El monte espiritual de Alejandro Falcón

Un músico cubano que hace música sin barreras

Autor:

José Luis Estrada Betancourt

Un músico cubano que hace música sin barreras. Así se autodefine Alejandro Falcón, quien ahora lo demuestra una vez más con Mi monte espiritual, su tercera producción discográfica en solitario; un título que tomó de una obra sinfónica suya compuesta en 2018, pues fue su tesis de graduación del Instituto Superior de Arte en el perfil de composición, de la mano del maestro Roberto Valera.

«La inspiración la encontré en los toques de procedencia bantú, y en los cantos y melodías de algunas de las deidades de esta cultura, la llamada regla conga o palo monte», explica a JR este pianista todo terreno, quien ubica entre los momentos relevantes más recientes de su carrera haber ofrecido el primer concierto con el cual se agasajó a Herbie Hancock a raíz de la elección de Cuba como sede de la celebración mundial por el Día Internacional del Jazz; haber actuado en Fábrica de Arte Cubano (FAC) junto a este y otro grande, el maestro Chucho Valdés, y haber tenido la dicha, en ese mismo contexto, de defender su pieza Monk, en Pueblo Nuevo, con los estudiantes del Instituto Thelonious Monk, de Estados Unidos.

Falcón se encuentra entre aquellos que se toman no poco tiempo para elaborar la música con la cual conformará un determinado proyecto discográfico, por eso no es extraño que luego se muestre feliz, satisfecho, con el resultado final, como sucede con Mi monte espiritual, en el que laboró intensamente por casi una década.

«Fueron muchos años de estudios, de investigación, de leer a Lydia Cabrera, Natalia Bolívar, Miguel Barnet, Rómulo Lachatáñeré, Rogelio Martínez Furé, Joel James Figarola..., de escuchar mucha música: Lázaro Ros, Síntesis, Irakere..., de hacer trabajo de campo... En esa época resultó muy provechosa la asesoría del maestro Risdi Chabán, uno de los grandes profesores de percusión de Matanzas, quien me ayudó en la transcripción de los toques. De ese modo armé mi rompecabezas para realizar un acercamiento que intentó llevar esa esencia a mi mundo espiritual, y que me permitió confirmar que somos una mezcla de razas, de culturas; un monte, un gran bosque de raíces tremendamente fuertes y profundas.

«A Producciones Colibrí, discográfica con la cual siempre he trabajado, le pareció interesante unir el jazz con la música sinfónica cuando le propuse este nuevo proyecto después de Claroscuro, premio Cubadisco en ópera prima; y  de Cuba Now Danzón, reconocido también en esa feria como el mejor en Música instrumental y Grabación. Me propuse acompañar a Mi monte... con obras que, dentro de la música de concierto, tuvieran otra estética dentro del universo afrocubano, dentro de ese folclor que vive en las calles y está en lo más íntimo de nuestra cultura.

«Mi monte... no es nada nuevo, respeto mucho el legado de maestros como Amadeo Roldán, Alejandro García Caturla, Ernesto Lecuona, Leo Brouwer, Chucho Valdés... Solo quise adentrarme en este mundo fascinante y me salieron piezas como Vals para Ochún, que interpreto con mi cuarteto Alejandro Falcón y Cubadentro; y Diciembre 17, que recrea los toques de Babalú Ayé. Aquí tuve la oportunidad de grabar los tambores arará, gracias a la cortesía del maestro Ruy López Nussa.

«Para mí fue esencial la presencia, el aporte de este gran instrumentista, autor del libro Ritmos de Cuba, y no únicamente en Diciembre 17, pues se trata de un disco en el que la percusión es fundamental y Ruy se encargó de tocar la batería en todo su trayecto (12 temas)... 

«La entrega de la Orquesta de Cámara de La Habana y de su directora se puede apreciar asimismo en La dueña del mundo, una especie de balada para piano y cuerdas que bebe de los cantos de la orisha Yemayá. Se suman además El pez encantado, a partir de los ritmos abakuás, y Obbá Meyi, centrado en Shangó y que cuenta con la participación del quenista argentino Rodrigo Sosa, otro de mis cómplices desde hace mucho tiempo. En Mi monte espiritual, Édgar Martínez compartió conmigo la producción musical, Maikel Bárzaga se ocupó de la ingeniería de sonido, mientras que las notas discográficas estuvieron a cargo de Miguel Barnet, otro gran privilegio que tuvimos mi disco y yo.   

«Ha sido genial haber tenido la oportunidad de ubicar mi disco no solo en Amazon y Spotify Five, sino además de presentarlo en diversos escenarios, como el evento Muchas músicas, de Quilmes, en Argentina; el Enjoy Jazz de Heidelberg, en Alemania, en el Jazz Plaza y en FAC, en La Habana; en el Piña Colada de Ciego de Ávila, en el Festival del Changüí, en Guantánamo...

