¿A dónde vas, Lalo?

¿Qué matrimonio bien llevado no ha tenido una bronca en la vida? Conozca la historia de Lalo y Noni contada por Enrique Núñez Rodríguez

Autor:

Ciro Bianchi Ross

Lalo era el administrador del ingenio. Noni, su esposa. Lalo, presidente del Club Rotario. Noni, presidenta de la Liga contra el Cáncer. Lalo, ingeniero. Noni, maestra normalista. Lalo, venerable Maestro de la Logia. Noni, presidenta de las Hijas de María. En una palabra: lo mejor de la sociedad en aquel central azucarero. Claro que lo de Lalo y Noni era solo para los dueños norteamericanos y los jefes cubanos. Para los trabajadores de la casa del ingenio, como le llamaban a la planta industrial, eran don Bernardo y la señora Ramona, los inquilinos de «la vivienda», como le decían al caserón donde residían, muy cerca del chalet de Mr. Lanier, el dueño norteamericano. Es decir, en la zona más exclusiva del batey.

Aquel día, justo antes de la hora del cambio de turno, cuando los trabajadores tenían que pasar muy cerca de «la vivienda» para dirigirse al poblado cercano, las voces descompuestas de Noni y Lalo despertaron la curiosidad de los trabajadores. La Hija de María le gritaba al venerable maestro los más vituperables horrores. El Presidente de los rotarios le ripostaba, a gritos también, con un idioma más digno de un burdel que de «la vivienda».

Ante la inesperada batalla verbal, a grito pelado, desde el interior de la casona, los trabajadores detuvieron su marcha, se agruparon a disfrutar el inusitado diálogo. En un momento determinado la presidenta de la Liga contra el cáncer le gritó: ¡Hijo e’puta! al ingeniero.

El señor administrador le gritó a la maestra normalista: ¡Marinona! Y tomando una decisión repentina le anunció a su distinguida esposa, como le llamaban en la crónica social del periodiquito local: ¡Me voy pa’l carajo!, y se dirigió a la puerta de salida.

Noni lo siguió como una tromba, con el dedo índice dispuesto a lanzarle los peores improperios. Al salir se dio cuenta de que decenas de trabajadores se habían concentrado en las afueras de la vivienda. Detuvo su loca carrera tras el marido en fuga. Se alisó el cabello alborotado. Cambió el gesto endurecido que llevaba en su rostro por una sonrisa que quiso ser amable, y con inusitada ternura en la voz le preguntó al alto empleado de la General Sugar Company: ¿A dónde vas, Lalo?

Y Lalo, que en su furia incontenible no había notado la presencia de los trabajadores, le contestó indignado: ¡A casa de la resingá de tu madre, puta de mierda!

Desde aquel día, los trabajadores empezaron a llamarle «la jodienda», en vez de «la vivienda», a aquella casona que es hoy, paradójicamente, la Casa de la Cultura de un CAI cuyo nombre tendrán que adivinar los lectores. Lalo falleció. Pero Noni vive todavía. Y le dedica toda su ternura al biznieto al que le dicen Lalo, y al que ella, cuando tiene que regañarlo por algo, le dice con más orgullo que ánimo de recriminarlo: «Eres cagaíto a tu bisabuelo».

Y se sonríe amorosamente. Porque, como dijo una vez, cuando alguien le comentó aquella violenta discusión: «¿Qué matrimonio bien llevado no ha tenido una bronca en la vida?»

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