El mejor «antídoto»

Juventud Rebelde dialogó con el joven bailarín de la compañía Acosta Danza

Autor:

José Luis Estrada Betancourt

Ya muchos lo presintieron en cuanto se enteraron de que el Yunior conformaría su propia compañía en Cuba. Se «caía de la mata», que Luis Valle, el mismo que el público londinense estuvo admirando hasta este viernes en el Royal Albert Hall de Londres, se convertiría en uno de los elegidos de Acosta Danza. Y es que el astro no ha dejado de marcar su carrera ni un solo instante. De hecho, el también coreógrafo y ahora director no poco tuvo que ver con que este joven de 25 años, de Centro Habana, consiga emocionarnos con tan solo mostrarse en la escena.

Bueno, para ser del todo justo, Juventud Rebelde debería decir que su futuro se lo dibujó a la perfección Caridad Lidia, su madre. Porque como el mismo Luis Valle insiste: «Mi mamita fue fundamental para poder llegar hasta aquí. Mira, yo era un poco travieso, por lo cual me puso a practicar gimnástica. Pero en quinto año me quedé sin profesor, así que pensó que para que no perdiera lo ganado, debía encaminarme hacia el mundo del circo o del ballet.

«Como donde vivía —en San Leopoldo— es un barrio un poco complicado, ella decidió que el ballet podía funcionar mejor como “antídoto”. Me llevó a ver Tocororo. Me gustó, porque lo sentía cercano a lo que hacía: saltos, giros en el aire... Por tanto, cuando me preguntó si quería, le dije que podíamos probar. Entré desfasado a la Escuela Elemental de Ballet Alejo Carpentier. Empecé en segundo año», cuenta uno de los protagonistas de Carlos Acosta. La despedida clásica, que acaba de finalizar en el Reino Unido, adonde regresó a conquistar aplausos, esta vez junto a Gabriela Lugo, en representación de Acosta Danza.

—Luis, pero hay diferencias entre la gimnástica y el ballet. ¿Cómo hiciste?

—Debo decir que en San Leopoldo vive la gente que quiero y me quiere, que ha estado cerca y pendiente de mí todos estos años. Sin embargo, al principio fue un poco difícil con mis amigos, por esos prejuicios que te señalan como un flojo, amanerado...  Después se fueron adaptando, empezaron a sentirse orgullosos cuando comencé a ganar medallas, a salir en el televisor, a viajar al extranjero...

«Pero sí, resultó duro para mí en los primeros años. Sucede que la gimnástica requiere de personas con un biotipo mucho más fuerte, más “traba’o”. Y cuando terminabas un salto debías caer con los brazos firmes, estirados, en tanto en el ballet deben mostrarse más redondos, relajados; los dedos más suaves... Ya ahora es distinto, me siento más cómodo, más libre...

«No obstante, es innegable que la gimnástica también me dio beneficios, porque me ayudó con la fuerza, la elasticidad, los saltos... En fin, que me costó conseguirlo, pero lo logré.

«Mientras me hallaba en L y 19 también sucedieron cosas muy hermosas. En la época en que se hablaba todo el tiempo del Tocororo, de Carlos Acosta, yo cursaba cuarto año. El papel del niño que aparece en la historia lo estrenó Yonah Acosta cuando estaba en tercero, pero para ese momento que te cuento ya se encontraba en quinto, había crecido mucho para la obra.

«Un buen día vi llegar a Carlos Acosta, que desde pequeño yo era su fan, al igual que sucedía con mis compañeros de grupo. Mirábamos atentamente sus videos y nos “babeábamos” viéndolo saltar... Nada, que una mañana se apareció en la escuela y todos nos quedamos impresionados. Saludó a las maestras y fue a conversar con la directora, Silvia Rodríguez, a quien le dijo que andaba buscando a un muchacho para el rol. Y Silvia, según me contó después, enseguida pensó en mí. “Luis Valle”, me llamaron. ¡Ño, qué hice mal ahora!, fue lo que pensé, porque yo era la “candela”... “Mira, él es Carlos Acosta y quiere probarte en Tocororo”, me explicaron. Y yo con tremenda pena, porque todos los ojos se pusieron arriba de mí...

«Llamaron a mi mamá, a quien le pidieron que se personara para hablar algo relacionado conmigo. ¿Te imaginas? Ya creía que yo había acabado. Así que podrás suponer cómo se puso cuando le explicaron que bailaría Tocororo con Carlos Acosta, que debía arreglarme los papeles porque iba a salir del país...».

