Uruguay desde la escena

Además de buenas letras, como invitado de honor a la XXV Feria Internacional del Libro de La Habana Uruguay ha traído a las tablas cubanas una muestra de atractivas puestas teatrales

Autor:

Frank Padrón

Teatro lo ha habido también, y bueno, de Uruguay, el país invitado de honor a la Feria Internacional del Libro que acaba de finalizar en La Cabaña —aunque ahora comienza a trasladarse a otros territorios. Básicamente unipersonales, que al decir de una de las actrices visitantes, no son tales si se tiene en cuenta la cantidad de técnicos y artistas que hay detrás de ese o esa intérprete que comunica un texto al público.

La sala Raquel Revuelta fue uno de los sitios que acogió estas representaciones, y resultó estimulante apreciar la cantidad de jóvenes (estudiantes de varias disciplinas relacionadas con el teatro o ya profesionales del mismo) que respondieron a estas propuestas uruguayas.

Nuremberg resultó una de las que más entusiasta acogida provocó, y no es para menos: el texto del mismo actor que lo lleva a escena (Santiago Sanguinetti) invita a la reflexión en torno a un problema acuciante en el mundo contemporáneo: la irrupción de grupúsculos neonazis que están haciendo daño en muchas ciudades europeas y del mundo entero.

Sin embargo, aunque con ese contexto como perceptible fondo el dramaturgo focaliza el caso concreto del personaje: un alienado skinhead (cabeza rapada) saturado de rabia y odio que espera a sus compinches, en la soledad de cierto lavabo público, para llevar a cabo una ejecución.

El texto va desarrollando con sutileza las obsesiones y contradicciones de un ser en realidad frágil, deformado por padres autoritarios, por choques con un pasado turbio y flagelado por dudas que lo llevan a incorporar una falsa coraza, ergo: una ideología que ni siquiera conoce bien y de la que apenas metaboliza sus fobias y extremismos.

La lectura escénica realizada por María Dodera ha contribuido notablemente a transmitir las gradaciones y matices del texto, en particular los claroscuros del personaje; si bien privilegia la «fisicalidad», impulsa mediante acertados movimientos escénicos y una expresiva escenografía a que recibamos los profundos conceptos e ideas que encierran aquellos, algo en lo que también la iluminación colabora.

Sanguinetti actor tiene que vérselas con una voz demasiado aguda, monocorde en cuanto a timbre, pero que él logra encauzar con proyección inteligente, auxiliado a su vez por una gestualidad que proyecta el sórdido mundo interior de su «pobre diablo».

Dodera también se encarga de dirigir a Susana Anselmi en Zapatos andaluces, de Laura Echenique, esta vez insertos en el mundo del circo, toda una metáfora de la existencia, en particular de los abigarramientos y absurdos de no pocas sociedades posmodernas.

Pero ni aun la experimentada mano de la directora uruguaya o la escenografía impresionante de Álvaro Bonaglia (también responsable de las luces) pueden salvar un texto incongruente, lastrado por excesivas rupturas y saltos (de acciones, personajes) que devienen estructura irregular, desconciertan al espectador y no lo emocionan.

La actriz Susana Anselmi tampoco logra hacerlo convincente, pues resuelve la diversidad de roles y situaciones con un desempeño harto externo, a pesar de la intensidad con que los asume.

Casa de las Américas también prestó su sala Manuel Galich para que otra actriz, Federica Presa, nos diera a conocer el laureado texto Potencialmente Haydée, con dramaturgia y dirección de Patricio Ruiz.

Una mujer que en la sala de su casa amamanta presuntamente a un niño, nos develará sorpresas que al final tocarán un impactante clímax, mientras desgrana recuerdos de la infancia y nos cuenta su vida.

Aunque las pretensiones humorísticas (claro, de un tipo de humor ácido, cínico) no siempre funcionan dentro de la letra, debe confesarse que estamos ante una obra llena de subtextos, de interesantes enveses que la intérprete va concatenando y develando con inteligente desempeño, apoyada en una poderosa voz de contralto, en el evidente dominio de la expresión sobre todo facial, y en su relación lúdicra con ciertos objetos y equipos electrodomésticos que conforman la minimalista, pero esencial escenografía.

Ubicada dentro de un espacio reducido y casi inmóvil, tanto Federica como la dirección de Ruiz logran una sólida complicidad con el público.

Por último (aunque hubo más), regreso a la sala Raquel Revuelta que fue testigo, junto con su atestado lunetario, del pas de deux leído entre Sergio Blanco y su hermana, la actriz Roxana Blanco, de la más reciente obra del prestigioso dramaturgo: Ostia. (También se presentó en los todavía cercanos días «uruguayos» una versión de su pieza Kassandra).

Dentro de lo que acertadamente ha denominado «autoficción», realmente trasciende lo autorreferencial para devenir ejercicio introspectivo y a la vez intercambio con los espectadores, en una referencia-reverencia a la recitatio griega.

Blanco, quien ya había ensayado el recurso en una pieza anterior (Tebas Land) discursa en torno a vivencias propias, familiares, en las cuales justamente él y su hermana fueron (o serán, quién sabe) protagonistas, sin dejar de remitirse a realidades y vivencias a las que también rinde homenaje: desde el inolvidable Pasolini —cruelmente asesinado en la antigua ciudad costera, próxima a Roma, que da título a la obra—, hasta el cine todo, o las iniciaciones eróticas y escriturales, a veces tan ligadas.

Pero a su vez, Ostia se erige en continuo work in progres, un arspoetica que reflexiona así mismo, de manera endógena, sobre los procesos creativos, mediante un constante intercambio entre lo fictivo y lo presuntamente «real», entre las evocaciones temporales y el hic et nunc, a través de negociaciones y saltos temporo-espaciales en cuyo (re)flujo el autor muestra dominio por la capacidad para subvertir y resemantizar las convenciones dramáticas.

Sin esa gracia para transitar la cuerda floja de la escritura teatral, imposible hubiera sido que el «oidor» en el teatro se hubiera mantenido interesado durante ¡20 escenas!, nada cortas por demás, si bien asistimos a toda una re-presentación, y no solo porque la lectura significó casi siempre absoluto ejercicio actoral, sino porque determinados recursos escénicos (una pantalla de fondo con mar fílmico, iluminación, escritorio como marco primario de la «acción»…) mantuvieron siempre la ilusión teatral.

Para llevarse a casa el texto y un ensayo alusivo de Blanco sobre este, la directora de la revista Conjunto, la colega Vivian Martínez Tabares, presentó ese número, a la venta en los estanquillos.

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