Mirón de una ciudad desnuda

Este sábado se hizo oficial la entrega del Premio Nacional de Ciencias Sociales 2016 al Doctor Eusebio Leal

Autores:

Darcy Borrero Batista
Alejandro A. Madorrán Durán

Contar una ciudad. Desnudarla. Encontrar su poesía. Quizá sea ese el gran aporte de Eusebio Leal, el hombre que anda La Habana con cautela, sin prisas, como quien busca en ella, a cada instante, algo más. La ha descubierto con pasos de enamorado sobre la piel pavimentada hasta llegar a su corazón, garganta y vísceras. El ojo no ha sido el de un historiador cualquiera, sino el de un voyeur que le descifra los huesos, las várices, las úlceras, y también la sonrisa. El ojo de quien se ha ganado, «por sus aportes a la historiografía cubana», el Premio Nacional de Ciencias Sociales 2016.

Cuesta creer que ese voyeur ilustre, capaz de hablarle al oído durante horas, capaz de enamorarla con palabras complejas, haya obtenido el sexto grado en sus calles, a los tardíos 16 años. Cuesta creer que el hombre impoluto, que ahora viste de traje y es aclamado por universidades para entregarle títulos Honoris Causa, haya emprendido su viaje de forma autodidacta.

No ha sido sencillo, claro. Como retrata en el libro de estampas Fiñes (Editorial Boloña), la historia comenzó a partir de su infancia en La Habana, en las calles mil veces recorridas, en cada maravilla descubierta por su mirada de niño lleno de asombros, que siempre nos recuerda que el Caribe es realismo mágico.

En esta isla vio aflorar cosas que hoy nos parecen muy naturales, pero antes se juzgaban obras de magia: el hielo, el circo, la televisión. «Un día descubrí que los niños reservaban un tesoro más importante (que juguetes como un león de cartón, un arco, una flecha)», escribió luego Leal, en referencia directa a aquellas «obras de magia».

«Había un cuarto donde existía una biblioteca infantil. Y allí estaban los maravillosos tomitos que disfruté leyendo sobre el frío del suelo, antes de ir a la biblioteca pública de la Sociedad Económica de Amigos del País, no sin antes pasar por el misterioso portón, cubierto por el florido jazmín de cinco hojas, en la casa de Alfredo Ornedo, a quien esperábamos todas las tardes los fiñes para pedirle aquella especie de tributo que el que fue pobre alguna vez quería dar a los niños del barrio. Se abría el portón, pasaba aquel hombre de tez trigueña y pelo blanco, traje gris listado, y nos iba entregando los medios (cinco centavos) republicanos envueltos en un paquetico que todavía recuerdo...».

Más tarde, su predecesor Emilio Roig empezó a confiarle los secretos de La Habana cuando lo acogió entre los jóvenes interesados por la historia. Ello le abrió el camino para estudiar, en la Colina universitaria, la Licenciatura que lo llevaría a convertirse, varios años después, en historiador de la ciudad.

Eusebio ha hecho honor al título, pero no de una forma estridente. Lo ha estado haciendo desde la libertad de las sombras porque, cuando se apaga el Sol en la ciudad, se encienden los edificios, las alamedas y los parques restaurados por él y su equipo, bajo el sello de la Oficina del Historiador.

Sin embargo, inútil sería, sin insistir en su construcción simbólica de bienes culturales, exaltar los logros en materia cultural del también Maestro en Ciencias Arqueológicas y en Estudios sobre América Latina, el Caribe y Cuba. Si deslumbrante resulta la obra de restauración y conservación del patrimonio citadino que transformó a La Habana en Ciudad Maravilla 2016, insoslayable ha sido, por muchos años, la voz que cuenta La Habana y todos escuchamos.

Asimismo están los libros de Eusebio. Regresar en el tiempo, Detén el paso, caminante; Verba Volant y, especialmente, el proyecto presentado entre la Oficina del Historiador de La Habana y Google hace muy poco tiempo: un documental sobre José Martí en 3D.

Eso no es todo, por supuesto… una vida y obra tan amplia y sólida no puede ser escrutada en unos pocos párrafos. Su hoja de vida está en internet para verificar fechas, premios, homenajes. Seguramente allí pueden leerse su trayectoria, sus cargos públicos e, incluso, una sarta de referencias tomadas de entrevistas, programas televisivos, artículos y libros.

Lo que no dirán es que Eusebio, miembro de la Academia Cubana de la Lengua, ha tenido una especie de llave mágica para abrir la ciudad y, desde muy adentro, observarla. Como un voyeur que no quiere violar algo sagrado, pero al propio tiempo adivina, con visión entrenada, lo más intrincado de sus cavidades. Como un Mirón (griego) frente a la ciudad desnuda que, a través del Premio Nacional de Ciencias Sociales y Humanísticas, distingue «una obra vital en la restauración y la historiografía del patrimonio cultural cubano».

Foto: Roberto Suárez

Todo se lo debo a la Revolución

El Premio Nacional de Ciencias Sociales y Humanísticas 2016 le fue entregado este sábado a Eusebio Leal Splenger, en la sala Nicolás Guillén de La Cabaña, en medio de la 26ta. Feria Internacional del Libro de La Habana 2017.

Frente a un numeroso auditorio, en el cual se encontraban el titular de Cultura, Abel Prieto, y Juan Rodríguez Cabrera, presidente del Instituto Cubano del Libro, Ana Andrea Cairo Ballester y Aisnara Perera Díaz, en su función de integrantes del jurado que le otorgó tan importante distinción, resaltaron la gigantesca impronta del Historiador de La Habana.

El acta del tribunal señaló tres ejes imprescindibles para valorar el legado de Leal: su labor pedagógica, su trabajo en pos de la conservación y rehabilitación de la capital, y su «aporte a la transformación humana y a la consolidación de la identidad nacional».

El premiado, con su inconfundible y elegante oratoria, comentó que lo habían sorprendido con la noticia, y que «no invocando aquello de que no lo merezco, no lo quiero, porque sería un insulto al jurado», había recibido con «agradecimiento profundo» el reconocimiento, que había llegado «en un momento importante» y que «hablaba de su trayectoria profesional».

Quien también ostenta el título Doctor Honoris Causa de 15 universidades cubanas y extranjeras, expresó que «todo se lo debo a la Revolución», en la cual creció, profesional y humanamente, y en cuyo proceso tuvo la oportunidad de ser discípulo de Emilio Roig de Leuchsenring, y del Comandante Fidel, quien siempre lo apoyó en su firme decisión de engalanar La Habana, como resguardo también de la cultura nacional.

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