Tantos a favor del ocio eficaz

La telenovela de inclinación folletinesca, vinculada a códigos más o menos realistas, históricos e incluso policiacos, sigue siendo plato fuerte para la mayor parte de los televidentes cubanos

Autor:

Joel del Río

El entretenimiento televisivo se torna cada vez más diverso, en tanto continuamente se están desarrollando nuevas formas y variaciones genéricas para conseguir un esparcimiento rentable en términos culturales. Y si bien la introducción de nuevas modalidades puede reducir el impacto de las ya existentes, las viejas formas casi nunca desaparecen. Así, la telenovela de inclinación folletinesca, vinculada a códigos más o menos realistas, históricos e incluso policiacos, sigue siendo plato fuerte para la mayor parte de los televidentes cubanos, a pesar de que coexista con una decena de series de muy diversos países, estilos y aspiraciones.

Finalmente logramos colocar al aire un título de producción nacional, En tiempos de amar, que cuenta con el privilegio de representar lo cubano (según parece, al público del patio le agrada cierta dosis de verismo en sus seriados) dentro de un conjunto dominado, ahora mismo, por dramatizados muy profesionales, y de alto presupuesto, provenientes de Brasil y Colombia.

La excepcional superproducción Lado a lado (Rede O Globo, 2013) comparte horarios y canal con la nuestra, mientras que la muy movida, también contemporánea, Sinú, río de pasiones (Caracol Televisión, 2016) se programa después de la pelota, a la hora en que al juego le dé por acabarse, por Canal Habana, y goza del atractivo extra de actualizarnos sobre el desarrollo del talento cubano fuera de la Isla: Jacqueline Arenal, Jorge Cao y Abel Rodríguez.

Lado a lado muestra una suntuosa y detallista dirección de arte, sobre todo en cuanto al lujo realista de vestuario y escenografía, mientras que Patrícia Pillar (de pie) ofrece otra enorme caracterización.

Sobre En tiempos de amar se impone reconocer, por ahora, la satisfacción de comprobar el dominio y reciclaje intencionado de ciertos elementos folletinescos de universal arraigo por parte del director, Ernesto Fiallo, y de jóvenes escritores. Las tramas y subtramas urdidas por Eurídice Charadán, José Víctor Herrera, Serguei Svoboda y Alberto Luberta tienen la virtud de manipular códigos eternamente funcionales, y aplicarlos a los problemas de nuestra compleja actualidad, como la difícil convivencia de hermanos y hermanas de chocantes temperamentos e intereses, la pugna irreconciliable entre la malvada y la heroína (interpretadas con atemperado lucimiento por Yía Caamaño y Maikel Amelia Reyes), concuñas bajo el mismo techo y para colmo compañeras de trabajo y, además, surgen los altos y bajos de una pareja madura que se corteja entre tarimas del agromercado, el padre desconocido que vuelve del extranjero, el bueno en coma justo en el momento en que iba a castigar a la mala, los papeles incriminatorios casualmente perdidos…

Auxiliada por la lírica presentación de Leonardo de la Rosa y Fernando Pérez, y la hermosa canción de Raúl Paz; beneficiada por un vestuario y maquillaje que muy bien apoyan a los intérpretes en sus caracterizaciones, y por una edición que contribuye certeramente a que la historia jamás decaiga, En tiempos de amar está perjudicada, si solo mencionáramos dos dificultades, por la falsedad perentoria de la escenografía en las escenas de interiores, y por ciertos desniveles histriónicos apreciables cuando se compara a los intérpretes que viven sus personajes con aquellos otros que lanzan sus textos, como queriendo salir de ellos, y subrayan la zona más fácil de su personaje. Aunque debe decirse que, en general, el gran acierto de la telenovela consiste en el enriquecimiento provechoso y flexible de muy antiguos estereotipos.

Yía Caamaño con su Elena malísima, envidiosa, traicionera e interesada, de En tiempos de amar.

