Cinco cartas de amor a José Martí - Cultura

Cinco cartas de amor a José Martí

Estas apasionadas letras nos hablan de la pasión que inspiró en estas damas el más universal de todos los cubanos

Autor:

Isairis Sosa Hernández

Intensa fue, sin duda alguna, la capacidad amatoria de José Martí desde su juventud, y con igual magnitud caló en no pocas mujeres. Su pasión de hombre enamorado iba con él permanentemente. Estas cartas son prueba de ello.

La mayor parte de estas letras de amor han sido descifradas por investigadores que hoy nos cuentan las historias entrelíneas, los contextos que inspiraron a Martí, los deslumbramientos por una u otra dama, las reacciones de ellas y los destinos de aquellos romances.

Juventud Rebelde comparte con los lectores estos apuntes apasionados que nos develan la profunda impresión que el más universal de todos los cubanos causó en estas mujeres.

En abril de 1873 llega el joven Pepe a Zaragoza, España, y permanecerá en esa ciudad hasta noviembre de 1874. Allí se inició en el teatro, completó el Bachillerato, cursó estudios de Derecho y conoció también a Blanca Montalvo, la cuarta de una familia modesta de seis hermanos, de la que se enamorará.

No había cumplido aún Martí los dos años en Zaragoza cuando tiene que viajar a México, ante el reclamo de su familia, entonces allí emigrada y en la pobreza. Al llegar al país azteca, trae consigo el dolor de la patria todavía en medio de la guerra, el deseo de ir a combatir, y, además, el desconsuelo de la separación de esta novia aragonesa.

Y en la distancia, escribiría Blanca a su Pepe:

«(…) El día 25 recibí tus dos cariñosas y tristes cartas, pero, a pesar de lo tristes que son, y lo que lloro cuando las recibo, me parece que me dan vida, que respiro cuando veo carta tuya (…) Adiós Pepe del alma. Cuídate mucho y no sufras por mí. Ya basta que sufra uno de los dos (…).»

Sin embargo, el recuerdo de este amor perduró en José, el nombre del único hijo que tuvo el matrimonio de Blanca de Montalvo con el médico Manuel Simeón Pastor y Pellicer. José nació poco después de que Martí muriera en combate.

Mas, otra mujer española, desde Madrid, escribiría también al cubano a México con cartas solo firmadas por una letra M.

«(…) Acabo de leer y de besar con toda la pasión de mi alma otra carta con fecha 22 de diciembre que anoche me envió Fermín. En ella veo el estado de tu alma, por eso yo te idolatro y eternamente seré tuya… ¡Ah, Pepe de mi vida! Me muero, y lo que solo siento es no verte, no volver a verte más (…).»

En México, gracias a Enrique Guasp de Peris y a la actriz Concepción (Conchita) Padilla, José Martí se estrena como dramaturgo con su primera obra: Amor con amor se paga, el 19 de diciembre de 1875, en el Teatro Principal de la capital azteca. Allí, entre palcos y camerinos, el joven cubano conoce a Eloísa Agüero, mujer madura y casada entonces, aunque separada de su esposo, víctima de una dolorosa relación matrimonial. La fragilidad del joven, sin embargo, la deslumbra, y aunque intenta defenderse de la atracción que ejerce el poeta sobre sus sentidos, la pasión insiste y se desborda:

«(…) Es un delirio este amor que sin darme cuenta de cuándo empezó lo siento en mí poderoso, ya inmenso! (…) ¡Te amo, mi bien, te amo con locura, como yo soy capaz de amar!.»

Pero sería una cubana, la camagüeyana María del Carmen Zayas Bazán e Hidalgo, quien le robaría el aliento al joven Martí.

María del Carmen Zayas Bazán

Durante las noches de teatro, los viajes de tránsito hacia la Revista Universal, donde él laboraba como periodista, cuyo local estaba puerta con puerta con el domicilio de la bella y refinada dama, las tertulias, el juego de ajedrez con el padre, don Francisco Zayas Bazán, las visitas irían enhebrando el tejido de un singular noviazgo que debió enfrentar, también, la pobreza del pretendiente; un inconveniente para aquella familia adinerada e instalada en México mientras en Cuba se combatía por la independencia.

Y tal era la fuerza del sentimiento mutuo, que el rubor no limita la expresión de Carmen:

«(…) Pepe, esta es la primera vez que tomo la pluma para decirte lo mucho que te amo, y tiemblo solamente al considerar que quizás es insuficiente para poder interpretar la nobleza de mis sentimientos (…).»

Sin embargo, el remanso de aquel idilio se corta abruptamente por las circunstancias políticas que obligaron a Martí viajar a Guatemala. No obstante, antes de partir, Pepe obtendrá de don Francisco Zayas Bazán la mano de su novia, vencidos los escollos a fuerza de dignidad y decoro.

En la tierra del quetzal, en el hogar del general don Miguel García Granados, conocerá también José Martí a una preciosa adolescente. Es «la niña de Guatemala», quien inspiraría luego su Poema IX de los Versos Sencillos. Pero el matrimonio con la camagüeyana no es solo el cumplimiento de la palabra empeñada, es, sobre todo, producto del amor.

En enero de 1878, de regreso en la nación guatemalteca tras su luna de miel con Carmen, José Martí recibe esta nota de María:

La niña de Guatemala, María García Granados

«Hace seis días que llegaste a Guatemala, y no has venido a verme. ¿Por qué eludes tu visita? Yo no tengo resentimiento contigo, porque tú siempre me hablaste con sinceridad respecto a tu situación moral de compromiso de matrimonio con la señorita Zayas Bazán. Te suplico que vengas pronto. Tu niña.»

El breve billete de María no necesita comentarios. Quizás estos versos nos dieran la clave de aquel romance:

-¡Un beso!/ -¡Espera!/ Aquel día/ Al despedirse se amaron./ --¡Un beso!/ --¡Toma!/ Aquel día/ Al despedirse lloraron.

 

Fuentes:

Destinatario José Martí (Obra compilada, ordenada y anotada por Luis García Pascual, de autores varios), Editorial Abril, La Habana, 1999.

Enamorado de la vida, Mercedes Santos Moray, Editorial Gente Nueva, Segunda Edición, 2008.

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