«Yo soy un mal periodista» - Cultura

«Yo soy un mal periodista»

José Aurelio Paz Jiménez, Premio Nacional de Periodismo José Martí 2018, confiesa que no sabe escribir una información y mucho menos entiende qué es esa cosa llamada objetividad periodística

Autor:

Luis Raúl Vázquez Muñoz

Ciego de Ávila.— Ante el personaje y sus antecedentes, la entrevista deviene en un interrogatorio cercano a lo policial. La biografía de este «cuasi acusado» es para sentarse a meditar. Uno abre el expediente y lee: «José Aurelio Paz Jiménez, Ciego de Ávila, 27 de septiembre de 1951. Alias JOPA (las iniciales de su nombre, con el que a veces firma los trabajos); alias Turi, para sus familiares y amigos cercanos; alias José Aurelio Paz con Nadie». El entrevistado cruza las piernas y los brazos, y echa una sonrisita cándida. «Dos veces Premio Nacional de Periodismo Juan Gualberto Gómez por la Obra del Año en 1995 y 1997. Premio Enrique Núñez Rodríguez 2006. Premio Nacional de Periodismo Cultural José Antonio Fernández de Castro en 2009, y unos cuantos premios y menciones en el 26 de Julio. Premio Nacional de Periodismo José Martí 2018 por la Obra de la Vida». El interrogador inclina la cabeza en un gesto de aprobación.

«Técnico Medio de Organización y Normación del Trabajo, hizo las prácticas en la prisión de Kilo 7, Camagüey». Incrédulo, el periodista murmura: «¿Dónde?» Y el entrevistado abre los brazos y encoge los hombros, como diciendo: «Sí, ahí: ¿qué tú quieres?, así son las cosas». Sigue el informe: «Empezó la carrera de Veterinaria y la dejó para estudiar Filología. Miembro de los talleres de narrativa y poesía. Especialista literario del municipio de Ciego de Ávila. Comienza a publicar en Invasor a principios de 1980 como colaborador y escribe para una sección llamada La Cantaleta (Y el entrevistador mueve la mano, como ahuyentando el humo).

«Poco años después pasa a la plantilla del periódico para atender la página cultural. Tipo polémico en la columna Criterios y la sección Ante el espejo. En varias ocasiones ha estado a punto de ser emplazado antes los Tribunales. Mal estudiante. (Y el entrevistador se echa a reír: “Ná, mentira: tú me estás engañando”). Repitió el quinto y octavo grado hasta que lo expulsan de la escuela porque en un examen de Física se puso a tocar los dedos contra la pared y una profesora gritó que aquello era fraude y a él le estaban diciendo la prueba en clave morse. (Mira al entrevistado y pregunta: «¿De verdad?»). Servicio Militar como machetero y computador de caña en la zafra de 1970. (El periodista sonríe y mueve la cabeza como diciendo: «¡Ah, ¿sí?!»).

«Una noche, por la zona de Jatibonico, se confió y le robaron toda la caña que había cortado su batallón. Se salvó de la cárcel –dice él que hasta del fusilamiento- porque adulteró los datos después de sobornar al jefe de turno del basculador del central con una botella de ron».

 Y aquí el entrevistador mira al colega. Porque de manera inevitable, como rueda de un destino, aparece la pregunta. La que no podía faltar: «José Aurelio, compadre, dime una cosa: la verdad. ¿A quién tú saliste tan criticón?»

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— ¿Por qué yo soy tan criticón? Chico, no sé...Bueno, te voy a decir la verdad. Quizás tengo un gen de farándula y al empezar en el periodismo siempre quise hacer algo distinto a como se informa en Cuba y sobre todo en mi época. Mucho acto, mucho triunfo, todo muy bien y las personas eran tan correctas que parecían marcianos. De tan monolítica, esa prensa termina despojando a la vida de sus matices y quise acercarme a los colores sin caer en la prensa de corazón. Esa es la causa por la que he indagado en la vida personal de los entrevistados, en sus miedos, gustos y dudas. A veces en Cuba eso se ve como un pecado y para nada lo es. Mucha falta que hace, sobre todo para abordar a los dirigentes; porque humaniza y acerca a la prensa a la realidad y sus los lectores.

— Pero tú no has reflejado solo la vida de las personas. También has levantado chispas en las columnas de opinión. ¿Cómo encuentras los temas que son motivos de críticas? ¿Eso es instintivo o un olfato que se desarrolla?

