La danza me eligió

Acosta Danza es una puerta inmensa abierta de par en par; atravesarla es encontrar todo aquello que sueña un bailarín, es como un alivio, como respirar aire puro, asegura Julio León, integrante de la compañía que este fin de semana ocupa la sala García Lorca del Gran Teatro de La Habana Alicia Alonso

Autor:

José Luis Estrada Betancourt

Se llama Julio León y es un bailarín sencillamente extraordinario, una estrella. Lo «fichó» Carlos Acosta, por decirlo en términos deportivos en honor a que a través de la gimnástica se encontró por «inducción» con la danza, para regocijo del arte cubano. Pero mejor que él mismo sea quien lo cuente:

«Practiqué gimnástica en Manzanillo, el municipio donde nací, pero mi entrenador se ausentó para cumplir misión en Venezuela y me quedé en “el aire”. Por esa razón me trasladaron a la capital provincial. Como mi profesor de Bayamo era un bailarín frustrado, cuando se regó que se estaban haciendo captaciones, me embulló. Cursaba yo el sexto grado.

«Esas vacaciones se convirtieron en las más tristes de mi vida», confiesa a JR uno de los protagonistas este domingo de piezas como El cruce sobre el Niágara, de Marianela Boán; y Anadromous, de Raúl Reinoso, que conforman el programa de la Temporada de primavera con la cual Acosta Danza celebra el primer aniversario de su debut escénico, en el Gran Teatro de La Habana Alicia Alonso.

—¿Y por qué tanta tensión?

—Mira, yo me «alejé» de mi casa desde que tenía seis años. Mi mamá me dio la libertad para decidir por mí, pero esta carrera fue algo complicada para toda la familia, comenzando por mi abuelo, que era extremadamente machista. Los amigos que se presentaron conmigo me llamaban para que no me fuera a «rajar», pero yo andaba muy preocupado pensando qué iba a hacer con mi vida.

«La salvación fue mi profesor Eugenio, más conocido por “Quito”, que llamó a mi mamá: “Xiomara, deja que el niño pruebe un mes. Si no se siente bien que regrese a la gimnástica. Aquí lo recibiremos con los brazos abiertos”. La convenció. Entré a la escuela y me encantó, de modo que me quedé en la danza.

«Te imaginarás que hasta ese instante no tenía conciencia de nada. Dice mi mamá que cuando chiquito ponían ballet en la televisión y yo me quedaba lelo mirando aquello mucho tiempo. Seguramente estaba muy dentro de mí. De cualquier manera fue una decisión que tomé a muy poca edad, pero que me cambió la vida para siempre, la más trascendental que he tomado. Desde que descubrí la danza dije: esta es mi vida, este es mi mundo».

—Becarse desde los seis años debe haber sido un poco traumático...

—¿Qué decirte? A mí me encanta estar rodeado de amigos y cuando estás becado eso es lo que se te «sobra». Por supuesto que resultó fundamental el apoyo enorme que me brindó mi madre. Nosotros vivíamos en Manzanillo y yo estudiaba en Bayamo, pero ella poseía una agilidad increíble para moverse. No me explico cómo lo conseguía. Solo sé que yo decía: «Ay», y a los tres segundos estaba a mi lado. Así lo hizo invariablemente en momentos de felicidad y de tristezas. Lo mismo debo decir de mis profesores que no escatimaron cariño ni atenciones, eran como mis padres. Esa experiencia me enseñó mucho, me preparó para la vida. Le agradezco a mi madre que me haya dejado dar ese paso.

—Parece que con la danza todo te salió bien desde el principio...

—Y lo más bonito: apenas necesitaba esforzarme. Hacía las pruebas y obtenía muy buenas calificaciones sin coger ninguna lucha. Con 15, 16 años, me percaté de que si me esforzaba un poquito podía conseguir casi milagros, a pesar de que no hacía ejercicios por las noches como mis compañeros. Ellos sudando y yo andaba bañadito, con olor a colonia.

«Confieso que en los inicios tomé a la danza como un hobby, pero no fue difícil entender que se me daba fácil. A medida que crecía me gustaba más y más, hasta que llegó un momento en que bailaba y se me llenaba todo el pecho. También empecé a recibir el apoyo de mi mamá en relación con la danza, que al principio estaba un poco reticente. Para esa fecha ya había interiorizado que la carrera de gimnasta es muy corta, que debes ser un “monstruo” para llegar a las olimpiadas, y que posiblemente me quedaría de entrenador o de profesor. Entonces me dije: “Si la danza me eligió, no hay nada más que pensar”.

«El pase de nivel lo realicé en mi propia escuela. Te juro que ni siquiera estaba enterado de cuándo me tocaba hacer la prueba. ¿Me crees si te cuento que la profesora Martica tuvo que salir a buscarme para que hiciera el examen de Composición? Me regañó fuerte: “Julio, pero, ¿cómo vas a estar así acostado en el tabloncillo?”. Es que me sentía tan a mis anchas..., porque también la preparación era muy buena. Eso de las pruebas lo veía más bien como una diversión, como si de pronto llegara visita a mi propia casa».

