Dueño de la música

El infatigable compositor Rodulfo Vaillant conversa con Juventud Rebelde acerca de su niñez, la génesis de sus inclinaciones artísticas y de influencias en sus creaciones musicales

Autor:

José Luis Estrada Betancourt

Los exitazos Fue mi reloj, Se muere la tía, Yo no quiero que seas celosa, El lápiz no tiene punta, Quién dice (La Gorda)... son suficientes para demostrar que a Rodulfo Vaillant, desde hace varios años presidente del Comité Provincial de la Uneac en Santiago de Cuba, la música le pertenece. Pero como si no le bastaran los aplausos de miles de bailadores de la Isla y del mundo, este creador infatigable necesita andar todo el tiempo fundando.

De hecho, Vaillant ha tenido que ver con el nacimiento del Teatro Heredia —fue su primer programador de eventos y espectáculos—; de los Estudios Siboney (allí produjo una docena de LP, dentro de los que se encuentra el Volumen No. 1 Ache, de Merceditas Valdés, por el cual le otorgaron el codiciado Premio Egrem); del Encuentro de Amigos del Jazz y del MatamoroSon, de la Semana de la Cultura Santiaguera, la Feria del Tivolí... y, por supuesto, del Festival Boleros de Oro, que inicia nueva edición este miércoles 17, pero que desde finales de la década de los 80 del pasado siglo comenzó a formar parte del panorama cultural de la capital del Caribe.

«Conjuntamente con José Loyola organizamos los primeros festivales. Mas en 1989 lo traje para Santiago, porque creía que debíamos hacerle justicia a esta tierra, por el bolero, uno de sus más auténticos hijos musicales junto a la trova y el son. No se concebía que su cuna no enalteciera sus valores, y contribuyera a su vigencia en el panorama nacional», señaló a Juventud Rebelde Rodulfo, quien sin dudas le debe a la barriada de Los Hoyos, donde nació, su pasión total por la música.

«Vi la luz en Los Hoyos, en mi Santiago de Cuba, cerca de la cervecería Hatuey. Hasta que conformé mi familia, estuve viviendo en ese barrio, donde surgieron los primeros cabildos. Es decir, que la idiosincrasia de esta parte tan peculiar de la ciudad tiene la música como elemento protagónico. Mi casa estaba rodeada de bares y sitios para baile, y muy cerca ensayaba la Conga de Los Hoyos. Igual influyó mucho mi gente, pues mis tíos, por la línea paterna y materna, eran músicos».

—Estuvo a punto de graduarse como trompetista...

—Desde temprano, mis padres notaron mi inclinación hacia la música, y mientras hacía la Primaria, estudiaba teoría y solfeo con el profesor Alcibíades Castillo, quien al mismo tiempo me condujo a llegar al tercer año de trompeta. Pero había una presión por parte de mi padre, quien entendía que debía aprender otra profesión. Él deseaba que fuera médico, luego me decidí por la arquitectura (no pudo ser). Sin embargo, ingresé en la Universidad hasta el tercer año de Ingeniería en Minas, aunque finalmente me gradué de agrimensor-topógrafo. Todo esto impidió que pudiera continuar el estudio del instrumento.

—En la Secundaria realizaste tu primera creación musical. ¿Cómo descubriste que tenías habilidades para la composición?

—Eso que señalas ocurrió a la edad de 12 años. Entonces surgió mi primera inspiración a la que puse por título Bayamo, en respuesta a una canción de Arsenio Rodríguez dedicada a Cárdenas. Mi madre era mi motor impulsor en esto de la composición; llegó el momento en que todas las semanas, increíblemente, yo creaba un tema.

«Mi vida en esa primera etapa fue un poco loca, pues estudiaba mi bachillerato, componía, organizaba bailes y matinés, cantaba en las fiestas juveniles y arrastraba detrás de mí a gente arrollando con mis estribillos... También vendía discos...».

—En 1965 otro bolero, Arrodíllate, te hizo muy popular a nivel nacional. ¿Por qué entonces la música bailable?

