El muy serio asunto del humor nacional

La quema de brujas que implica el certamen más importante sobre el humor en la Isla finalizó, pero más allá de premios y espectáculos, se imponen algunas consideraciones

Autor:

Frank Padrón

La quema de brujas que implica el certamen más importante sobre el humor en la Isla finalizó, pero más allá de premios y espectáculos, fuera ya de los linderos siempre polémicos de las lizas, cuando el evento teórico movió ideas y criterios diversos que indudablemente pueden redundar en mejoría, se imponen algunas consideraciones.

El género en los predios audiovisuales era una categoría de urgente incursión en la competencia, como se hizo, pues se conoce la preferencia de un amplio sector del público por los programas, teleplays y otras modalidades que llegan a través de las pantallas.

Por ello, fue muy justo el reconocimiento a un espacio como Vivir del cuento, que ha logrado como ninguno recrear desde el costumbrismo y la hilaridad ciertas facetas del ser nacional, de los conflictos en la realidad cubana del presente sin concesiones a la chabacanería y mediante tipos notablemente delineados que rechazan sin embargo la arquetipia, todo dentro de guiones, actuaciones y puestas en cámara que derrochan seguridad e imaginación.

Una obra como Épica, de Eduardo del Llano, legitima, más allá del corto puntual, a un creador que se ha movido con solidez conceptual e ingenio dentro de los meandros del género, analizando tanto la contemporaneidad como la historia nuestra, tal como demuestra precisamente esta obra en torno al imaginario encuentro de un guerrillero y un escritor en varios momentos del transcurrir nacional.

Tanto el realizador como sus actores y otros colaboradores, supieron proyectarse en un relato motivador y reflexivo que confirma el carácter transgresor y removedor del humor.

Si bien la TV o el cine como decía, siguen siendo espacios de elevada recepción, el teatro no se queda atrás, como siempre demuestran las jornadas del festival.

Varios espectáculos descollaron en la más reciente edición de Aquelarre: Los hijos del paquete, del holguinero Etcétera, volvió a revelarnos un trío creativo y orgánico que flagela diversos males sociales como la ignorancia de las nuevas generaciones más informadas tecnológicamente que cultas en sentido general, así como los siempre emplazados (aunque nunca lo suficiente) problemas de corrupción administrativa o las desvalorizaciones que trascienden incluso el turismo o las nuevas perspectivas económicas.

Pero tanto este colectivo, como otros que trabajan con imaginación y agudeza la crítica social, deben pulir aún más sus guiones, lastrados a veces por reiteraciones y gags de dudoso gusto, como ocurrió también en las intervenciones de un grupo de amplia trayectoria como La Oveja Negra.

A esto no escapa otro no menos sólido en sus propuestas como el villaclareño La leña del humor, quienes restan impacto a sus notables sketchs por alargar a veces en demasía las situaciones e intentar explotar excesivamente ciertos efectos que a la larga redundan en contra del resultado final. A pesar de ello, en obras como las del robo al banco o la barbería demostraron una vez más su clase y la eficacia actoral de sus integrantes.

Una pieza como El muro, por Komotú (Guantánamo) eleva indudablemente los kilates del humor a una dimensión que implica trascender los apegos a la realidad chata para erigirse en reflexiones de tipo no solo social sino filosófica, ontológica.

En las tres secciones del relato—también susceptible de cierto «chapeo»—, por debajo de las alusiones a aspectos de la contemporaneidad como las eternas trabas burocráticas, la intolerancia o las indolencias de todo tipo, se encuentra un sustrato mucho más espeso que involucra a Kafka, Ionesco y Virgilio Piñera, dentro de la mejor tradición literaria del absurdo.

Su guionista y actor principal, Miguel «La llave» Moreno, se confirma como uno de nuestros más afilados humoristas.

En la parodia sigue reinando Pagola la Paga, porque aun si en algunas de ellas (como su pálida versión de Vamos a luta, tema de telenovela brasileña) queda por debajo de sus propias conquistas, en otras como la de Flor pálida (Polo Montañez) logra salir airoso aun moviéndose en un terreno tan peligroso como la escatología.

Lamentablemente no puede uno ver todo Aquelarre; incluso el gran triunfador de esta edición —Super Banda Clown de Teatro Tuyo (Las Tunas)— resulta toda una asignatura pendiente.

Lo cierto es que fue un buen festival que demostró, entre otras, la gran ascendencia que el género de la risa sigue cultivando en diversos tipos de espectadores. Sin embargo, una situación es preocupante: la trayectoria del espectáculo humorístico  a lo largo del año.

Se sabe que para certámenes competitivos se tiende a preparar lo mejor, mas ¿ocurre lo mismo en las presentaciones habituales de incluso, reconocidos humoristas y grupos?

Mi experiencia de espectador sistemático en los cines donde ello tiene lugar (Riviera, Yara, La Rampa…) no daría una respuesta demasiado optimista a esa pregunta. Pero ello, claro, es motivo de otro comentario.

Por lo pronto, para no «aguar» la fiesta, mis parabienes a todos los ganadores y a los jueces que tan arduamente valoraron cada obra presentada en este Aquelarre. Y claro, al público que con su aplauso premió antes, in situ, desde sus entusiastas lunetas, dando el espaldarazo así a quienes con su trabajo nos alegran un poco más la vida.

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