—¿El nivel medio también lo hiciste en Bayamo?

—En parte, porque en el tercer curso nos vimos obligados a trasladarnos hacia Guantánamo, porque había problemas con el claustro. El inolvidable Alfredo Velázquez, el mejor maestro del mundo, dijo: “Ese grupo me lo llevo para mi provincia”, y con esa decisión se nos abrió el universo. Desde ese momento me sentí profesional, porque Alfredo me brindó todas las oportunidades de crecimiento: nos empezó a montar coreografías, nos ponía a bailar en cuanto lugar aparecía, él mismo nos impartía clases, mientras lograba que Ernesto Llewelyn, director de Babul, nos diera Folclor; en tanto Ladislao Navarro, al frente de Danza Fragmentada, se encargaba de Composición, por ejemplo.

«Es decir, que era un claustro de lujo el que nos formaba. Ir para Guantánamo fue un regalo. A Alfredo Velázquez lo tendré siempre en un altar. Que él llegara a mi carrera fue esencial».

—¿Entonces te quedaste en Danza Libre, su compañía?

—No, ocurrió que me preparé para un concurso coreográfico que se organizaba en Guantánamo. Un amigo creó un solo para mí, con el cual alcancé el premio de interpretación. Con las obras galardonadas se armaba luego una más grande y con esa se participaba en un certamen en Camagüey. Por lo tanto mi solo clasificó.

«En la competencia al parecer le dijeron a Miguel Iglesias que me observara con atención. Cuando terminé de bailar me informaron que el director de Danza Contemporánea de Cuba (DCC) deseaba conversar contigo. ¡Ya sabrás cómo me puse! ¿Miguel Iglesias? ¿Danza Contemporánea de Cuba? ¡Los admiraba tanto!

«Ten en cuenta que cuando DCC se presentó en Bayamo, yo no me perdí ni una sola función. Así que cuando me propuso: “Quiero que pertenezcas a mi compañía”, no lo pensé dos veces.

«Esa fue otra decisión muy importante, porque ya no me estaba alejando hasta Bayamo, ahora me movía para La Habana, a cientos de kilómetros, pero acepté. Miguel Iglesias le aseguró a mi mamá que yo iba a estar en buenas manos, que no se preocupara, y no mintió. Primero nos acomodó en una residencia para que no tuviésemos que pagar alquiler (eligió a tres de nosotros), y luego puso DCC a nuestra disposición, que resultó una escuela excepcional.

«¿Qué me pasó el primer día? Que no calenté y pasé tremenda pena al lado de aquellos bailarinazos, de esos grandes que había admirado en los videos y en las funciones. Por tanto me empecé a preparar muy bien, a trabajar muy serio con muchos coreógrafos invitados... Soñaba con viajar, con conocer otros países, presentarme en escenarios del mundo. Me afinqué fuertemente, pero ocurrió una tragedia que me marcó: una semana antes de la anhelada gira me lesioné en una rodilla, a la edad de 18 años. Entrar en DCC fue una gran alegría, como integrar ese elenco, pero no poder compartir con él en otros países, fue traumático. Estuve tres meses sin bailar, viendo cómo resolver aquel problema hasta que terminó en operación.

«No olvido que regresaron y me incorporé. Tuve que esforzarme al máximo para volver a entrar, aprender a trabajar con una lesión y seguir adelante. No podía estancarme otra vez, no me lo podía permitir. Por eso fue tan duro ver pasar el avión en el que mis compañeros se iban. Tremendo bajón, porque me había “reventado”. Es la manera de destacar en DCC y yo lo había hecho. Imagínate: mis ilusiones se fueron a pique. Cierto que luego conocí muchos países, pero en aquel entonces...

«Sin dudas, acabé de formarme en DCC, que es la mejor compañía de danza y escuela que existe en Cuba. Eso es innegable, yo la aproveché y le agradezco por lo que soy.

«Me gustaba mucho el modo de ser de los bailarines fuera y dentro del salón, eran amigos. Recuerdo especialmente a Jenny Nocedo, a quien le decíamos mamá. Yo era muy jovencito y ella me guió. Siempre me insistía: “Solo tú puedes decidir qué harás con tu vida, aquí lo puedes lograr”».

—¿Cómo tomaste la decisión de unirte a Acosta Danza?

—Duro. Noches sin dormir. Pero un día me levanté y decidí darle un cambio a mi existencia. Esta fue una decisión consciente, porque casi todo en mi vida ha sido como dejándome llevar, como si fueran cosas del destino. Sin embargo, esta vez no fue así.

«La compañía Acosta Danza es como una puerta inmensa abierta de par en par, atravesarla es encontrar todo aquello que sueña un bailarín, es como un alivio, como respirar aire puro. Creo que jamás me arrepentiré».

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