Príncipes y demonios en los estrenos cubanos

Dirigido por Gerardo Chijona, un especialista en crónicas sardónicas sobre doble moral y crisis de valores (Adorables mentiras, Perfecto amor equivocado, Boleto al paraíso) y a partir del guion postrero de uno de nuestros cineastas más dedicados al cine de cariz policiaco, Daniel Díaz Torres (Kleines Tropicana, Hacerse el sueco), Los buenos demonios intenta concertar trama criminal y preocupaciones éticas de índole autoral

Autor:

Joel del Río

Los dos estrenos más recientes del Instituto Cubano del Arte e Industria Cinematográficos (Icaic), el largometraje de ficción Los buenos demonios y la animación Los dos príncipes, han marcado las carteleras cinematográficas cubanas desde diciembre pasado, desde que se estrenaron exitosamente en el Festival Internacional del Nuevo Cine Latinoamericano de La Habana, hasta ahora mismo, cuando ambos títulos se han puesto al alcance del público más amplio.

Dirigido por Gerardo Chijona, un especialista en crónicas sardónicas sobre doble moral y crisis de valores (Adorables mentiras, Perfecto amor equivocado, Boleto al paraíso) y a partir del guion postrero de uno de nuestros cineastas más dedicados al cine de cariz policiaco, Daniel Díaz Torres (Kleines Tropicana, Hacerse el sueco), Los buenos demonios intenta concertar trama criminal y preocupaciones éticas de índole autoral. El énfasis se coloca en estas últimas, de modo que muy rápido el filme se desmarca de las claves a lo Tras la huella para adentrarse en relatar las concesiones cotidianas, más o menos compulsivas, y en las oscuridades conductuales del protagonista y de su estrecho círculo filial y de amistades.

Y si bien el filme, en la primera mitad, presenta una visualidad a lo Taxi Driver (1976, Martin Scorsese), con abundantes paseos nocturnos y delincuenciales del joven «botero», muy pronto se restringen los espacios dramáticos al drama doméstico y profesional que atraviesan los personajes, todos ellos abocados a la supervivencia egoísta, a la concesión en tema de principios, y al más burdo materialismo, cifrado en un espíritu práctico capaz de lesionar antiguos ideales. En el develado de grandes fallas en el decoro, más que en el suspenso posterior al crimen —el público conoce desde el principio la identidad del asesino— encuentra el filme sus mejores apuntes y observaciones, puesto que la narrativa carece de grandes peripecias o enigmas, e incluso se elude la exhibición de la violencia o la puesta en primer plano de actos crueles y delictivos. Así las cosas, al espectador solo le queda la opción de asistir a la reflexión moralizadora y distanciada en torno a personajes incapaces de suscitar la identificación del público, o su afecto.

Los conflictos entre el ser, el deber y el tener le confieren a la trama suficiente ritmo narrativo al comienzo, pero a medida que avanza el argumento, y conocemos las circunstancias, aparecen reiteraciones de sentido y propósito que derivan en cacofonías e innecesarios subrayados. En cualquier caso, el interés es sostenido en alto por un elenco de primer orden, encabezado por Carlos Enrique Almirante, quien hace gala de una mesura y concentración muy notables en un personaje difícil por ambiguo y escurridizo; Isabel Santos (quien ya había hecho el papel de progenitora de Carlos Enrique en la anterior La pared de las palabras) enriquece con mil detalles cotidianos de absoluta organicidad el papel de madre protectora cuya integridad es puesta a prueba. Tan significativo resulta su personaje que el filme concluye, acertadamente, en una escena donde se comprueban, de un golpe, el desmoronamiento de mil mentiras habituales.