Yo no busco las historias. Son ellas las que me asaltan a mí. En esta profesión, el médico de la familia y el periodista se parecen. Todo el mundo va al doctor en busca de recetas y todo el mundo se acerca al periodista para contarle sus dolores con la sociedad y buscar recetas con él para mejorarla. ¿Se oye bien? Mejorarla. Con los señalamientos he tratado de ser parte del problema, desnudarme..., hasta donde puedo, claro y siempre con el compromiso de que la gente deposita su confianza en ti.

— ¿Cómo se vive la presión de la crítica desde tu lado, del que la lanza?

¡Ah, de lo más bien! ¿Por qué tú crees que soy hipertenso emocional y debo tomar pastillas? Uno tiene sentido de la responsabilidad y me dolía cuando me criticaban, tuvieran o no la razón. Soportar esa presión psicológica es muy difícil. Después de publicar el trabajo siempre estás con la incertidumbre de si fui injusto o te equivocaste en lo más mínimo. Súmale, las presiones de los funcionarios. Casi siempre, muchos de ellos invierten los términos y en vez de atacar el problema y solucionarlo, arremeten contra el periodista y lo convierten en el problema, cuando debe ser al revés.

José Aurelio, ¿y tú nunca te has equivocado?

— Millones de veces. Pero siempre he defendido el derecho del criticado a que se le reconozca públicamente su razón. A mí me encantaba la sección Por el ojo de la aguja, que llevaba Soledad Cruz en JR. Ella sacaba su crítica y lo que la gente decía en contra de su opinión, y a veces hasta Soledad reconocía que la otra parte tenía no estaba equivocada; como hizo conmigo cuando arremetí contra ella por algo que escribió, no recuerdo bien si fue sobre la televisión o una telenovela. En Invasor en ocasiones saqué mi chaqueta. «¿Cómo tú vas a reconocer que te equivocaste?», me decían. Y yo emperretado en que sí. Que se debía publicar. Eso es darle voz al público, respetarlo y que el periódico sea un espacio de diálogo.

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¿Con quiénes me he fajado? Bueno, mira, la bronca con Hilda Rabilero fue sonada. Todo comenzó por un comentario mío, titulado ¿Acaso es culpable Hilda Rabilero? Allí cuestionaba que ella fuera la directora, guionista y conductora de Contacto, un programa parecido a 23 y M. También criticaba que se cambiara a cada minuto de vestido (cuando muchas personas no podían hacerlo), que cocinara unos platos en vivo con no sé qué recetas sin que la población pudiera llegarle ni por control remoto y, además, que sacara unas entrevistas a artistas mundiales como Eros Ramazotti y Luciano Pavarotti sin que fuera tales entrevistas. La polvareda de cartas y llamadas fue grande, y lo más suavecito que me dijeron fue periodista amarillo. La tapa al pomo llegó con el aviso de que Hilda me emplazaría ante los tribunales. Al final el asunto se quedó ahí.

A Daysi Granados la critiqué cuando vino al Teatro Principal con Mario Aguirre. Escribí que ella era muy cálida en el cine, pero muy fría en el teatro. En esa época Invasor era diario. Sale mi artículo y por la noche voy al teatro. Me acomodo en el palco, se abren las cortinas y aparece Mario Aguirre interpretando su monólogo. En una de esas, como si fuera parte del libreto, dice Mario: «Porque aquí hay un periodista (y me señala), que dice tal y tal más cual cosa de Daysi Granados». Me quedé tieso, sintiendo cómo todos me miraban y creo que hasta a algunos le vi los colmillos afilados.

Otra bronca fue con Tony Cortés. Él venía con su grupo Tiempo y se cae bailando en el escenario. Luego me contaron que a la mañana siguiente, mientras desayunaba en el hotel, le pusieron el periódico con una crítica mía un poco ríspida. Él dio un puñetazo en la mesa y gritó: «¡A este lo afeito yo! (cuando aquello usaba barba) ¡Y lo pelo al moñito (también me quedaba algún pelo en la cabeza)!».

Se apareció en el periódico con dos tipos. Decían que eran bailarines, pero andaban con más aspectos de guardaespaldas que de otra cosa, y te voy a ser franco. Me apendejé. La discusión comenzó muy tensa y por suerte finalizó en buenos términos donde se reconoció que la crítica era cierta y sin ningún motivo personal.

