Cuatro textos para un diccionario

Eva y sus ayudantes suman un expresivo audiovisual que contribuye admirablemente a la recreación de la atmósfera que rodea y oprime a la heroína

Autor:

Frank Padrón

Todo texto remite a otro(s), y así hasta el infinito, decía el teórico de la literatura Roland Barthes. Pero no es menos cierto que en algunos casos, esa intertextualidad es explícita.

Por ejemplo, Desamparado, una pieza teatral de nuestro coterráneo Alberto Pedro inspirada en la novela El Maestro y Margarita, del ruso Mijaíl Bulgakov, quien a su vez partió del Fausto, escrita por el alemán Goethe.

En todos esos textos, con sus esperadas variaciones, el motivo central es el mismo: el diablo forcejeando para comprar el alma de un ser humano, que finalmente cede deslumbrado por la inmortalidad prometida.

Alfredo Reyes con su grupo Teatro Espacio llevó a escena recientemente el drama del cubano, y una vez más Mefistófeles (aquí nombrado Voland) pugna porque el Maestro, y su joven discípulo Desamparado mejoren presuntamente vidas signadas por la desgracia, mientras Fagot-Margarita (nada gratuita su nominación musical) da las notas en un pentagrama caótico, dentro de un manicomio que simboliza el propio mundo.

El nuevo texto —la lectura de Reyes— implica un minimalismo sustancioso, que pone a rotar elementos dentro de un espacio reducido que se ensancha desde una conceptualización rica, dialogando sutilmente con los espectadores.

La dinámica escénica obliga a un sentido coreográfico del movimiento actoral, que incluye segmentos cantados; pocos recursos en función de un discurso henchido de significados múltiples, nada fáciles, pero que apuntan a una poetización de alto vuelo.

Director, técnicos y actores han entendido el hipertexto que remite a los anteriores abordajes, sedimentando el nuevo con matices muy contemporáneos: el propio Alfredo, Rafael Reyes, Raysman Leyet, Lilaynen Morales y Elizabeth Nande entregan labores matizadas y seguras.

Otro texto, desafiante y tenaz, tejió la española María Moliner (1900-1981) durante casi un siglo: el Diccionario de uso del español, alternativa al mucho más famoso, pero un tanto rígido y anquilosado que significaba el DRAE (de la Real Academia). A esta mujer ejemplar rinde tributo la pieza El diccionario, del arquitecto y dramaturgo Manuel Calzada, premio nacional de Dramaturgia española 2014.

Paisana suya y de la Moliner, la actriz Eva González (quien reside en Cuba desde 1990) se une al homenaje y lleva a escena la obra en un apartamento de 11 entre 16 y 18, con entrada libre.

De encomiar en el montaje resulta la economía de recursos que en una pequeña habitación y poco más reconstruye, rememora la casa del matrimonio donde la bibliotecóloga y lexicóloga fue tejiendo pacientemente su monumental obra, con el apoyo pero a veces, el desespero de su esposo; la consulta del médico que la asistió en la arteriosclerosis cerebral que iba avanzando lenta pero indetenible, y hasta el rincón de la Academia donde la también filóloga pronunció su despechado discurso ante el rechazo de la prestigiosa institución.

Eva y sus ayudantes suman un expresivo audiovisual que contribuye admirablemente a la recreación de la atmósfera que rodea y oprime a la heroína: aquel franquismo obcecado, y toda una sociedad cómplice en la discriminación de género y el dogmatismo imperantes.

Música, sonido, iluminación sencillas pero eficaces se suman a la empresa, aunque nada serían sin los meritorios desempeños de los actores: la propia Eva, Roque Moreno y Yasmamy Guerrero.

Cuatro, de Matanzas, es otro de esos títulos a los que no hay que faltar en la actual temporada. A caballo entre la danza y el teatro, o como sus creadores lo han llamado acertadamente —«teatro coreográfico»— la pieza une a cuatro personalidades: el dramaturgo José Jacinto Milanés, la cantante Rita Montaner, el músico Ernesto Lecuona y la heroína Haydée Santamaría.

¿Qué tienen en común esos seres en apariencia diversos, protagonistas de vidas y trayectorias no precisamente semejantes (amén de las coordenadas artísticas que los unieron, porque aun la luchadora revolucionaria, como sabemos, dirigió la Casa de las Américas)?

Las maletas que ellos portan y mueven en escena resultan un símbolo elocuente y por ello muy bien elegido: en ese equipaje cargan un mundo de soledades, de dolores y obsesiones pero a la vez de potencialidades, proyectos de vida y obra emprendidos y en buena medida realizados, aun cuando en algunos casos resultaran truncos.

Admira el modo en que Yadiel Durán Bencosme (quien obtuvo por esta obra la Beca Santa Camila de la Habana Vieja), Rubén Darío Zalazar, María Laura Germán y Zenén Calero (responsables de la puesta en diversos rubros) logran mixturar las personalidades convocadas y sus historias. También aquí la intertextualidad es decisiva: a los testimonios de algunas de las figuras abordadas se unen obras importantes de sus autorías o muy vinculadas con ellas (Don Juan Tenorio, de José Zorrilla o el poema El beso, junto a relecturas de La fuga de la tórtola, ambas de Milanés o de Parece blanca, de Abelardo Estorino).

El texto crece con el movimiento danzario y la música (en un espectro no menos variopinto que va de Lecuona y Anckerman a Edesio Alejandro y Los Muñequitos de Matanzas, pasando por Miguel Matamoros y Carlos Puebla) para armar un discurso coherente y enriquecedor que establece sutilezas, vasos comunicantes, reflexiones: esas que se lleva uno consigo al finalizar la obra, donde las luces, la perspectiva semántica del espacio y las actuaciones llevan un peso considerable.

Quizá haya ciertas zonas de los personajes que merecieran un tanto más de profundización (sobre todo en el caso de Haydeé, perfectible por su joven actriz Anis Estévez) pero lo apreciado lleva el sello indiscutible de la plenitud estética.

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