—¿Qué no has olvidado de esa gran experiencia?

—Lo recuerdo absolutamente todo. Creo que jamás podré olvidarlo. Si hasta ese momento era un fan, a partir de ese instante, después de haber trabajo junto a él, de ensayar a su lado, de escuchar sus sabios consejos, de estar en la clase intentando no perderme ni un detalle de cómo hacía los pasos, las posturas que adoptaba..., Carlos Acosta se convirtió en mi ídolo. Al punto de que si me tocaba bailar Raymonda, Don Quijote, buscaba sus videos. Durante la gira, en la que me acompañó la maestra Dailena Ruiz, descubrí además países como Inglaterra, Austria, Italia, Japón...

«Recuerdo la presentación en Hong Kong. Yo estaba en la pata esperando a que me tocara salir para hacer el dúo después del cual Carlos se quedaba solo en escena. Entonces, como de costumbre se me acercó y me preguntó: “¿Cómo te sientes? No te pongas nervioso, no te preocupes que todo saldrá bien”. Sabía que me ponía tenso porque solo llevaba dos años en ballet y aún se me veía algo rígido con los brazos, en las posturas. Pero Carlos me tranquilizaba: “Suavízate, lo importante aquí es lo natural, actuar”...

«Llegando a Cuba —la gira fue en las vacaciones de cuarto para quinto año— me anunciaron que estaba propuesto para participar en el Concurso Internacional de Academias de Ballet, en la primera categoría, donde me presentaría con la variación de Don Quijote y de Paquita. Para esa competición, en la que obtuve medalla de oro, me estudié sus actuaciones, fijándome muy bien en el estilo, la manera como colocaba los brazos,

y teniendo en cuenta todo lo que había aprendido a su lado. Eso acabó por redondear la formidable preparación que me dieron mis maestras: Silvia, Raquel, Dailena... Ellas fueron determinantes para poder vivir esa alegría».

—¿Cómo fue ese primer encuentro con el mundo para un niño de Centro Habana?

—¡Un shock! (sonríe). Todavía estaba en el aeropuerto con Carlos, los bailarines de Danza Contemporánea de Cuba, sentado con la maestra, y me sudaban las manos. Jamás había viajado. Ya después me relajé. Y por supuesto que me quedé con la boca abierta con las edificaciones, las calles, los carros... A mi regreso fue otro trauma (vuelve a sonreír). Llegando a Cuba embullé a mi mamá para ir a La Época a comprarle un par de tenis y ella se reía, porque yo solo sabía decirle: “Pero, mami, aquí no hay nada, esto está vacío”. Yo a cada rato se lo recuerdo y se “parte” de la risa...».

—Con esos triunfos, transitar hacia el nivel medio debió haber sido un paseo...

—No lo creas. Es fundamental intentar superarse todo el tiempo. Y un buen estímulo es tener en cuenta los avances de quienes te anteceden. Por eso siempre he seguido la carrera de Carlos, pero también la de Totó (José Manuel Carreño), Joel (Carreño)... Y en la escuela andaba pendiente, por supuesto, de Yonah Acosta, Osiel Gounod... Quería estar al nivel de ellos.

«Con el pase de nivel fue lo mismo. Uno se prepara, pero debes presentarte ante personas que no conoces. Yo no sabía quién era la maestra Ramona de Sáa... Sudé para esa prueba, pero le tiré al máximo... En la ENA también me ocurrieron muchas cosas buenas. De primer a tercer año tuve el privilegio de ser alumno de la inolvidable Mirta Hermida, a quien siempre siento a mi lado, aunque ya no esté. Gracias a ella pude formar parte del Ballet Nacional de Cuba (BNC). No solo me ensayó pas de deux, sino que se convirtió en mi segunda madre. Fue una maestra excepcional. Le debo mucho. Actualmente voy al salón y tengo el brazo alto en arabesque y escucho su voz: “David, baja el brazo. David, ponlo más redondo”... Le gustaba llamarme por mi nombre completo: Luis David...

«Igual me marcaron los ensayos de Corsario y de Diana y Acteón, para los que nos tomó el maestro Fernando Alonso a Dayesi Torriente y a mí; o los de Cascanueces con la maestra Ramona para una gira a México... En mi memoria permanece la presentación en Italia, Sudáfrica... Sí, grandes privilegios».