 Con Alfredito Rodríguez la situación fue distinta. Le propuse hacer la entrevista como si estuviéramos en un juicio y él aceptó. «Usted será el abogado defensor del cantante Alfredo Rodríguez y yo el fiscal, que hará las acusaciones». Él hizo un gesto de aprobación: «Correcto, comience». «Bien, se acusa a Alfredo Rodríguez de interpretar canciones llenas de lugares comunes». Por ahí seguí..., ya tú sabes; hasta que anuncié: «Última acusación» y él exclamó: «¡Debe ser la peor!». «Se acusa a Alfredito Rodríguez de imitar a Julio Iglesias». Él respondió, pero al final lanzó un suspiro: «La visión del perseguido siempre es mejor que la del perseguidor».

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― José Aurelio, ¿es verdad que tú no sabes escribir una información?

Es cierto. Sí, no te asombres, tampoco te rías. Por eso digo que soy un mal periodista. A mí no se me da armar un lead y escribir con la pirámide invertida, con el dato más importante al principio. No sé hacerlo. Como tampoco entiendo mucho de esa cosa que llaman la objetividad periodística y el distanciamiento de los hechos.

Después de tantas broncas, todavía me pregunto qué es la objetividad y si existe realmente. La respuesta que encuentro es que todo se vuelve relativo. La visión de los hechos en una persona es distinta a la de otra, pese a que ambas estuvieron en el mismo lugar. Aun cuando el periodista exponga sus sentimientos, lo más importante es ser honestos y no violar la ética.

Durante unos cuantos años, escribiste completa la página cultural de Invasor; pero en la misma edición sacabas casi siempre sacabas un comentario calentico y una entrevista o un reportaje grande...

Di también que soy hiperquinético y la mata del despiste...

— Menos mal que eres autocrítico. Pero, bien, ¿cómo tú podías escribir tanto?

— Porque descubrí la sexualidad. O bueno: encontré mi pasión. Sin embargo, como todo delirio, ella exigió sus pagos. Me costó el matrimonio y sí, disfruté mucho; pero también sufrí unas tensiones tremendas. Todas las noches me acostaba con la vista en el techo con una pregunta: ¿qué publico mañana? Fue bello y al mismo tiempo difícil.

— ¿Tú crees que la sociedad cubana está hoy preparada para el debate y la confrontación pública de criterios diferentes?

Creo que no. Aquí se ha perdido la crítica literaria y artística, y no se visualizan espacios de intercambio. Le tenemos terror al debate y no sabemos polemizar. Somos muy latinos en el carácter, pero demasiados ingleses a la hora de actuar ante la opinión pública. Hemos llegado a un punto donde confundimos debate con desacreditación, y terminamos agrediendo a la persona sin ponderar sus opiniones. Y esto ya es a nivel de barrio, fíjate. ¿Por qué no discrepamos desde los argumentos y dejamos aparte a la personalidad? Seguimos involucionando en el debate civilizado, porque en el chancleteo, ese sí que no lo perdemos.

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— Cuando te anunciaron el Premio José Martí, ¿pensaste en tus padres?

— Cuando llamaron y dieron la noticia, me quedé tranquilito, sin pensar en nada. Después si medité en mis padres. Mi papá vio mi trabajo y parte de los resultados; pero mi mamá murió muy temprano. Ella no pudo ver nada. Sin embargo, la imaginación que uno ha podido tener en la vida se la debo a ella, a los juegos que me ponía hacer con plastilina para que yo no saliera a la calle. Y sí, al recordar mi infancia, pensé en ella.

¿Y en Migdalia Utrera Peña, que fue tu directora?

— También. Lo que publiqué fue por su valentía personal. Migdalia acogía mis premios y de los compañeros de Invasor como si fueran de ella hasta el mismo momento de su muerte. Por eso este Premio no es solo mío. Le pertenece a un colectivo de trabajo, a editores y a correctoras que atajaron mis los errores, y que en algunos casos no eran errores sino verdaderos horrores.

— Ahora, sé franco: tu querías el Premio, ¿verdad?

Claro que sí. No, yo compito hasta con las hormiguitas; porque es una manera de medirte, de tener un rasero y ver si no te has acomodado.

— Bueno, ya te dieron el Premio. ¿Y qué vas a hacer después?

Chico, no sé...; la vida sigue. Voy a intentar seguir siendo el mismo, con mis errores y mis apasionamientos desordenados. Orgulloso de la relación con mi gente y que exista un lector que guarda todos mis trabajos, lo que yo nunca he hecho en la vida. Eso es lo que haré. Seguir siendo fiel a la gente que me lee.

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