Juventud Rebelde - Diario de la Juventud Cubana

Ser martiano y fidelista ha sido, para mí, el único modo de ser feliz

Palabras del Dr. Armando Hart Dávalos con motivo de su elección como figura homenajeada de la 26 Feria Internacional del Libro. Exclusiva para JR

Autor:

Armando Hart Dávalos

Desde que tengo uso de razón y a lo largo de mi vida, una de las cosas que más disfruté fue trabajar con la Política y con las ideas, y eso siempre me hizo muy dichoso. Me he sentido muy honrado de poder ejercer el oficio de político al modo revolucionario, porque he sido y soy un político, que se ha orientado por la tradición de Martí y por el genio político de Fidel, a quien me uní en la razón y los sentimientos, desde que lo conocí, cuando era un estudiante universitario a fines de la década del 40 y comienzos de la del 50 del pasado siglo.

Siempre he afirmado que no soy escritor, soy acaso un hablador, que ha hablado mucho y desearía seguir hablando mucho, aunque, desde luego, también escribo, y siempre que escribo, lo que tengo presente son las realidades políticas que debo enfrentar. Nunca me ha movido un afán especulativo, sino conocer y abordar situaciones concretas y sigo trabajando, porque yo no me voy a cansar.

Por lo que comprenderán ustedes que quedé completamente sorprendido con la noticia de esta nominación, la que acepto desde la humildad, y agradezco con ferviente pasión revolucionaria, pues lo que significa para mí recibir un reconocimiento de esta naturaleza, es continuar trabajando con el propósito de entregarles las ideas que tengo desde que me involucré en la lucha contra la dictadura, tras el golpe de Estado. Y ese pensamiento no ha hecho otra cosa que enriquecerse a lo largo de todos estos años, al articularse con lo anterior, porque lo que ha andado de por medio no ha sido otra cosa que la sagrada memoria histórica y la continuidad de los procesos sociales, políticos y culturales cubanos en su aspecto más amplio.

A estas alturas, con certeza les puedo afirmar que si mis papeles valen para algo, es porque mi vida ha estado dividida en dos etapas fundamentales: antes y después de conocer a Fidel. No olvidemos que he formado parte de una Generación que irrumpió en la vida política de nuestro país tras la búsqueda de la justicia para todos, por lo que muy particularmente para mí todo comenzó como una cuestión de carácter moral.

Recuerdo que los sucesos del 10 de marzo de 1952 marcaron un momento decisivo en ese rumbo que nos condujo a ambos a encontrarnos en una estrecha comunidad de ideas y fueron ensanchándose poco a poco en la medida en que se percataba —junto a otros valiosos compañeros en medio de la insurrección— de haber encontrado, finalmente, el liderazgo ético que por tanto tiempo habíamos buscado afanosamente, en un país que en esos momentos se debatía entre el desconcierto y la frustración.

El 26 de julio de 1953 fue para mí la confirmación heroica de todas aquellas ideas y elevó ante nosotros la figura de Fidel y de los aguerridos jóvenes que lo acompañaron a «tomar el cielo por asalto». Esos eran, definitivamente, el líder y el movimiento al que aspirábamos, el que Cuba necesitaba y dentro del cual valdrían la pena los mayores sacrificios, incluidos el de entregar la vida misma a la causa de la libertad y la justicia para el pueblo cubano.

Sin embargo, todavía estaba muy lejos de imaginar lo que el destino y la lucha me deparaban al respecto, e incluso entonces, no podía suponer que Fidel sería capaz de llegar a ser la figura central, el organizador y el jefe de la Generación del Centenario, trascendiendo, incluso, nuestras fronteras nacionales y proyectándose hacia América Latina, el Caribe y el resto del mundo.

Pero no podía ser de otra manera, porque ese hombre que concibió, encabezó y ha defendido inteligentemente y sin vacilación alguna la obra gigantesca de la Revolución Cubana, estaba llamado a ser —en el convulso universo de hoy— un elevadísimo y poco común ejemplo de ética, cultura, seguridad, experiencia  y firmeza de principios: todo ello en una sola pieza.

Para mí, en lo personal, como para todo el pueblo cubano y los demás pueblos que luchan contra la injusticia y la barbarie, es motivo de legítimo orgullo, haberlo conocido, seguido y acompañado, aprendiendo de sus decisiones y sus orientaciones oportunas y acertadas, desde la segunda mitad del siglo XX hasta hoy. Y si tuviera que resumir cuál es —a mi juicio— su rasgo más característico, diría que es su pensamiento ético. El que demostró y puso a prueba en los momentos más difíciles, desde los tiempos del Moncada, hasta que se convirtió en la fuerza esencial de la Revolución.

No olvidaré jamás que Fidel, fue ese hombre bueno y con decoro, que llevó a José Martí en la mente y en el corazón toda la vida y fue su mejor y más aventajado discípulo y continuador; porque enriqueció como nadie sus ideas, con el conocimiento y las vivencias de la práctica política y Fidel, fue también, el hombre que llevó en su privilegiada conciencia toda la ética y sabiduría política que faltó en el siglo XX.

Les puedo afirmar que en mis papeles no he tenido que aclarar o suprimir nada esencial, y encuentro que tienen hoy mayor vigencia e interés político que incluso cuando los escribí originalmente.

Acepto de buen grado la difusión de mis papeles, y se lo agradezco también a esta Feria del Libro, porque ello constituye para mí un deber, en primer lugar en homenaje a tantas y tantas gentes que han estado presentes en el corazón de la patria y en su genuina defensa desde aquella década del 50, cargada de espiritualidad.

Cuando la política se toma en serio hay que asumir las coyunturas y situarse por encima de sus contingencias menores. Debe poseerse una inmensa serenidad y paciencia para enfrentarla con éxito. ¡Qué difícil resulta muchas veces!...

La Revolución cubana fue la primera de inspiración socialista que triunfó en Occidente; la proeza es mayor cuando se toma en cuenta que en los casi 60 años transcurridos desde entonces, estuvieron marcados por el declive del socialismo en Europa Oriental y en la URSS. Me hice fidelista, porque Fidel ha sido capaz de defender y materializar con dignidad y talento los paradigmas éticos y democráticos revelados en esa tradición patriótica. Más de seis décadas completas, contadas desde el Moncada hasta hoy, no se borrarán jamás de la historia de Cuba, América y el mundo. La Revolución cubana significó un aldabonazo en la conciencia universal.

Es esta la lección más importante que me ha dejado la Revolución de Fidel y es la que me ha deseado subrayarles a ustedes, a propósito del gran honor que han dispensado, con el que renuevo y reitero mi más sincero agradecimiento al Comité Organizador de la Feria y a los colectivos de las eficientes editoriales del Instituto Cubano del Libro con las que ya estoy trabajando, como el soldado que seguiré siendo de las ideas de Martí y de Fidel.

Muchas gracias.

Comparte esta noticia

Enviar por E-mail

  • Los comentarios deben basarse en el respeto a los criterios.
  • No se admitirán ofensas, frases vulgares, ni palabras obscenas.
  • Nos reservamos el derecho de no publicar los que incumplan con las normas de este sitio.