«Disfruté un mundo cuando estrené Mi monte espiritual para mi gente en Matanzas, la tierra donde nací, cumpliendo una promesa que le hice hace cuatro años, después de la salida de Cuba Now Danzón. Entonces les aseguré que cada disco mío les pertenecería, así que realicé conciertos con estas composiciones en la Sala White, en el Encuentro Internacional Danzonero Miguel Failde in memóriam y en el Josone Varadero Jazz & Son, en Varadero, una de las citas más espectaculares organizadas este año».

—¿De dónde surgió ese interés tuyo por la música sinfónica o simplemente se trató de un pie forzado del ISA?

—Realmente me gradué de composición de música de concierto, de vanguardia o contemporánea, como se le quiera decir. Lo estudié durante cinco años, pero ya desde la Escuela Nacional de Arte interpretaba mis propias piezas para piano en los exámenes y escribía música de cámara para cuartetos y orquestas de cuerdas, quintetos de vientos.

«Escribí un libro como Danzando entre puentes, cuyo nombre se debe a un danzón que le dediqué a mi Matanzas en el disco Claroscuro, que ha sido presentado en varias provincias del país y también en Argentina, España, República Dominicana, Alemania... Asimismo se está tocando en Costa Rica y en algunas universidades de Estados Unidos.

«Danzando entre puentes posee cuatro capítulos: Pequeñas obras para piano, para que los niños se vayan adentrando en los montunos, los tumbaos, los acordes del jazz y en la música popular; Obras libres, que recoge una creación al estilo de Maní con variaciones, a partir de ese clásico llamado El manisero; Danzones con tumbao, el cual se acerca a este género tan presente en mi discografía con temas como Canción para Romeu y Monserrate (grabado por la orquesta Failde al igual que Danzón timba); y Estudios de contradanzas para piano, que se explica por sí solo. 

«No puedo dejar de componer música sinfónica. Tengo la suerte de que algunas agrupaciones han decido interpretarla entre cuartetos (Ruy López Nussa y La Academia, Cuerdas Habana, Aires de Concierto, Cuarteto Café) y orquestas como la Sinfónica Nacional, la del Lyceum Mozartiano de La Habana y la de Cámara de La Habana, que además de estar en mis producciones acaba de sacar un nuevo disco en el que seleccionaron a magníficos compositores jóvenes como Aldo López Gavilán, Harold López Nussa, Ernesto Oliva, Wilma Alba Cal... (cada uno defendiendo un género de la música cubana) y me hicieron el honor de nombrarlo como una obra de mi autoría, el latin jazz Todo concuerda mejor».

—Sé que te estimula escribir obras por encargo...

—Sí, porque ese pedido siempre encierra un desafío, a lo cual se suma la motivación de que con seguridad será interpretada.

—En esos casos, ¿de dónde sale la inspiración?

—Cierto que la composición necesita de la inspiración, pero tiene mucho de oficio. A veces la obra nace de una vivencia que te emociona, pero en otras empiezas convocando todas tus experiencias y conocimientos, lo que aprendiste en la carrera (armonía, orquestación, contrapunto...) hasta que contagias a las musas con tu pasión. Hay momentos en que son las circunstancias las que te empujan a crear. Me sucedió no hace mucho con Me voy pa’ Guantánamo, que surgió en el viaje hacia el Festival del Changüí a partir de una provocación de Janio Abreu, el director de Aires de concierto. «Dale, escribe un changüí, ahora que nos vamos para Guantánamo», me incitó y en el camino nació ese instrumental que logró mucha aceptación en la tierra del Guaso.

—Acabas de grabar, pareces incansable...

—Son las musas, que son muy intranquilas (sonríe). Pues sí, grabé los temas para una telenovela que dirige Heiking Hernández y que se transmitirá próximamente. Esta resultó una experiencia difícil e interesante... Queda pendiente otro proyecto a partir de la idea de uno de mis maestros, José Loyola. Sería otra vez de música sinfónica pero reuniría a dos generaciones: la suya y la mía.

—Y están esos discos surgidos de colaboraciones...

—También me han hecho muy feliz Lecuona JóJazz, que grabé con Rolando Luna, Alejandro Meroño y Jorge Luis Pacheco; así como Alejandro Falcón y la Charanga Rubalcaba, un homenaje el maestro Guillermo Rubalcaba. Tuve la suerte de que cuando estaba registrando Cuba Now Danzón compartí en varias ocasiones con él, quien siempre tuvo ese sueño de que nos uniéramos en un proyecto común, pero desgraciadamente el maestro falleció. Sin embargo, la viuda y la disquera insistieron en que se hiciera este fonograma, lo cual me permitió rendirle tributo a ese genio y con él reverenciar a la música cubana.  

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