Over There

Se marchó, dejando tras de sí, el contagioso ritmo de esta melodía

Autor:

Enrique Núñez Rodríguez

yo te juro que, desde que oí sus pasos en la escalera, sabía que era mi hermano. Hacía diez años que se había ido de Cuba y no me había llamado ni una sola vez. Ni siquiera una carta cuando murió la vieja. Y, sin embargo, cuando escuché sus pasos en la escalera, supe que era él. Y abrí la puerta sin esperar a que tocara. «Coño, mi hermano».

Allí estaba, con una sonrisa mezcla de alegría y de temor. De momento sentí la rara sensación de estarme mirando en un espejo. Porque no te he dicho todavía que éramos gemelos. Idénticos. Mamá era la única que podía identificarnos sin equivocarse y yo, que sabía que era él, porque no podía ser yo. Cuando lo tuve frente a mí, lo abracé llorando. Y sentí cómo él sollozaba, uniendo sus lágrimas a las mías. Lo hice entrar sin pronunciar una sola palabra. Y ya dentro tomé su maletín de mano y lo coloqué sobre la máquina de coser de la vieja. Mirando hacia las paredes exclamó emocionado. «Mi casa, cará». Y se sentó en la comadrita en que acostumbraba sentarse a tejer mamá. Entonces me dijo: «Te traje una cosa». Y me entregó un reloj de bolsillo como el que usaba papá, que era conductor de trenes de los Ferrocarriles Consolidados. Iba a agradecerle el regalo cuando me preguntó: ¿Qué hora es? Instintivamente apreté el botoncito que servía para abrir la tapa que cubría el cristal del horario, y empezaron a sonar las notas de Over There. La misma canción que escuchábamos él y yo en una cajita de música que nos regaló mamá cuando cumplimos los diez años. Ella la había traído de un viaje que hizo en una excursión de un grupo de maestros cubanos a Estados Unidos.

Sin poder evitarlo me puse a tararear la melodía de la canción marcha, y al momento se me unió él, como hicimos tantas veces cuando éramos niños. «Over there, over there, over there, then the yanks are coming, the yanks are coming...». Después él dijo: «No te escribí nunca, pero no fue por motivos políticos. No quería contarte que me había ido muy mal económicamente. Que los extrañaba mucho. Que deseaba verlos. Recibí tu carta cuando murió mamá, no te la contesté porque no sabía cómo escribir mi angustia por no poder estar contigo, en ese momento tan terrible. Pero te quise más que nunca, mi hermano. Y te necesité más que nunca».

 Le acaricié el cabello dulcemente. Recliné su cabeza en mi hombro y le canté en voz baja aquella canción de cuna que nos cantaba mamá, primero a él y después a mí, porque según ella, él era el mayor, por haber nacido casi media hora antes que yo: «Al arrón de la mar, al arrón». Él se durmió y yo me fui quedando dormido junto con él. Cuando desperté, ya él no estaba. Lo busqué en la casa. Grité su nombre en el parque, a donde solíamos ir a jugar de niños. Le pregunté a los vecinos, pero nadie lo vio salir. Decidí esperarlo, pero no regresó. Dos días después de su visita me llegó una carta de Miami. Ansioso, la abrí al momento. No era de él. Era de un compañero de trabajo. Me comunicaba, con pena, que mi hermano había fallecido hacía una semana.

La carta había demorado, según la fecha, 22 días en llegar. A ti te parecerá absurdo. Pero yo estoy seguro de que mi hermano me visitó después de muerto. Sacó del bolsillo un bello reloj de plata. Oprimió el botón que abre la tapa que cubre el horario, y exclamó: «las dos menos diez, tengo que irme. Otro día hablaremos». Y se marchó, dejando tras de sí, el pegajoso sonido de una melodía: «Over there, over there, then the yanks are coming, the yanks are coming...».

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