Cubanía en las tablas

El ISA dejó un rastro de puro talento sobre las tablas

Autor:

Frank Padrón

Mucho teatro y no poca danza hubo en los días y noches durante los cuales el ISA mostró cuánto talento se forma dentro de su recinto, mediante la octava edición, recién finalizada, del Festival de las Artes; también invitados de lujo como la compañía Danza Espiral, la cual llegó de su natal Matanzas para celebrar con estudiantes y público en general sus 30 años de creada.

Por cierto, la compañía que dirige la maestra Liliam Padrón funde de manera admirable ambas manifestaciones escénicas que señorearon durante el referido evento: danza y teatro. Sus acercamientos a Shakespeare (uno anterior, a su tragedia Otelo y el que presentaron aquí, en torno al no menos famoso Príncipe de Dinamarca) así lo atestiguan, mixturando de tal modo el baile con lo dramático (diálogos incluidos), que las barreras se hacen imperceptibles.

Clave cubana. Un estudio sobre Hamlet traduce en imaginativa coreografía, donde se mezclan con equilibrio lo clásico y lo contemporáneo, las principales coordenadas de la universal pieza, que como todo lo de su cada vez más cercano autor, sigue admitiendo relecturas, rescrituras y cuantas interpretaciones den vida nuevamente a sentimientos y pasiones que mantienen absoluta vigencia, como en los tiempos en que fueron llevados a la letra.

La de Liliam, con asesoría teatral de José A. Alegría, sobresale por su poder de síntesis para resumir los principales puntos de la pieza, con versiones muy originales de personajes y situaciones (digamos, cuando la suicida Ofelia duda al entrar en la muerte, representada por una puerta semiabierta, o el suelo sembrado de numerosas ratoneras aludiendo al decisivo intertexto teatral mediante el cual el protagonista remueve la conciencia del asesino y su cómplice, la reina) que echan mano también a un expresivo vestuario (con el rojo de color predominante en clara alusión a la sangre que tanto se derrama en el relato).

Pero la cubanía que expresa el título no es, por supuesto, gratuita: junto a la música esencialmente renacentista, hay boleros y canciones que recrean de un modo u otro la realidad insular, y pasos que conectan con nuestro acervo danzante, además de la participación de la propia Liliam —quien se reserva el papel de Gertrudis— en una simpática y criollísima anécdota de corte infantil, cuando una pionera irrumpe en medio de la trama en el siglo XVI. Tal «ruptura de sistema» no es en absoluto forzada, sino que entronca muy bien con el espíritu shakesperiano que pese a todo preside la puesta, como quiera que el Cisne de Avon, bien es conocido, gustaba de tales contrastes tonales, anacronismos deliberados y otras tantas licencias que justamente apuntaban a su sentido aglutinador, a esa suerte de anticipado posmodernismo que trasuntan muchos de sus relatos, al margen de su género.

Clave cubana. Un estudio sobre Hamlet, que obtuviera el Gran Prix Vladimir Malakhov a la Mejor puesta en escena y la Beca para su integrante Anisleydi Estévez en el Tercer Concurso del Atlántico Norte el pasado año, reafirma a Danza Espiral como uno de los colectivos danzarios (mejor sería decir: escénico, por todo lo anteriormente afirmado) más sugerentes y motivadores no solo de la Atenas cubana, a la que pertenece, sino de todo el país. Con las felicitaciones por este excelente montaje, por sus tres incansables y fructíferas décadas de labor, la esperanza de que no haya que esperar otro festival para tenerlos con más frecuencia por aquí.

Música y más

Hablando de amalgamas, de experiencias intergenéricas, Ludi Teatro cerró temporada con otro musical: Aprender a nadar, de la dramaturga alemana Marianna Salzmann, en versión y puesta de quien dirige el colectivo: Miguel Abreu.

Más que una muestra del género, el Director prefiere hablar de un «concierto-descarga entre amigos, donde los conflictos se lubrican fácilmente, redefiniéndose en otras actitudes», según reza el programa de mano; sin embargo, no es menos cierto que, como en anteriores montajes de Ludi, estamos ante una contribución evidente a la resurrección del musical, venido a menos durante tantos años, décadas incluso, pese a ilustres excepciones.

Con Aprender… asistimos, mediante un texto sustancioso (no hay que subestimar, ya se sabe, las posibilidades conceptuales y comunicativas de la comedia), a una reivindicación de identidades eróticas no heteronormativas: el lesbianismo, la bisexualidad, aunque mucho más allá, las relaciones eróticas y humanas en términos generales, con su complejidad y sus matices, que implican también el entendimiento con los padres (uno de los problemas más acuciantes ante las audaces pero riesgosas «salidas del clóset») y la legitimidad incluso de ampliar los términos de la relación —digamos, del clásico dos a la desafiante tríada— como una posibilidad de mayor realización sexual y ontológica.

La versión de Abreu rezuma simpatía y gracejo de principio a fin; sin perder un ápice de la seriedad que esos temas conllevan, incluso autopermitiéndose sanas dosis de frivolidad, la puesta divierte mientras estimula a reflexionar sobre esos y otros temas.

Se auxilia para ello de colaboradores muy eficaces, como el diligente Rafael Vega (productor), la diseñadora de vestuario Celia Ledón, que ha arropado a esas criaturas desde una perspectiva irónica muy a tono con las características del texto, algo extensivo a la escenografía, en la que colaboró con ella el Director.

Pero es obvio que la música resulta un significante decisivo en una obra como esta: intradiegética, en la guitarra y la percusión tan bien ejecutadas de Llilena Barrientos y Joel Martínez, también en background para que los actores canten sobre ella, o extradiegética, es de cualquier manera riquísima, mejor cuando apela al son y a la guaracha para acentuar la peculiar cubanía de conflictos, como se sabe, universales.

El elenco que me tocó trajo la revelación de la cantante lírica Teresa Yanet Pérez, no solo una voz de variados y envidiables registros, sino una actriz a tener en cuenta, junto con los ya conocidos y no menos talentosos Grisell de las Nieves y Francisco López.

Pieza que consolida el creciente prestigio de Ludi Teatro en nuestras tablas (sobre todo en este difícil género donde ha «aprendido a nadar» como pez en el agua), se impone una pronta, nueva temporada que los acerque a públicos aún más numerosos.

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