¿Concursos en el arte?

A pesar de lo subjetivo de sentenciar en el campo del arte, los concursos pueden significar una vidriera expositiva de talentos a desarrollar en el futuro, cuando se trata de jóvenes prometedores

Autor:

Ismael S. Albelo

Nunca he sido amante de los concursos ni tampoco confío demasiado en sus sentencias, a pesar de haber participado como jurado en varios nacional e internacionalmente. Creo, sin embargo, que la competencia puede acelerar el desarrollo y ser válida mientras se realice con espíritu de superación, no de contingencia.

Admito, y sí lo acepto, en casos como el deporte, donde la competencia destaca al que vence contundentemente o llega primero a una meta… aunque en nuestros tiempos, entre el doping y los sobornos tampoco aseguran limpieza.

Donde sí no creo efectivo los concursos es en el arte, en cualquier arte. El nivel subjetivo de esta manifestación de la cultura hace que los veredictos de estas competencias puedan ser injustos o tendenciosos, por tanto injustos. Muchas veces me he preguntado: ¿cuál hubiera pasado en una bienal en la Florencia renacentista donde contendieran Da Vinci, Miguel Ángel y Rafael; o en una de composición musical donde participaran Chopin, Wagner, Lizst y Berlioz; u otra de canto, con Callas, Tebaldi y Simionato; u optaran por tres medallas Anna Pávlova, Tamara Karsavina y Vera Karali en ballet?

No obstante, los concursos pueden significar una vidriera expositiva de talentos a desarrollar en el futuro, cuando se trata de jóvenes prometedores, y en el medio capitalista, donde el mercado del arte es tan inestable que enrumba según sople el viento de modas y modos de las épocas y los negocios, pudiera ser un vehículo para que un desconocido sea descubierto por un marchand, lo capitalice y le saque el partido económico… y el talento brille unos años en los teatros del mundo.

Los llamados reality shows son abundantes hoy día en las televisoras, sobre todo en países donde la industria del entretenimiento prepara el público con ganchos propagandísticos efectivos, que operan sobre la sicología de las multitudes con estudios eficaces para obtener más ganancias que avances artísticos. ¡Este mundo globalizado trata de homogeneizar al receptor… con lamentables consecuencias!

Bailando en Cuba fue anunciada como salvadora del baile popular cubano de parejas, con los ritmos tradicionales surgidos en nuestra Isla, bendecida por la música y la danza: el cubano no aprende, nace bailando. Al menos este fue el mensaje inicial del show.

Las noches de domingo han resplandecido, después del Sonando en Cuba, y de cierto modo se ha salvado ese día de la semana en la pequeña pantalla. Esa competencia anunciaba como ganancia: profesionalizar a los «aficionados», grabar discos, compartir giras internacionales y actuaciones con famosas orquestas cubanas. Sin embargo, la misión de Bailando en Cuba no ha quedado clara: ¿rescatar las parejas de baile para los medios, como antes las profesionales de Juliette & Sandor, Christy y Tomás o Luisita y Gustavo; o la mezcla de profesional y aficionado, como Gladys y Antonio, Rosendo y Caruca; o completamente aficionada como Ana Gloria y Rolando, Haydée y Colina o Silvio y Ada? Entiéndase como «profesional» aquel con estudios de danza; y «aficionado», el empírico que se «profesionalizaba» con la práctica escénica.

Los coreógrafos han desplegado su talento en selecciones completamente profesionales para parejas «mixtas», clara desventaja para quienes no pueden alcanzar la perfección técnica que solo se obtiene con un entrenamiento de años para llevar el cuerpo al límite de sus posibilidades ¡y un poco más allá! Ha habido coreografías de complejidad profesional, resueltas… pero imperfectas.

No se ve el danzón-danzón, ni la rumba-rumba, ni el mambo-mambo, todo está pasado por una poética hecha para la escena, no para la espontaneidad del baile libre, salvo en los últimos momentos de improvisación, cuando la cámara se mueve televisivamente pero el espectador apenas puede apreciar el movimiento.

A pesar de esto, Bailando en Cuba constituye un espectáculo funcional para dos horas de la noche dominical ante el televisor familiar, que promueve intercambios, opiniones diversas, lo que puede verse en los foráneos reality shows. Estos espectáculos, en concordancia con los presupuestos culturales, pueden llenar el vacío de nuestros fines de semana, pero como «competencia» necesitan definir su objetivo final, y si de danza se trata, lograr que la cámara se incorpore a ella, no que le sirva de pretexto para componer un producto televisivo contemporáneo. Recuérdese que estamos Bailando en Cuba.

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