—¿Cómo se produjo tu entrada al BNC?

—En mi caso no sucedió como con el resto de mis compañeros. Terminando la prueba de Ballet me fui con la maestra Mirta y con Dayesi a una gira de dos meses por Italia, como parte de un intercambio académico entre escuelas. Actuamos en Torino, Roma... A mi retorno me incorporé. En los inicios fue muy arduo, pues me tocó aprenderme todos los ballets, los bailables, pero también estar sentado en el salón mientras otros ensayan. Me llegaron a doler las nalgas. Te sientes intranquilo, te pones a caminar, pero no te aguantas y empiezas a girar, aunque sabes que no es correcto, que te regañarán... Uff, es muy difícil ese primer año. Por lo menos para mí, que a veces me quedaba hasta las cinco en la sede sin hacer nada, después de estar acostumbrado a tanta actividad. Sin embargo, estaba consciente de que no debía perder lo alcanzado, así que buscaba la manera de entrar al salón y hacer mis estiramientos, los giros...

«Estás perdido si dejas que te gane la tristeza, si te achantas, porque entonces cuando te pares te dolerán los huesos, te traquearán las rodillas, serás un desastre. Por eso siempre les digo a quienes llegan nuevos, que no se sientan mal. Al contrario: cuando se termine el ensayo es tu momento: mantente en forma, porque nunca sabes cuándo te tocará tu oportunidad. Y ese es tu momento cuando te digan: ¡Vamos! No puedes fallar».

—¿Cuándo llegó ese momento para ti?

—Al año... No, te miento, no llevaba ni seis meses en la compañía y me llamaron para que asumiera la suite de Don Quijote con Verónica Corveas, en una función del festival La Huella de España. Una experiencia muy aportadora. Después al año le tocó el turno al Moro y a la Danza Española de Cascanueces... Me dieron oportunidades ciertamente, porque luego vino Don Quijote, un gran clásico, por decisión de la maestra Alicia Alonso, cuando no me lo esperaba todavía. En la compañía bailé además El lago de los cisnes, Prólogo para una tragedia... Alcancé la categoría de bailarín principal... Cuando supe de la audición para entrar en Acosta Danza me pregunté: “Luis Valle, ¿qué quieres para tu carrera?” Para mucha gente fue una locura, porque ya bailaba papeles protagónicos en el BNC, pero sentía la necesidad de enfrentarme a otros retos.

—¿Cómo te fue ahora por Londres?

—Mis presentaciones fueron fabulosas. Bailé en ciudades como Southampton, Nottingham, Birmingham... El público me ha dejado impresionado porque todas las funciones han sido a lleno total. ¡Imagínese en el Royal Albert Hall donde caben 5 000 personas! No lo esperaba. Las ovaciones me emocionaron mucho, porque te hacen ver que el trabajo y el sacrificio no han sido en vano.

«Reconozco que jamás pensé bailar en ese teatro tan lindo, tan mágico. Y te confieso que cuando entré y me paré en el escenario me dio un dolor de cabeza, que me costó para que se me quitara. Yo estaba que no cabía dentro de mí. Era como estar en medio del Coliseo Romano rodeado de gladiadores. Igual resultó una experiencia tremenda compartir la escena con estrellas del Royal Ballet, de la talla de Marianela Núñez, Sara Lamb, Ryoichi Hirano, Yuhui Choe, Laura Morera, Valentino Zuchetti. Y claro, ¡de Carlos Acosta!

«Muchas, muchas emociones: darme el gusto de ir al Sadler’s Wells a una presentación de Natalia Osipova y Sergei Polunin, y al final retratarme con ellos; entrar a la sede del Royal y tomar clases en sus estudios inmensos llenos de espejos, que no puedes girar porque enseguida te da mareo (sonríe); conocer personalmente al bailarín, y ahora maestro y ensayador del English National Ballet, Irek Mukhamedov... Después de todo lo que he vivido, me toca pedir mucha salud y seguir empeñado en superarme, en continuar adelante, para que no dejen de aparecer momentos que nunca pueda olvidar».

Comparte esta noticia



Enviar por E-mail

  • Los comentarios deben basarse en el respeto a los criterios.
  • No se admitirán ofensas, frases vulgares, ni palabras obscenas.
  • Nos reservamos el derecho de no publicar los que incumplan con las normas de este sitio.