Razones para regresar una y mil veces

Fernando Quiñones Posada, director de la compañía teatral Rita Montaner, conversa con JR acerca de la presentación en este mes de noviembre de la obra Volvió una noche, y del espacio dedicado a los jóvenes en la agrupación

Autor:

Lourdes M. Benítez Cereijo

De un lado están los dilemas de un hijo único en busca de aquello que lo hace feliz. Por otro, las aspiraciones de una madre sobreprotectora. Hasta ese punto, y a simple vista, estamos ante conflictos muy terrenales. Pero el tono de esas tangibles circunstancias transita a planos más místicos porque la progenitora, luego de una década habitando el mundo de los muertos, Volvió una noche para pedir cuentas, pues no está conforme con la manera en que su unigénito está llevando la vida.

A grandes rasgos, esa es la trama de la pieza ideada por el argentino Eduardo Rovner, un texto de agudos diálogos y exquisito humor, que le valiera a su autor el Premio Casa de las Américas en 1991.

Tres años después, la obra llegó a las manos de Fernando Quiñones Posada, director de la compañía teatral Rita Montaner, quien tuvo la oportunidad de compartir con el creador sudamericano sus valoraciones sobre la pieza y comunicarle su interés por llevarla a escena.

Aquella primera puesta bebió del texto premiado y de una versión más enriquecida que el autor tenía. Luego, se repuso en 2001 y cuando el pasado año la compañía pensó que sería una buena idea retomarla, Quiñones Posada no resistió la tentación y decidió reestrenar la obra.

«Volvió una noche posee una enorme pertinencia y actualidad, pues maneja un tema de esos que funciona en todos los tiempos», comentó a Juventud Rebelde el actor, director y profesor, quien lleva más de 40 años formando parte de esa reconocida agrupación teatral.

Fernando Quiñones precisa que en esta ocasión el espectador podrá disfrutar de un estreno, aunque se trate de un texto que han trabajado en dos ocasiones anteriores. «El elenco y la escenografía son nuevos, incorporamos muchas coreografías y la selección musical es también diferente a la de los montajes anteriores», explica.

La producción está en cartelera este mes de noviembre, los viernes y sábados, a las 8:30 p.m., y los domingos, a las 5:00 p.m. En diciembre recesarán las funciones y retornarán nuevamente en enero a la sala-teatro El Sótano (K y 27, en el Vedado).

De esas producciones de «pegada» y que el público siempre agradece es Volvió una noche, dice Quiñones. «De cada montaje guardo gratos recuerdos. Por ejemplo, cuando estrenamos en 1994, el autor estuvo presente y quedó sorprendido al escuchar la banda sonora. Desde el principio nosotros nos propusimos buscar música argentina de la menos conocida, y estuvimos dos o tres meses enfrascados en esa faena. Cuando Rovner vio la obra preguntó de dónde habíamos sacado todos esos temas que él mismo, siendo argentino, no conocía. Esa fue una experiencia que nos motivó mucho».

—¿Cuáles son las ganancias de revisitar una pieza teatral?

—Existe una gran satisfacción en el desafío de no copiarse a sí mismo, de no repetirse. Es una prueba constante y un reto a la capacidad de crear. Creo que ahí radica lo maravilloso de volver sobre un mismo texto.

El espectador podrá ver una deliciosa comedia cargada de referencias culturales que conduce, entre risas, a una reflexión oportuna en torno a la existencia, la familia y las relaciones interpersonales. Eduardo Rovner (1942), autor de textos como Y el mundo vendrá, Último premio y Concierto de aniversario, mereció también, gracias a Volvió una noche, el lauro Florencio (de la Asociación de los Críticos Uruguayos) y Argentores (de la Sociedad General de Autores de la Argentina).

Puertas abiertas para los jóvenes

Un elemento que define el planteamiento escénico de la compañía Rita Montaner es la búsqueda de un equilibrio entre los recién llegados y los de más experiencia, precisa Fernando Quiñones.

«Me gusta que en el escenario se respire y se transmita esa armonía. Partiendo de los nuevos conocimientos que aportan los retoños y la innegable sabiduría de los veteranos, hacemos un ajíaco, una unidad que se proyecte al público. Y en esta puesta hemos trabajado mucho en ese aspecto.

«Creo que por eso me apasiona tanto la labor en la dirección de actores, incluso después de tantos años de dar clases en la Escuela Nacional de Arte (ENA) y en la Universidad de la Artes (ISA). Me gusta guiar al actor para que pueda sacar esa semilla emocional que lleva por dentro y ayudarlo a construir un personaje sin darse cuenta. Esa es una parte de la magia y la maravilla de este quehacer».

—¿Cómo se imbrica el desempeño profesional de la compañía con la formación de los jóvenes?

—El director debe ser un poco pedagogo. En mi caso, recién graduado de Pedagogía teatral, en Moscú, comencé a impartir clases. Me atrae trabajar con la gente joven y puedo decir que no son pocas las generaciones con las que he compartido y a las que he visto crecer. Cada gente nueva que recibo es para mí un impulso renovador.

La compañía tiene un proyecto creado por Gerardo Fulleda León, el director anterior, llamado Nuevas voces y visiones, dedicado a la juventud, a los que se incian como actores, directores, escritores, dramaturgos… En el año siempre se piensa una temporada para ellos, con total libertad creativa. Es una oportunidad para experimentar, para poner en práctica sueños y conocimientos.

«Ellos proponen las obras, el elenco, y nosotros no ponemos límites. Tratamos que desarrollen todo su potencial y creatividad. Pienso que esa es una iniciativa fundamental para hacer, tener y mantener un teatro vivo.

«Cuando fui joven tuve muchas oportunidades: ¿por qué no haría lo mismo ahora y así retribuir un poco de lo que se me entregó? Cuando los jóvenes llegan los recibimos como el Alma Máter, porque ellos impregnan fuerzas, ideas, conceptos, aliento y vitalidad. No se trata de que los viejos estén al final, pero hay que saber actualizarse».

—Entonces, el llamado es a abrir puertas...

—Las nuestras están siempre abiertas.

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