El mundo del cine me arrebató

Predestinado, según creía para ser un médico, ingeniero o maestro, el actor que encarna a Serguei en la cinta Sergio y Serguéi ha revelado parte de sus secretos a Juventud Rebelde

Autor:

José Luis Estrada Betancourt

Dice que se tomará un año sabático, pero Juventud Rebelde no se lo toma muy en serio. Sabe que si aparece un proyecto que lo enamore, el genial actor Héctor Noas difícilmente se hará de rogar aunque ahora mismo, además de Sergio & Serguéi estén en fila varios largometrajes esperando por ser estrenados a los que ha entregado su espléndido histrionismo, y nos hace saber: «Club de jazz, de Esteban Insausti, es una película a la cual le tengo mucha fe; en Yuli, inspirada en la vida de Carlos Acosta, aparezco en una sola escena, pero la directora, la española Iciar Bollaín, se encargó de convencerme de que era muy significativa...», empieza a enumerar este holguinero que jamás olvidará a su abuelo repentista ni aquellas fiestas en las que su familia cantaba mientras otros bailaban. 

«También me verán en Inocencia sobre uno de los episodios más terribles de la historia de Cuba: el fusilamiento de los ocho estudiantes de Medicina. Alejandro Gil me dio un personaje que es un bombón. Se añade, además, Mambo Man la ópera prima de Edesio Alejandro y Mo Fini, basada en una historia real, al igual que Insumisa, que al parecer se titulará finalmente Faber. Sí, me hacía tremenda ilusión trabajar con Fernando Pérez» y lo logré, reconoce el camaleónico Héctor Noas.

Predestinado, según creía para ser un médico, ingeniero o maestro, «porque la actuación era un sueño que solo se hacía realidad en las películas», con 16 años decidió responder a una convocatoria motivado por «unos documentales sobre buques escuela, con aquellos muchachos y muchachas uniformados en el Malecón... Te imaginarás mi decepción cuando la guagua pasó de largo por La Habana y no se detuvo hasta la Academia Naval del Mariel». Pero no había marcha atrás, de hecho se graduó como primer expediente en 1978.

«Que en 1980 no hubiera capacidad en los buques me permitió descubrir La Habana nocturna con sus fiestas, cabarés..., pero luego me invadía una gran tristeza: no quería eso para mi vida. Fue cuando me salvó un amigo, el diseñador Santos Toledo: “oye, ¿por qué no te llegas al Icaic? Andan buscando muchachos como tú para Cecilia, la película de Humberto Solás”.

«Me presenté de inmediato, pero ya era tarde. Cuando me marchaba cabizbajo me llamó una muchacha de otra oficina: “¿tú quieres ser figurante?”, me preguntó y llevó ante un asistente que estaba allí: “Sí, tómale los datos”, le pidió. “Necesitamos a alguien como tú que haga de oficial de la Marina para Leyenda, que se está rodando”, me explicó. ¡Qué casualidad!, ¿no? Me mandaron para Cubanacán, donde se les probaba el vestuario a los extras de Cecilia, entre los que se hallaban unos amigos del gimnasio del Parque Martí. Por ellos conocí a Lourdes de los Santos, asistente en ese momento de la película, y esa misma noche empecé. Qué puedo decirte: se me abrió el universo». El mundo del cine me arrebató.

Después Humberto Solás lo escogería para que estuviera en la tertulia de Isabel Ilincheta que se grabaría con intelectuales reales: Pablo Armando Fernández, Miguel Barnet, Eliseo Diego... y Enrique Pineda Barnet, otro ángel caído del cielo para Noas. «¿A ti de verdad te interesa esto?», quiso saber, y en unos días ya estaba en un curso de actuación que él impartía en el Icaic.

Le costó dejar la Marina, como también prepararse para entrar en el ISA, pero llevó adelante su carrera mientras trabajaba como custodio. «Era estudiante del   ISA cuando Enrique rodó, en 1983, Tiempo de amar. Miguel Cossío, coguionista, le dijo que me veía en cierto papel. Esa fue mi primera película con un personaje con algo de peso. Después vendría un impase hasta que me gradué cinco años más tarde».

—¿Cuándo apareció tu primera gran oportunidad?

—Bueno, Tiempo de amar lo fue. Después de terminar en el ISA, aun siendo medalla de honor y diploma de oro, no encontré espacio en los grupos teatrales, así que seguí con mis guardias nocturnas otros cuatro meses, hasta que me dirigí a Radio Progreso, que fue otra escuela, con profesores de la talla de Caridad Martínez, Gilberto Enríquez, Carmen Solar... Mi gran oportunidad, en el sentido que me preguntas, llegó con De tu sueño y a mi sueño con Eduardo Moya. Si yo no hubiera interpretado al Polaco, mi carrera hubiera sido otra».

—¿Qué otros proyectos han aportado a tu carrera?

—El Polaco se vio en la pequeña pantalla entre el 90 y el 91, justamente cuando comenzó el período especial, entonces el cine entró en una depresión tremenda; me tocó hacer algunas coproducciones, que no me aportaron mucho, con excepción de Mambí.

«En televisión, sin embargo, sí asumí proyectos muy significativos: una serie como Shiralad (fue un verdadero entrenamiento para la concentración, para conservar la energía, que me preparó para sentirme cómodo en situaciones muy incómodas); Blanco y negro, no, con Charlie Medina; algunos Día y noche (como el dirigido por Abel Ponce en el cual interpreté al Violador, que tantas satisfacciones me ha dado). De esa etapa debo mencionar telenovelas al estilo de El año que viene y la muy especial Entre mamparas, de Consuelo Elba, con Isabel Santos: un lujazo inmenso, también porque compartía con un elenco de primera: Verónica Lynn, Héctor Echemendía, María de los Ángeles Santana, Aramís Delgado, Miriam Learra.