—Con apenas 19 años me ocurrió algo inimaginable: accidentalmente me vi representando a Orlando Contreras. Eso fue tremendo, me abrió las puertas de las relaciones con el mundo musical. Te estoy hablando de mayo del 61. Con Contreras estuve hasta finales de agosto, porque por reclamo de mi madre me incorporé a mis estudios. De cualquier manera, aquel suceso me hizo sentir  realizado e influyó para que internamente se fortaleciera mi vocación y devoción por la música. Y, claro, la máquina de la inspiración fue creciendo.

«En 1962 comencé a ayudar a Enrique Bonne en la organización de los carnavales. Un año más tarde formé el Club del Feeling, que integraban cantantes como Esperancita Ibis, Tony Olmes..., y músicos de la talla de Osmundo Calzado y Fico Mariol. Con este grupo “asaltábamos” los distintos cabarés que existían en la época. Lo que hacíamos era muy novedoso.

«En este contexto llegó Arrodíllate, bolero que fue escuchado en una de esas descargas por Ezequiel Cárdenas, cantante habanero que estaba de visita en Santiago. Lo grabó de inmediato y lo convirtió en un hit vitrolero en el año 1965. Arrodíllate era también como la respuesta a Aquí de pie, otra canción muy popular de entonces en las descargas nocturnas del país. A partir de ese éxito empecé a llamar la atención de los intérpretes.

«En los carnavales de 1964, Sergio Calzado, uno de los directores de Estrellas Cubanas, me pidió un tema, vi la oportunidad de mi vida, pues esa gran orquesta, dirigida por Félix Reyna, era la charanga que más me gustaba. Este fue el hito que marcó la arrancada de mi perfil autoral, pues se conformó un binomio de éxitos entre Félix Reyna y yo. Juntos trabajamos más de 24 temas, y creamos un      estilo».

—Has compuesto más de 150 temas. ¿Cómo seleccionas los intérpretes que defenderán tus canciones?

—El oficio te lleva a tener en cuenta el estilo de las agrupaciones. Comprenderlo me permitió componer para varias orquestas de reconocido prestigio como la Ritmo Oriental, Pancho el Bravo, Maravillas de Florida, Van Van... Debo decir que en el 2000 se me dedicó el Festival de Charangas, que se celebra en Palma Soriano, por ser uno de los autores más prolíferos en el repertorio de esas orquestas.

—¿Qué tiene en cuenta Vaillant, qué no olvida, a la hora de sentarse a componer?

—Una de mis características como autor radica en que me convierto en una orquesta a la hora de componer. Me apoyo en el tumbao del bajo que me domina cerebralmente, y otra cosa muy importante: tengo que verme bailándolo. Nada, cosas de loco... (Sonríe).

—Tus creaciones han sido defendidas por orquestas cubanas e internacionales muy reconocidas, han formado parte de la banda sonora de películas (Plaff, En tres y dos), se han convertido en himnos de los carnavales. ¿Cuándo Vaillant se siente más orgulloso de ellas?

—He vivido muchos momentos de emoción interna, pero lo que me hace tremendamente feliz es sentir mi música en boca del pueblo.

—Pocos conocen que debido a su empeño, la cultura cubana no solo pudo seguir contando con la orquesta Chepín-Choven, sino que también llegaron Irakere y Son 14...

—Ciertamente tuve que ver con la fundación de Son 14, Irakere, con la reaparición de la orquesta Chepín-Choven en 1972. En las décadas del 70 y del 80 fui director artístico de los Festivales del Creador Provincial, de los de Aficionados del Minint en la antigua provincia de Oriente... Fui asimismo fundador y miembro, durante seis años, del Comité Organizador del notable Concurso de Música Cubana Adolfo Guzmán; responsable de la programación musical de la emisora CMKC...

«Creo que por todo ello me otorgaron la condición de Hijo Ilustre de Santiago de Cuba, de Artista Emérito de la Uneac, la Distinción por la Cultura Cubana, la Placa José María Heredia, la Medalla Raúl Gómez García (también de la Alfabetización y por la Lucha Clandestina), entre otras...».

—Desde hace varios años te desempeñas como presidente del Comité Provincial de la Uneac en Santiago de Cuba. ¿Alegrías, insatisfacciones?

—Como presidente de esta filial de la Uneac creo haber contribuido fielmente al fortalecimiento de su imagen.

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