Juventud Rebelde - Diario de la Juventud Cubana

Polonia y Cuba, teatro mediante

La 4ta. Semana de teatro polaco contribuye a fortalecer los sólidos nexos culturales entre ambos países

Autor:

Frank Padrón

La 4ta. Semana de teatro polaco —esta vez como parte del festival Les voix Humaines— da continuidad a una tradición entre nosotros: directores que montan textos de esa espesa producción, dramaturgos que adaptan piezas, se inspiran en ellas o realizan homenajes al país y/o sus autores… De cualquier manera, los sólidos nexos culturales entre ambos países se fortalecen en estos encuentros.

La más reciente jornada nos permitió asistir a varias puestas motivadoras, entre ellas Kera o la hija del carnicero parte de La hija del cazador o devora polacos, de Monika Powalisz; en ella se basó Konrad Morales para discursar en torno a la violencia cotidiana, aquí y ahora. Desde Victoria Teatro (Espacio Teatral Aldaba), el actor Eric Morales, en otra de sus incursiones como director (Una caja de zapatos vacía, de Virgilio Piñera; Leonarda, del noruego Bjørnstjerne Bjørnson…) incorpora el cada vez más recurrente audiovisual para entregarnos una puesta no solo dinámica y ágil, sino, lo más importante, reflexiva.

No se limita a denunciar el aludido mal y su creciente presencia entre nosotros sino que trata de indagar en las causas, sin intentar, por supuesto, últimas palabras o verdades absolutas. Los cuchillos que acciona esa joven cuyo padre se dedica a trabajar la carne animal no pueden ser más simbólicos: el avatar de serial killer que ella asume deviene respuesta, síntoma, consecuencia; la densidad filosófica y social de la escritura, en la cual confluyen desde el sarcasmo y la ironía hasta el más agresivo drama, sobrecoge, pero, sobre todo, motiva la manera de adecuarla a nuestras realidades.

Se anotan puntos el vestuario y la escenografía (de un expresionismo y una sordidez complementarias) en los cuales Luis Enrique «Güicho» Pérez colaboró con el director; también la banda sonora, con tantos «ruidos» en un sistema de por sí ruidoso, a cargo de Conrado Morales, y la realización audiovisual de Marta V. Ortega junto al mismo Eric.

En este último aspecto, quizá sobran entrevistas en el aludido método de la encuesta, pues ello crea cierto distanciamiento respecto al ítem central; por otra parte, hay demasiadas definiciones en este, lo cual, por mucho que se matice con acento humorístico, no logra evitar una molesta sensación didáctica, algo acentuado en la alocución final de Kera, en la que se percibe cierto moralismo explícito, una suerte de innecesarias «conclusiones» que pudieran ser reducidas o matizadas para futuras puestas: casi todo lo que ella expresa ya ha sido debidamente asimilado por ese espectador medianamente atento durante todo lo precedente.

Pero Kera o la hija del carnicero es, sin dudas, un respetable momento dentro de la escena cubana, más allá, incluso, del evento en que se inserta. Las actuaciones dúctiles y sensibles de Karla Menéndez en el protagónico, Annie Forte y de Eric Morales, así lo confirman.

De México se sumaron también artistas de la escena mediante el unipersonal El radio de Marie Curie, en torno a la vida y obra de la gran científica polaca, Premio Nobel, instalada junto con su prematuramente desaparecido esposo a principios del siglo pasado en París, donde hallaron los rudimentos e inicial desarrollo de la radiactividad.

Concebido por Mauro Spinelli y la actriz Claudia Lobo, quien asume el papel de la gran investigadora, el texto es rico en detalles que se ofrecen desde una perspectiva más intimista que histórico-biográfica, aunque mucho haya de ello; notablemente escrito, con vuelo, se echa de menos, sin embargo, una mayor síntesis y, sobre todo, un empaque dramatúrgico que lo tornara menos plano.

No obstante, hay un par de rubros que elevan la puesta: primero el desempeño matizado y sensible de la intérprete, quien tanto en su dicción —remedando a la perfección el acento de una eslava que hablara español— como en su gestualidad, se muestra segura y convincente; después el trabajo escenográfico que, excepto mínimos accesorios los cuales reproducen un laboratorio, se basan en una admirable labor con el «cineamano»: Arturo López «Pío» es un verdadero creador, quien con trazos y sombras trabajados en tinta, y amplificados en una pantalla, genera escenarios, personas, ambientes…

Otra reverencia a la escena polaca la propició el novelista y dramaturgo Reynaldo Montero —coordinador de este evento— con su pieza El Dorado, dedicada a uno de los grandes en esa manifestación allí en su centenario: Tadeusz Kantor, y que llevó a escena Sahily Moreda con su Compañía del Cuartel, experimentada, dicho sea y no de paso, en teatro de ese país europeo (Los emigrados, El Archivo…)

«Teatro pancarta», se trata de una ingeniosa parábola acerca de antiguos (y renovados) «vecinos» que llegan una vez más a nosotros ¿en plan conquista o en «igualdad de condiciones»?: la sempiterna «tierra de promisión» que somos y que tanta codicia ha engendrado en colonizadores de tantos meridianos y paralelos, vuelve al centro dramático de Montero desde la perspectiva lúdicra y absurda de Kantor, aunque sazonado por un gracejo e ironía muy criollas.

Cierto que el ensayo de una pieza, donde se mezclan ficciones y realidades, no es un recurso nuevo, pero El Dorado le extrae admirable partido mediante una ingeniosa obra, abundante en paronomasias, juegos lexicales, intertextos y citas, lo cual aprovecha para referirse también, en notable «ars poética», a los entresijos teatrales, los conflictos de los actores, el director-tirano y otros dolores de cabeza propios de la sublime e ingrata profesión.

La puesta de Sahily Moreda coloca en primer plano la esencia esperpéntica y posmoderna de lo escrito, mediante un dinámico montaje que se apoya en elementos muy a tono con su carácter, como los elementos escenográficos y lumínicos (Paula Fernández), el vestuario (Jorge Luis Ramírez) y la música (Tito Mariño), todos de afilada connotación paródica.

Sin embargo, tanto ella como el autor deben tener en cuenta para futuras puestas, ciertas reiteraciones absolutamente prescindibles, que no solo alargan innecesariamente el discurso sino que lo hacen redundante, igual que determinadas analogías harto explícitas que bien debieran sumarse a la oblicuidad metafórica que detenta la mayoría de aquellas.

Indudable mérito lleva en pleno la batería actoral (Walfrido Serrano, Violena Ampudia, Joana Gómez, Ariana Delgado, Rone Reinoso y Yuniel Hernández) en constante desdoblamiento, mediante diversidad de voces y personajes que les obliga a un ejercicio intenso y difícil, pero que arroja apreciables frutos.

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