Artista hasta la Médula

El don de bailarín se trae dentro del alma, afirma el multipremiado creador guantanamero Yoel González Rodríguez, fundador de Médula, una compañía que solo dependerá de «gente arriesgada, que guste de perseguir sueños y que no se detiene hasta conseguirlos»

Autor:

José Luis Estrada Betancourt

Tal pareciera que Yoel González Rodríguez le tiene «cogido el golpe» al Concurso Internacional de Danza del Atlántico Norte, que acoge desde 2014 la ciudad de Holguín. Pero quienes conocen a este notable bailarín y coreógrafo saben que lo que realmente sucede es que el arte, el talento y la creatividad invaden cada partícula de su ser. Por ello no se sorprenden cuando se enteran de que este joven guantanamero  arrasó en la primera edición del certamen que auspicia el afamado bailarín ucraniano Vladimir Malakhov, al llevarse el premio de coreografía y el Gran Prix, reconocimiento que volvió a conquistar con la añadidura de que, gracias a una obra suya como Carcinoma, su compañía Médula no encontró rival.

Uno se asombra de que el público y la crítica adoren sus creaciones cuando descubre que el acercamiento a la danza de Yoel González respondió únicamente al empuje tremendo de la autora de sus días. «La danza es una inspiración de mi mamá, quien siempre tuvo el sueño de ser bailarina, mas no pudo. Un día, mientras cursaba el sexto grado, me llevó a la escuela de arte a hacer la prueba de percusión. Pero lo cierto es que me engañaba. Cuando llegamos allí me dijo: “Mira, no hay percusión, pero puedes intentarlo en danza, después puedes cambiar a percusión con el tiempo”. Así empezó todo...».

—¿Y por qué la percusión? ¿Es que te gustaba la música?

—Estaba en un grupito de barrio. Se llamaba Los pequeños diamantes. Con cajas y palos hacíamos funciones en el CDR. Por esa razón que fui a la escuela de arte a hacer las pruebas.

—¿Cómo te las arreglaste en la escuela de arte?

—Tres años duros, de malos resultados, de decepción total, de dolores y llantos de mi mamá, porque yo quería ser músico. Pero un día, en noveno grado, a tres meses del pase de nivel, se presentó el ya desaparecido maestro Alfredo Velázquez, y cuando me vio me aseguró: «Tú vas a ser bailarín porque yo quiero que así sea». Era como un compromiso que él, director de la reconocida compañía Danza Libre, se había hecho siempre: sacar adelante incluso al peor. Conmigo se lo propuso y me «confundió». Me hizo creer que estaba bien y logró que hiciera el pase de nivel.

«Ya en nivel medio seguí confrontando las mismas insatisfacciones, porque se mantenía el deseo de ser músico. Te juro que durante este tiempo hice varias peticiones de baja, pero necesitaba el consentimiento de mi familia. Entonces llamaban a mi mamá y ella apelaba a todos sus recursos: «Me estás haciendo sufrir mucho», sentimentalmente me golpeaba. Y yo me calmaba por satisfacerla a ella. De todas maneras me fugaba. Todos los viernes. Salía de Santiago camino a Guantánamo, con o sin permiso.

«En Santiago de Cuba, el gran maestro Eduardo Rivero, premio nacional de Danza, también me puso la mano en el hombro y me aseguró lo mismo que Alfredo. Ellos hablaban conmigo y yo todavía creía que era para aguantarme. En fin, que fui un desastre total en el nivel elemental y en el medio. Te puedo asegurar que me gradué gracias a la consideración que mis maestros le tenían a mi mamá».

—¿Cuándo comenzó a cambiar la historia?

—Cuando llegó el momento de la tesis, y me tocó experimentar con la coreografía. Ahí, en el último año de mi carrera, la danza me conquistó por completo. También influyó mucho la primera vez que me presenté en serio en un escenario. Sucedió en el teatro Heredia. Recuerdo que bailé con el nieto de Rivero una cosa que ni siquiera estaba montada. Era con una canción de Silvio, La maza. Ocurrió que en un determinado momento el público, que era también joven, empezó a aplaudir, y yo no salía de mi asombro. Jamás había vivido una experiencia como esa. Entonces fui maestro por maestro a decirles que un día regresaría a la escuela como primer bailarín, compromiso que cumplí.

—Después de graduado, ¿qué pasó?

—Vino el servicio militar, donde me uní al Conjunto Artístico de las FAR, en el cual aprendí un millón de cosas. Todo iba perfecto hasta que encubrí un delito por el cual me aplicaron una medida disciplinaria militar. ¡Dos años más! por este temperamento loco que parece que no me va a cambiar nunca, aunque ahora soy, por supuesto, mucho más responsable.

