Parece magia

La intertextualidad, el homenaje y la confluencia de actores veteranos con jóvenes sin mucha experiencia teatral son algunas de las coordenadas que unen a las obras Parece blanca, Harry Potter, se acabó la magia y Federico siempre

Autor:

Frank Padrón

Tres puestas en escena confluyen en cartelera: Parece blanca (Teatro D’Dos), Harry Potter, se acabó la magia (El Público) y Federico siempre (Teatro Gaviota).

Pese a las diferencias que signan las estéticas de sus respectivos colectivos y de las propias obras, varias coordenadas las unen: la intertextualidad (y concretamente, los diálogos con determinados hipotextos), el homenaje (que siempre implica la característica anterior, pero que se explicita mucho más allá de ella) y la confluencia de actores veteranos con jóvenes sin mucha experiencia teatral.

Parece blanca es una pieza de Abelardo Estorino llevada a escena por el extinto grupo Teatro Estudio en los años 90 del siglo pasado; era un reto para el colectivo comandado por Julio César Ramírez, pues, si bien es cierto que Teatro D’Dos se ha «especializado» en la obra del maestro, no lo es menos que las excelencias de aquel montaje, con inolvidables desempeños, podían haberlos hecho dudar ante las inevitables comparaciones.

Pero ellos no se desanimaron, como nunca debe ocurrir ante la recreación de verdaderos clásicos de nuestra escena; su puesta, que viene por demás como anillo al dedo a la poética del grupo (relecturas, rupturas brechtianas, desmontajes dentro de la propia escena de las obras representadas) como quiera que Estorino procedió a un perenne diálogo desde sus personajes con la novela de Cirilo Villaverde (Cecilia Valdés) que el propio autor calificara como «versión infiel de una novela sobre infidelidades» y por tanto no recrea al pie de la letra sino mediante la reinterpretación y el constante intercambio lúdico de sus personajes con ellos mismos o sus colegas y con el contexto, proyectándose a la actualidad, en lo que no deja de ser una verdadera «arte poética» y un metadiscurso en torno a la literatura y el teatro por los que se mueven.

La nueva lectura de Ramírez y su colectivo apuesta por el habitual minimalismo que caracteriza generalmente su teatro, junto con la variedad de roles asumida por los actores; entre ellos sobresalen esta vez la joven Gabriela Ramírez (Cecilia) y Jorge Fernández Riverón (Cándido); Edgar Medina (alternando a Leonardo y Pimienta) proyecta un engolamiento en su voz que afecta el desempeño del actor en ambos papeles.

Vale apuntar como indudables méritos la fluidez dramática, la semantización del vestuario y decorados (el color blanco que llena tales rubros) y la notable utilización del espacio en el escenario de su sede, la sala Raquel Revuelta.

Con Harry Potter, se acabó la magia, Carlos Díaz y El Público se anotan otro fuerte gol. Flamante ganadora de los Premios Villanueva que otorga la crítica teatral cubana, la puesta se apoya en un texto de Agnieska Hernández, quien a su vez parte de la célebre criatura concebida por J.K. Rowling llevada en forma de saga al cine con el conocido éxito, aunque también están presentes otros textos literarios y fílmicos (como Alicia en el país de las maravillas) junto a referentes culturales varios (canciones populares, dichos, cantos folclóricos, etc.).

Pero, faltaba más, la perspectiva de la dramaturga y el director es apenas pretextual: se trata realmente de una indagación fuertemente metafórica en torno a temas y problemas que implican a la juventud (y por extensión, al país todo) aquí y ahora, que partió de previas indagaciones e investigaciones de (en torno a) un grupo de jóvenes actores recién graduados en la ENA que a la vez asumen los intercambiables roles.

De fuerte impronta documental, nutrida por una autoreferencialidad que enriquece la proyección histriónica (de parejo nivel, aunque descuella la fuerza y ductilidad de César Domínguez), este mago tropical y sus colegas andróginos discursan y reflexionan sobre aspectos que en escena dejan de ser meras abstracciones para tornarse carne y hueso de la realidad: patria, nacionalidad, migración (incluyendo la interna), identidad, historia, educación, avances tecnológicos (principalmente la internet y la telefonía), (anti)valores y mucho más se concretan en los pasajes recreados con una estética fiel a la del grupo que representa: reciclaje del kitsch, mezcla posmoderna de «alta» y «baja» cultura(s), confluencia de tonos (humor/gravedad)…

Mas, sin en esto último la obra sale airosa, no siempre lo consigue cuando transita desde su frecuente postura tropológica a otra diametralmente opuesta en tanto realista (y a veces hiperrealista) sobre todo en el desenlace, cuando se siente mucho más áspero, brusco el contraste, algo que Agnieska debiera repensar y reformular.

Sobresalen en la puesta el diseño de espacio sonoro a cargo de David Guerra (quien también asiste al director), dada la importancia diegética de este elemento en el discurso; el vestuario de la cada vez más acertada Celia Ledón; la asesoría coreográfica de Sandra Ramy (son fundamentales los movimientos de los actores, configurando una especie de ballet solo en apariencia espontáneo) y la escenografía, que recrea en verdadera correspondencia dialógica la obra plástica de Pablo Rosendo, algo en lo que aporta no poco el diseño gráfico de Roberto Ramos.

Magia también brota de los versos y el teatro del andaluz universal García Lorca, a quien Teatro Gaviota homenajea con su puesta Federico siempre, en versión y puesta de Lilian Dujarric en la sala El Sótano.

Acierta la directora en combinar de modo coherente y con indudable vuelo plástico (gracias al vestuario, la escenografía y el movimiento escénico, donde sobresale la coreografía de Laura Domingo) piezas claves en la escena lorquiana (Mariana Pineda, La casa de Bernarda Alba y Doña Rosita la soltera, fundamentalmente) así como segmentos del rico patrimonio lírico de quien sigue siendo uno de los más grandes dramaturgos y poetas de España.

Aun cuando la banda sonora (de la misma Dujarric) se suma a la consecución de la atmósfera y el universo del sublime andaluz, mediante hermosas canciones la mayoría interpretadas por Ana Belén, hubiera sido muy pertinente incorporar la música de Lorca, que no poco brilló en este rubro, sin embargo, y lamentablemente, poco conocido: es una sugerencia para futuras puestas.

Por otra parte, no se aprecia un parejo nivel actoral; hay fragmentos de obras, personajes, momentos que se sienten endebles pues no encuentran la fuerza que se requería de esta o aquella actriz. Sin embargo, ello no puede eclipsar, afortunadamente, el alcance y la valía del trabajo realizado esta vez por Teatro Gaviota en tan sentida y hermosa reverencia al inmenso, inmarcesible y cada vez más vivo Federico García Lorca.

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