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Cuando el corazón y la Patria no se rinden

El Primero de Mayo empieza con la preparación de esos carteles que alguien debería coleccionar, al menos los más ingeniosos. Y mientras el desfile avance por plazas, calles y barrios, estarán ahí: los carteles grandes, los institucionales, los que tienen diseño gráfico. Pero también los otros, los que nacieron rudimentarios en casa, los que hablarán de paz y no de guerras

Autor:

Osviel Castro Medel

Falta poco para la marcha. Es viernes; sin embargo, la fecha comienza a «construirse» en Cuba desde antes, desde los momentos en que algunos buscan el cartón, la tempera, un pincel, incluso hasta el trago.

Porque el Primero de Mayo empieza con la preparación de esos carteles que alguien debería coleccionar, al menos los más ingeniosos.

Algunos letreros son nietos de aquellos que en 1961 desafiaron la escasez con una frase que todavía resuena: «Con material de desecho, mire, Che, lo que hemos hecho». Eran tiempos duros, como estos, pero de inventiva a raudales.

Esa vez, por cierto, apenas unos días después de la victoria de Girón, la marcha de la capital cubana —que duró nada menos que 14 horas— vio pasar una frase que se volvió leyenda: «Si nos falta jabón nos sobra coraje». Qué manera de decirlo, con tan pocas palabras.

Y no hay que ir tan lejos. Hace dos décadas, en la bayamesa Plaza de la Patria (la misma que ahora se prepara para la celebración), una mujer que trabajaba en una oficina de control de multas levantó un cartel que todavía se recuerda.
Imitaba el modelo de una multa y el infractor era George W. Bush. La dirección que ella le puso: «Calle Guerra, entre Destrucción y Muerte, Reparto: Casa Blanca, Washington».

En ese mismo lugar otro letrero, rojo, enorme, recordaba la emblemática frase de Juan Almeida: «Ante los embustes y las mentiras, ¡aquí no se rinde nadie!». No era una consigna, sino una declaración de principios, que algunos no quieren o no pueden entender.

Este 30 de abril, por la noche, muchos, seguramente, han puesto en los cartones palabras parecidas, usando lo impensado: un plumón, una brocha desgastada, un dedo mojado en tinta.

Es viernes, y mientras el desfile avance por plazas, calles y barrios, estarán ahí. Los carteles grandes, los institucionales, los que tienen diseño gráfico. Pero también los otros, los que nacieron rudimentarios en casa, los que hablarán de paz y no de guerras.

Y al final, esos, los caseros, serán los que más se guardarán en la memoria, sin adornos, sin fanfarrias. Solo con frases pintadas a mano, la noche antes, cuando el cansancio aprieta, pero el corazón no se rinde.

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