«No obstante, resultó una etapa muy provechosa porque allí empecé a masificar la cultura. Escribía poemas, hacía rap... Al mes ya era el “dueño” de aquel lugar. También envié 467 cartas a mi familia, a la cual aprendí a amar de una manera indescriptible, y tuve tiempo para descubrir, en verdad, lo que yo quería ser... Creo que todo en la vida tiene una raíz y una lógica. Sin dudas, la sanción me centró. Tal vez la necesitaba para calmar un poco esos impulsos de rebeldía.

«En resumen, que a los nueve meses me dieron libertad condicional para que me incorporara a Danza Libre, una compañía madre, con todos aquellos bailarines formados. Allí Alfredo me dio la oportunidad de crear un repertorio dentro de su agrupación. Cierto que nunca me dijo qué estaba bien o mal, y se lo agradezco también, pues me enseñó a velar por los detalles, a intentar buscar la perfección.

«Al final soy el producto de todo lo que he vivido. Me siento embarazado de muchas ideas y creo que en mí habitan los sentimientos de muchas personas».

—De todas formas fue importante para ti Danza Libre.

—Danza Libre fue lo esencial, la escuela real. La que me formó, me preparó. Como ya te dije, Alfredo amaba sacar lo mejor de lo peor. Lo logró en mí. Tal vez no consiguió que fuera el bailarín más brillante, pero me puso a interpretar sus mejores obras, me dio la oportunidad de asumir papeles principales que yo nunca pensé bailar.

«Alfredo me dio ese espacio y me impulsó a superarme. Me retaba como creador cuando me señalaba: “Esa obra está verde, le falta todavía madurar. Vuelve a intentarlo desde el principio porque le falta sabor”. Otras veces me decía: “Es una gran improvisación”, y lo programaba en las funciones, aunque ni siquiera aplaudiera. Hubo momento en los que discutíamos, en que parecía que estábamos en guerra. Era su método, su modo de obligarme a crecer. En Danza Libre hice obras como Detrás de mí, Retrato de un bolero...

«Decidí abandonar el proyecto porque ya tenía otras inquietudes. Habían transcurrido cinco años. Soñaba con formar mi propio grupo: un dúo, un trío, un cuarteto, lo que fuera. Quería hacer mi propia obra, pensar el futuro. Al inicio nadie quiso seguirme, ni mis hermanos que son bailarines. El rebelde sin aparente causa, ese era yo. Entonces creé Médula, conmigo como único integrante. La constituí oficialmente en junio de 2014».

—¿Porque se inició antes?

—Sí, en el 2012. Dos años más tarde fue que logré tener otra plaza para Inés María Preval, ex-integrante de la compañía Danza Fragmentada, a quien había logrado entusiasmar. Ella decidió unirse a mí aun sin tenerme fe. La terminaron de convencer mis amigos que la ayudaban económicamente, pues yo le pagaba con mi propio salario, con lo que ganaba por Derecho de Autor.

«Tras Inés vinieron Amauris Argüelles y Antonio Lázaro Sevila, a quienes logré enamorar de mi trabajo. Ahora somos siete bailarines, de los cuales aún tres no cobran, pero seguimos adelante: compartiendo, ayudándonos de cualquier manera. Desde un café hasta un cigarro, o un pedazo de pan. Y así surgen las mejores propuestas y personas. No creo que tenga que buscar a algún bailarín a una escuela de arte, porque el don de bailarín se trae dentro del alma.

«Médula solo dependerá de gente que tengan sentimientos parecidos a los míos; gente arriesgada que guste de perseguir sueños y que no se detiene hasta conseguirlos. No tienen que venir de la Universidad, ni de la Escuela Vocacional de Arte, ni de la ENA».

—¿Cómo consigues sacar adelante una obra como Carcinoma?

—Con tremendo dolor. Y porque estoy en deuda constante con mis increíbles amigos. Por personas como Paul Seaquist, el empresario chileno representante de Vladimir Malakhov, que ha creído en mí y le interesó la propuesta, de modo que me ayudó con la producción. Después apareció otro socio que me dijo: “Cuenta conmigo”, y me compró telas para mejorar el vestuario. También por el apoyo eterno de la Asociación Hermanos Saíz (AHS), que hizo posible el video La historia interminable, y nunca nos deja desamparados. Todo lo demás ha sido de puro dolor y sacrificio.

«Tal parece que en mi Guantánamo no son suficientes los resultados. Estoy consciente de que en esta provincia existen tres compañías profesionales con una historia que hay que respetar, pero Médula también existe, y no lo digo solo pensando en presupuesto. Es que estimula mucha cuando alguien se te acerca y te dice: buen trabajo, qué necesitas, cuenta conmigo».

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