Al lado de Carlos Enrique e Isabel, también dispuestos a conferirle máxima verdad a sus personajes, todos ellos abocados a decisiones que implican la renuncia a ciertos paradigmas de altura espiritual y emprendimientos colectivos, aparecen Yailene Sierra, en el papel de una violinista forzada a tocar en funerarias; Vladimir Cruz, un internacionalista devenido dueño de una paladar; mientras que Enrique Molina y Aramís Delgado enriquecen con la chispa del rigor y el oficio sus breves apariciones a partir de historias, actitudes y apariencias de fuerte y controversial apelación a la Cuba de hoy.

Porque Los buenos demonios padece también, en cierta medida, la excesiva ambición del cine cubano cuando intenta sustituir el papel de la prensa plana, la radio y la televisión a la hora de dirimir reflexiones de primordial importancia sicosociológica. Seguramente la decisión de cuestionar antivalores, concesiones y mimetismos posee una utilidad exorcizante, reflexiva, cuya potencia se ve disminuida por una estética de claustrofobia en torno a los intérpretes, y a las situaciones y ambientes mostrados en los cuales sobran diálogos expositivos y falta no solo mayor ritmo narrativo, sino también aire, naturalidad y tal vez una visión más panorámica y generalizadora, al mismo tiempo que sutil y llamativa.

Puesto que en cada escena se adivinan con demasiada facilidad, luego de la primera media hora, los propósitos enunciativos y edificantes de los autores respecto al doblez, el egoísmo y la deshonestidad imperantes en ciertas zonas de la vida cubana. Y a pesar de una puesta en escena conducida por una dramaturgia de la obviedad, es preciso celebrar, —tanto en la historia que Daniel Díaz Torres no pudo filmar, como en el filme que concluyó Gerardo Chijona en homenaje a su amigo— la voluntad por revelar los demonios de la corrupción y la deshonestidad, que a veces pueden pasar por bienhechores. Y es importante agradecer a ambos por recordarnos la cada vez más compleja frontera entre buenos y malos, decentes e ilícitos.

Cortometraje animado

Desde la primera secuencia de la versión animada del conocido poema Los dos príncipes, de José Martí, publicado originalmente en La Edad de Oro, con el encendido de sendos cirios, y la luz que se abre sobre el palacio de luto, con el fondo musical de un tristísimo réquiem, el espectador colige que se encuentra frente a una obra excepcional de los Estudios de Animación del Icaic; una distante de la puerilidad, los cuentos de hadas, el didactismo ineludible y el optimismo celebrativo predominantes en la mayor parte de la animación cubana y extranjera.

La gama de colores sepias o grises (entorno donde destaca sobremanera un detalle rojo o azul); la prescindencia de voces o diálogos; y la función expresionista de la iluminación, la escenografía y los planos detalles, fueron tres de las estrategias admirablemente efectivas que potenciaron, en solo 15 minutos, los codirectores Yemelí Cruz y Adanoe Lima. Ambos, secundados por un equipo donde sobresalen la música de Ariadna Amador, y la dirección de arte de los codirectores junto con Lidia Morales y Alejandro Rodríguez, logran que el espectador perciba, visual y sonoramente, la llovizna de tristeza que ahoga, por igual, al rey y la reina, al pastor y su esposa.

Es simplemente inmensa, por conmovedora y bellísima, la secuencia del encuentro entre ambos cortejos fúnebres, el modo en que se miran de frente pobres y ricos, todos marionetas del destino, víctimas inermes de la peor tragedia que alguien pueda padecer. Y de inmediato, todo se esfuma en el humo del dolor evocado, del recuerdo devenido herida incurable. Porque los creadores jamás permitieron que los paralizara el absoluto respeto al espíritu de un poema que los cubanos aprendemos desde primaria, y optaron por enriquecerlo desde la esencia conceptual, y crear así un corto que algunos catalogan, en un coro al cual me sumo, como joya excepcional en materia de creación artístico-cultural.

Las actrices Yailene Sierra e Isabel Santos también integran el reparto de Los buenos demonios.

Cortometraje animado Los dos príncipes.

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