siglo XIX, riquísima en estas tierras, hasta desembocar en poetas como Samuel Feijóo y Carlos Galindo Lena. Nombres y poetas que han dictado una ética, un cauce que sigue fluyendo hasta nuestros días. Me place, entonces, vivir en un sitio donde florecen los poetas: con sus contradicciones, sus búsquedas, sus abismos.

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