«Luego me metí de cabeza en el teatro con magníficas piezas como Morir de noche, Calígula, El Público… Nunca he querido abandonar las tablas, porque ese es el entrenamiento que prueba al actor, que lo enfrena al rigor de construir un personaje. Resulta muy útil incluso para trabajar en el cine cuando debes memorizar estados anímicos que se “rompen” porque no todo se filma en una misma jornada».

—Todas estas piezas las representaste con la compañía Teatro El Público, que dirige Carlos Díaz...

—Exactamente. Siempre con el gran Carlos Díaz. Ya había interpretado al Polaco cuando fui a ver la trilogía que conformaban Un tranvía llamado deseo, Zoológico de cristal y Té y simpatía. Quedé fascinado. Enseguida supe que era justo lo que deseaba hacer, y Perugorría, que estaba rodando conmigo en ese momento Bocetos, me dijo que Carlos andaba «loco» con mi personaje. Un buen día, entrando a mi casa, me lo encontré en una bicicleta. De ese modo comenzó nuestra colaboración que se materializó primero con El público,  estrenada el 7 de mayo de 1994.

«Fue con esa compañía con la cual viajé a España en 1998, para hacer Calígula (que doblaba con Fernando Hechavarría) y El público. Ocurrió después de que se montara El Rey Lear en Cuba. Allí, por jugarretas del destino, o de la suerte, no sé, una directora de casting me mandó a buscar (me conocía porque estuve en el elenco de un filme que nunca se llegó a rodar). Para no hacer demasiado larga la historia te diré que me contrataron para Calle nueva, serie de Televisión Española que llevaba un año y medio en el aire. En un principio se creía que se transmitiría por otros dos meses más, pero empezó a levantar hasta volverse a colocar como líder de audiencia. Terminó un año y medio más tarde, con Remedios Cervantes y yo como protagonistas».

—Pero jamás quisiste renunciar a Cuba...

—Siempre lo tuve muy claro: jamás renunciaría a vivir en Cuba ni a desarrollar también mi profesión aquí. Intentaba venir una o dos veces al año para trabajar en algún proyecto teatral o de la televisión. Fue de ese modo como contacté en el 2002 con Ernesto Daranas, quien era el guionista de El hombre de Venus, que él codirigía con Charlie Medina, y que centrábamos Silvita Águila y yo. Ese encuentro resultó maravilloso. Poco tiempo después Daramas me propuso La vida en rosa antes de involucrarse en su ópera prima en el cine, Los dioses rotos.

—En el cine has sido un actor privilegiado...

—Puede ser, sobre todo en los últimos tiempos. En esto jugó un papel esencial El hombre de Venus, gracias al cual Alejandro Gil me invitó a protagonizar La pared, una película muy intensa, de muy difícil rodaje, que demandó una entrega absoluta. Nominada al Premio Caricato, La pared fue más compleja para mí que Los dioses rotos, la cual logró un alcance mediático  superior. Le agradezco a Daranas por ofrecerme a Rosendo, que estaba exquisitamente escrito, otro director no se hubiera arriesgado. Esa película sí ya me colocó con fuerza dentro del cine nacional.

—¿Cómo ha sido trabajar con tu primer maestro de actuación, el notable Pineda Barnet?

—Una satisfacción mayúscula. Lamentablemente, después del exitazo de La bella del Alhambra, el maestro Enrique Pineda Barnet se pasó 18 años sin poder filmar. Se le hizo justicia con el Premio Nacional de Cine, gracias a lo cual volvió al plató con La anunciación, que escribió cuando yo no aparecía ni por los centros espirituales (sonríe), pero llegado este momento me lo entregó. Entonces empezó a agregarle al personaje rasgos míos como el sentido del deber, de la lealtad hacia los afectos, del sacrificio. Con mucho placer decidí estar con Enrique, con mi maestro, un hombre también muy arriesgado, quien con 80 años se atrevió a rodar un filme duro y difícil como Verde verde, que asumí como si se me fuera la vida en ello.

—Todavía se exhibe en algunas salas Sergio & Serguéi. Te has convertido en actor fetiche de Daranas...

—Mira, no lo creo, porque Daranas no escribe los personajes para mí. No ha ocurrido así con Rosendo, tampoco con Pablo (Conducta) o con Serguéi, pero se ha dado la circunstancia favorable de que he estado ahí cuando se ha podido realizar el proyecto y él me ha visto en el papel, ha tenido la osadía de confiarme roles por los que nunca había transitado. Y eso es lo que me motiva, me reta, me inspira como actor: tener que reinventarme constantemente.  

«Cuando Daranas me habla sobre un personaje, yo no siento dudas en él, sino, por el contrario, una confianza absoluta en su decisión. Ese es mi mayor estímulo, mi lámpara de Aladino...».

—¿Sueños?

—Siempre hacer más, más y más. Mi mayor ilusión es enfrentar proyectos que puedan superar a los anteriores, y no estoy pensando en protagónicos, sino en personajes que me desafíen. Igual me ilusiona el teatro, lo último que hice fue El tío Vania en Argos Teatro, un regalo de Carlos Celdrán al entregarme a Mijail Astrov.

—Definitivamente la actuación ha sido tu camino...

—De eso no tengo dudas, aunque la duda es algo que está constantemente en mi cabeza...

—¿Pero es normal esa «inseguridad»?

—En la medida en que el reto que debo enfrentar  se torna más difícil, me empiezan a asaltar las dudas, aunque en el fondo sé que solo necesito buscar esos demonios que llevo dentro y exteriorizarlos.

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