Guajira encendida

Jamás pasó por su mente llegar a la final, pero la criollísima y sonriente Yudelkys Pérez Jure tenía bien claro que cada interpretación la haría con fuerza, energía, con gusto y gozando

Autor:

Nelson García Santos

SANTA CLARA, Villa Clara.— La tengo delante con ese rostro de ensueño, desbordada por una sonrisa interminable y seductora, mientras sus ojos vivaces redondean la estampa de una mujer simpática y feliz.

Así trasciende la imagen de Yudelkys Pérez Jure, realzada en sus palabras sagaces tocadas con la picardía y el dicharacho criollo, siempre elegante para rematar la expresión con sabor a cubanía.

Ahora la felicidad la colma gracias a no creer en la mala suerte, ni en la sentencia de que segundas partes nunca fueron buenas. Asumió el reto, después de un descalabro, y ahí está la digna recompensa: finalista del popular concurso televisivo Sonando en Cuba.

La estaba localizando y, de súbito, una mañana cristalina la veo entrar a la redacción de Vanguardia con su andar cadencioso. Saluda, la felicitan y da las gracias. Le comentan que estuvo muy bien, que debió ser la ganadora de Sonando en Cuba.

Escucha, mientras su rostro no devela rasgos de asombro o disgusto, más bien se le nota pensativa como hilvanando la respuesta que llegó rápido: «Fue una magnífica competencia, estoy muy contenta del resultado, pero al que le tocó le tocó», dice sonriente.

Se despide. Salgo detrás de ella al pasillo. Le cuento que la estaba localizando para una entrevista y, amablemente, responde: «Usted dirá»

—¿Pensaste llegar a la final?

—Jamás pasó por mi mente. Sí tenía bien claro que cada interpretación la haría con fuerza, energía, con gusto y gozando.

—¿Cómo explicas ese no pensar en ganar?

—Prefiero evitar ilusionarme sobremanera, sí voy convencida hasta la médula de que puedo triunfar, aunque tal vez, ese exceso de confianza termine jugándome una mala pasada.

—El lastre de ser eliminada en las audiciones de la segunda temporada, ¿te persiguió?

—Para nada. De eso ni me acordé, ¡verdad que no!, le pasé la máquina. Mis amigos me dijeron: «dale, que tú puedes, tienes talento. ¡Y le fui con todo!».

—¡Tremendo cambio de un año para otro!

—Sí. Parece que en aquella ocasión no estuve a mis anchas o, quizá, los nervios me jugaron una mala pasada o el jurado… Usted sabe... Dejémoslo ahí.

Calla. La dejo tranquila en su monólogo interno. Entonces repaso apuntes en la agenda: empezó a cantar siendo una niña, el único músico en su familia fue su abuelo José Manuel Pérez, lleva de vida profesional más de diez años, le encanta el son.

«¿Sabes?, dice de súbito para acabar con su silencio: una mezcla de alegría y tristeza me invadió cuando me salvaron en los tríos, cuando se quedaba uno y se iban dos. Pero me dijeron: “Hay sorpresas, no llores”. Entonces, cuando veo salvado al Indio (Lara) y luego, en los comodines, a Sheila, me puse muy contenta. ¡Qué locura!».

—Naciste un día asociado a la mala suerte.

—Para nada. Jamás he creído que el número 13 sea de mal agüero como dicen. Ese día es mi cumpleaños, representa mi edad al revés y, en especial, identifica a esa gloria del deporte que es Ariel Pestano.

—¿Sobre qué hablaban en el camerino?

Una sonrisa kilométrica le sobrevino antes de exclamar: «¡Uff!, imagínate».

—¿Dime?

—Los comentarios que hacíamos los de la región central, entre nosotros, eran que teníamos para echar pa’lante y triunfar. Que estábamos bien y que ahora o nunca.

—¿Y qué más?

Hace un guiño esperanzador que se desvanece con un: «¡Nada más…!».

—¿Cuál fue el concursante que te impresionó sobremanera?

—Anthony Puig, porque tiene un timbre de voz muy peculiar, más ese carisma que redondea una entrega impactante. Y Teresa Yanet, ¡ay, mi madre! Cuánto público tenía. Cada vez que salía al escenario, el teatro se venía abajo. Y yo decía ¡ño! está durísima la pelea.

—¿Qué dejó Haila María Mompié prendido en tu corazón?

—Ella fue algo grande para mí. Pendiente de cada detalle, más allá de lo estrictamente interpretativo, también se preocupaba por nuestra familia, de la ropa que íbamos a usar y hasta de la comida. Nos llamaba todas las noches, es un amor de persona.

—¿Les dedicaba mucho tiempo?

—Todo el necesario y más. La única región en competencia cuyos ocho representantes nos mantuvimos juntos resultó la nuestra, nadie se fue para su casa. Haila aclaró: «Yo empiezo con ocho y termino con ocho». Qué gesto más lindo, ¿verdad?

—¿Cuántos consejos? 

—Los necesarios. En la competencia, antes de llegar a la final, me indicó la conveniencia de evitar esa técnica sonera para que saliera mi voz limpia. Tenía razón, pues ese timbre, un tanto nasal, no encajaba con el número que interpretaba.

—¿Consideras que con otra canción te hubiera ido mejor?

—Sí, puede ser. El tema Tal vez de Juan Formell fue el que más me agradó, lo disfruté muchísimo. Hay otras letras encantadoras como, por ejemplo, Corazón rebelde, que cantaba el Benny Moré. Estoy conforme con la selección que hicieron en el concurso para mí.

—¿El mayor apremio?

—De cierta manera aprenderse las canciones, armarlas de la manera más convincente para interpretarlas e impregnarme de su esencia. Había poco tiempo para hacerlo.

—¿Qué dicen tus padres?

—Fueron cuatro meses, estuvieron todo el tiempo apoyándome, cuidando a mi hijo; papi casi «pierde» los pies de aquí a La Habana y de allá para acá. Tremendo alegrón les di a todos, incluidas mis amistades, que siempre estuvieron conmigo.

—¿Quién te colocó el tres en la mano?

—Jesús Sol, mi primer profesor, cuando era una niña. Es un ser maravilloso que ha ayudado a muchos a hacerse  artistas profesionales. Yo quisiera poderle regalar el mundo.

—¿Qué te aportó Sonando… más allá del premio?

—Aprendí cómo cuidar mejor la imagen, que pasa hasta por la forma de pararse, de caminar y de vestir. Y a lidiar con las cámaras de televisión. La primera vez que estuve frente a estas, dije: «ay, Dios mío», pero aprendí a olvidarlas y terminé sintiéndome cómoda, domándolas.

—¿Nada más?

—¡Qué va! Crecí profesionalmente, siempre aprendes, y más todavía cuando tienes a tu lado personas tan talentosas. Fue fabuloso porque Cuba vio que aquí en el centro hay una guajira amante de la música que toca el tres y a la que le encanta el son.

—¿Quién te colgó el sobrenombre?

—Alaín Pérez; desde el primer día decía: «la guajira está encendida», y me encantó ese calificativo que huele a campiña y cubanía por los cuatro costados.

—¿De dónde nace ese amor raigal tuyo por el son?

—Porque es rellollo como las palmas reales.

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