Acerca de la ingenuidad y el amor ilimitado de Felipe Guerra por su novia y esposa Lina María, y el triángulo que conforman ellos dos con Cristian, mejor amigo de él y amante de ella, se edifica mayormente la progresión de Sinú…, cuyo guion evidencia los fórceps de sostener en el tiempo la tensión de un conflicto secreto, pero obvio cual elefante blanco en medio de la sala. Así, varios personajes, especialmente Felipe y Lina María, pierden todo atisbo de credibilidad o lógica, convertidos en juguetes de una dramaturgia tendiente a llenar cierto número de capítulos, aunque se desvirtúe la inocencia y desinterés de él, y lo veamos transformarse, de manera lastimosa, en un imbécil, más que un trágico enamorado, mientras que la inseguridad y desorientación de ella devienen doblez y malicia. Tampoco ayuda el tratamiento monocorde, exterior y aletargado de los tres protagonistas: Carlos Enrique Almirante, Natalia Jerez y Mario Espitia.

Más allá del plano episódico del te-quiero-y-no-me-quieres, Sinú… cuenta con agilidad una trama de suspenso criminal y cariz policiaco; la fotografía y edición coadyuvan al dinamismo general de la acción; pintoresco resulta el empleo de exteriores en Bogotá y Montería, y se remarca el evidente, saludable deseo de reflexionar —por detrás y por delante de los triángulos amorosos entretejidos por dos generaciones—, sobre un entorno político y social dominado por la corrupción, el cacicazgo, la politiquería y el poder omnímodo de algunos delincuentes de cuello blanco. Incluso, en numerosos sitios colombianos de internet pueden consultarse las críticas de espectadores colombianos por la imagen, que a ellos les parece extremista y demasiado negativa, de una telenovela sorprendentemente franca y crítica.

Para Lado a lado se dispuso de un guion escrito por João Ximenes Braga y Claudia Lage, con la colaboración de un equipo de tres hombres y tres mujeres, supervisado por el veterano Gilberto Braga, y con dirección de Dennis Carvalho, todos con la intención de aportar amplia argumentación sobre los basamentos culturales, y hasta políticos, del Brasil contemporáneo. Aunque se recurra a temas «obligatorios» como el romance y la familia, el adulterio y los hijos ilegítimos, y los prejuicios de casta y raza, que ocupan, por supuesto, el centro de la dramaturgia, esta telenovela alude a los primeros brotes de ideas progresistas sobre la emancipación femenina y la libertad sexual; la alianza entre la aristocracia cortesana y la burguesía emergente; el nacimiento de una idiosincrasia a partir de la combinación de aportes europeos y africanos, con énfasis en el fútbol, la samba, el teatro, la capoeira y el candomblé. Todo ello dentro de la voluntad de retratar la creciente favelización de Río de Janeiro, en los albores del siglo XX, más allá del telón de fondo y los trajes de época.

Con una espléndida, dorada fotografía del cinematógrafo Walter Carvalho (Carandiru, Madame Satá, Estación central), y una suntuosa y detallista dirección de arte (sobre todo en cuanto al lujo realista de vestuario y escenografía) cuya multiplicidad y belleza clasifica por encima de los estándares telenoveleros, Lado a lado tal vez le otorga una mirada demasiado contemporánea, y poco sutil, a estas mujeres avanzadas, Isabel y Laura (correctas Camila Pitanga y Marjorie Estiano).

Algunos televidentes se incomodan con el didactismo evidente, o la morosidad de una trama contada con un ritmo bastante calmoso, y los consiguientes giros necesarios para separar a los protagonistas, porque si desde el principio Laura y Edgar se casan y son felices, e Isabel y José María hacen lo propio con igual resultado, entonces a qué melodrama, sacrificial y redentor, pueden apelar los guionistas.

Al igual que la telenovela cubana, con su Elena malísima, envidiosa, traicionera e interesada, y la colombiana, con su Lina María mentirosa, manipuladora, hipócrita e irresponsable, la brasileña dispone de una mala (otra enorme caracterización de Patrícia Pillar) que es también reaccionaria, ambiciosa, despótica y prejuiciada. Porque así, entre el esquematismo y los extremos, suele moverse la telenovela, un género televisivo que conserva su impacto masivo aunque continúen desarrollándose (como decía al principio) nuevas formas y variaciones genéricas del audiovisual con tal de conseguir esparcimiento eficaz y un ocio rentable en términos culturales. Las tres producciones arribaron a esa meta, con muy diferentes cronómetros y a pasos muy distintos. Pero llegaron.

Lado a lado muestra una suntuosa y detallista dirección de arte, sobre todo en cuanto al lujo realista de vestuario y escenografía, mientras que Patrícia Pillar (de pie) ofrece otra enorme caracterización.

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