Vivos para esperarnos

Las historias que viví en Maisí, las terribles situaciones que experimenté, las alegrías que también encontré en esas personas que piensan que «no todo está perdido», me hacen valorar más, ahora mismo, mi trabajo

Autor:

Yosmel López Ortiz

Una vez más sonó mi teléfono, y digo una vez más porque en esos días de temporal no dejó de sonar. Ahora me llamaba Eldys Baratute, presidente de la Asociación Hermanos Saíz (AHS) en Guantánamo, y cuando él insiste, me preocupo, porque casi siempre es para avisar de alguna situación de contingencia. «El 10 salimos para Maisí, te necesitamos ya en la Casa (del Joven Creador) para organizarnos».

Estoy seguro de que no solo dijo eso, pero fue todo lo que entendí.

De todos los de la tropa de la Asociación yo me sentía el más sosegado, incluso a la hora de hacer el equipaje, y es lógico porque es parte de mi entrenamiento como parte de la Cruzada Teatral Guantánamo-Baracoa. Antes hacía mis listas, ya no: tiro la mano y voy agarrando cosas que sé necesitaré, hasta que lleno la mochila.

Por fin partimos luego de tanto ajetreo entre las gestiones de Inalvis, las órdenes del presidente, el tomillo de Yoana, los colchones de la cruzada, la cazuela de Alba, el carbón de Aranda y las revistas de Yusimí. Agarré como siempre el mejor puesto en la guagua para no perderme nada y volví a pensar en Javier Villafañe. No es mentira, siempre en situaciones como esta me remonto a La Andariega, aquella mítica carreta devenida hogar y teatro de títeres ambulantes.

La guagua de Freddy era ahora nuestro hogar y a través del cristal delantero iríamos viendo otros hogares que, ingenuamente, pensé ya conocía. Fue triste ir viendo que hacia el interior, cada vez más, la gente se había quedado sin nada. Casas abajo, escuelas abajo, parques abajo, plantas abajo, puentes abajo, sueños abajo. Sufrí el ver cuánto habían esperado los pobladores de la comunidad Boca de Jauco para tener electricidad, y ahora el sueño de la electricidad también se venía abajo.

Más tarde comprendí que esta experiencia no la había tenido nunca y que me sería difícil, incluso más que a los demás, asimilarla. Yo ya había convivido en esos espacios, había participado de las tradiciones de esos pueblos, de sus platos típicos, de su café claro y dulce, de sus cantos de trabajo o de sus mexicanadas cuando se emborrachan con su alcohol cola’o..., y sobre todo había participado de la alegría y del cariño con que te reciben los campesinos.

Pero esta vez era distinto. Al punto de que no sé si podré borrar de mi memoria tres experiencias que como integrante de la brigada marcaron mi estancia en Maisí. La primera fue en Santa Marta, centro de evacuación donde se encontraban los haitianos, trasladados desde días previos al paso del huracán. Eran muchos, familias enteras incluyendo niños pequeños. Hablaban y se movían todos a la vez. Tiendo a asociar las cosas y claramente vi pasajes allí de Ensayo sobre la ceguera, la novela de José Saramago.

Quedé impresionado y pensé: acá lo mejor es cantar. Nuestro espectáculo se reestructuró, La guantanamera trazó un puente entre nuestra tradición y la suya. Estas personas, que dejaron sus tierras y que posiblemente hubiesen muerto en sus hogares, estaban ahora a salvo y cantando «guantanamera, guajira guantanamera».

La otra vivencia significativa fue en Punta de Maisí. Este siempre ha sido un lugar árido, de mucho viento y arena, incómodo hasta para el paso de la Cruzada, pero a tal incomodidad se opone la hospitalidad de sus pobladores, gente que no descansa por atenderte, por compartir, por hacer que te sientas como en tu casa. Ahora, unido a esa aspereza natural estaba la falta de techos, los escombros, una sala de video arrancada de cuajo, y la tristeza y desesperación de los habitantes en alguna cola allí en lo que un día fue una bodega. No pudimos siquiera cantar, nadie advirtió nuestra llegada.

Antes de volver al campamento pasamos por la casa de Roselia Cantillo, esa vecina que se ha vuelto imprescindible en la ruta de la Cruzada teatral, quien pone su casa, su lavadora, su fogón, sus condimentos, sus alimentos y sus manos a disposición de los teatristas. Cuando sonó el claxon de la guagua ella salió corriendo, pues ese sonido solo podía indicarle que gente de la Cruzada estaba allí.

Nos recibió como de costumbre y a viva voz nos dijo: «¡Sigo viva para esperarlos!». Nos llevó directo a una olla de harina de maíz dulce y un jarro de café, también dulce. No se hizo esperar su anécdota sobre Matthew. Contaba muy emocionada que su casa fue el refugio de muchos vecinos y que en medio de la ventolera una anciana había tenido un infarto y mientras los hombres presionaban con la mesa la puerta principal que el viento quería arrancar, las mujeres asistían a la señora. Fueron tres o cuatro horas de pánico en las que ella nunca perdió las fuerzas ni las ganas de ayudar a los demás.

En Sabana, uno de los sitios más bellos que he conocido por su estructuración, todo bien distribuido y limpio, ocurrió la última experiencia que me marcó. Ya sabía que encontraría todo en el piso, así que esta vez no me sorprendí e intenté ser más productivo. Me quedaba claro que esta vez no debíamos preguntar quién era el promotor, ni quién la delegada, pues acá, a diferencia de otros territorios, la gente estaba muy concentrada en sus labores de recuperación.

Pedí a mis compañeros que se prepararan, al maestro juglar Eldys Cuba que tuviera listo a Opalín y a Yoyi Barret que comenzara a rayar la guitarra. Así se fueron reuniendo en el parque: primero los niños, luego los adultos y otros que desde sus bancos atendían. En medio de la presentación de los artistas, Yoana y yo preferimos ayudar a unas señoras que recogían escombros y basuras. Una acción que en ese instante nos permitió sentirnos parte de las vidas de esas personas. Hasta olvidé para lo que había sido convocado allí. Gocé al verlos disfrutar de los porrazos que Opalín daba al diablo, como quien espanta lo malo, lo que atormenta.

Las historias que viví en Maisí, las terribles situaciones que experimenté, las alegrías que también encontré en esas personas que piensan que «no todo está perdido», me hacen valorar más, ahora mismo, mi trabajo. Sé que volveré, pero ya no solo como el artista que expone su arte en difíciles circunstancias para transformar o divertir, sino como el que pone su vida para servir al otro y a que las cosas parezcan menos difíciles.

El autor es actor, vicepresidente de las AHS en Guantánamo

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