¡Conrado Marrero cumplió 97! - Deporte

¡Conrado Marrero cumplió 97!

Autor:

Juventud Rebelde

   Conrado Marrero llegó «entero» a los 97 años. Foto: Reuel Aparicio El Guajiro de Laberinto no se quedó en la pelota de los años 50. Habla de aquellos tiempos, pero sigue la de hoy. «Mis envíos los determinaba yo»

Rodeado de familiares y amigos, esa leyenda viva del béisbol llamada Conrado Marrero, festejó la víspera su 97 cumpleaños. En medio de un animado ambiente, el tema predominante —y único— fue, sin embargo, la pelota.

Lee usted 97 años de existencia y pudiera pensar en un Marrero desgastado por tan prolongada edad. Si así pensara le diré que se equivoca, porque lo vi de muy buen ánimo en su hogar del municipio de Plaza.

El Guajiro de Laberinto lo mismo echa atrás la máquina del tiempo y le cuenta a uno de sus duelos frente a Ted Williams, Mickey Mantle y Larry Doby, durante su estancia en Grandes Ligas con el uniforme del Washington, que trae a la actualidad pasajes de la Liga Cubana, como los choques de cero a cero en 13 y 15 entradas, respectivamente, frente al habanista Alex Patterson y al marianense Dave Barhinll, dos de los buenos lanzadores yanquis que desfilaron por nuestros campeonatos profesionales de invierno.

Pero, a pesar de ser tan llamativa en un hombre que ha visto florecer 97 primaveras, no es la memoria lo más significativo en Marrero. Llama más la atención el interés con que hoy pega la oreja al radiecito de pilas para seguir con avidez los variados espacios deportivos, sobre todo la transmisión de la pelota, porque la vista ya no le permite seguirla desde el estadio, y a veces ni siquiera por televisión. Se resisten los cansados ojos pero no el entusiasmo por las bolas y los strikes, ni el ánimo de polemizar que en Marrero, como en cualquier otro cubano, aflora en cuando se habla de béisbol. Claro, la diferencia es que este joven que tengo enfrente sí está capacitado para opinar, ¡y opinar bien!

Marrero sube al box

«No concibo que los pitchers nuestros dispongan de varios lanzamientos raros si la gran mayoría de ellos apenas sabe tirar strikes. El control y el arte de mezclar bien es lo primero que se aprende. Pero una y otra cosa esca-

sean bastante aquí. «Cuando yo lanzaba —y lo aprendí viendo a los grandes—, trataba siempre de ponerme por encima del bateador, y si lo tenía en dos strikes sin bolas, utilizaba mi mejor arma para no darle oportunidad de escapar. Nada de malgastar lanzamientos para después ser yo el que me viera en aprietos; hoy los pitchers huyen demasiado la bola y son muchos los bateadores que llegan a 3 y 2, un conteo muy comprometido para el lanzador. «Ahí tenemos el caso del santiaguero Vera: le queda poco en el brazo, pero mucho en la cabeza. Y como tira strikes y más strikes, no solo gana, sino que termina sus juegos, pese a que ahora se limita el número de envíos para proteger los brazos. Por cierto, veo muchos, sobre todo a jóvenes promesas, que ya padecen de lesiones, y otros que han tenido que abandonar la pelota.

«¿Por qué tantas lesiones...? No puedo responderlo, tendría que estar con ellos en el terreno, ver cómo entrenan, qué hacen y qué dejan de hacer. Sí puedo recomendarles que corran mucho, pero fuerte, trotar no les sirve de nada, hay que “quemar” de verdad, pues correr fortalece las piernas y da el aire suficiente para combatir el cansancio, que es otra de las causas del descontrol. Un pitcher que no posea buen control no puede cerrar a un bateador, porque corre el riesgo de golpearlo, algo que ocurre muy a menudo, y un pelotazo equivale a un hit.

«En mis tiempos determinaba yo lo que iba a tirar, esa era responsabilidad mía que compartía con mi catcher. Un pitcher tiene que tener gran compenetración con el receptor. El manager puede alertar sobre determinada cuestión, hacer un recordatorio, pero el envío lo determinaba yo, que era quien sabía si ese día tenía mejor dominio de la curva o de la slider, si tenía buen control o no sobre la recta. Hay managers que nunca se han encaramado en un box y quieren decirte lo que tienes que hacer...».

Cierro el cuaderno de apuntes, Marrero se acomoda en el sillón, muestra varias maneras de agarrar la bola, según el lanzamiento que pretendas, y sin dejar caer el mocho de tabaco apagado que sostiene entre los labios, me suelta un «vuelve por acá que tenemos que seguir hablando...».

Me encamino hacia la puerta, volteo la cabeza y rápido le respondo: «Guajiro, vamos a reanudar este juego cuando festejemos los 98».

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